martes, 26 de octubre de 2010

ESTÁ CONMIGO EL SUAVE SOL DE OCTUBRE.


Alguien en cualquier momento tuvo que vestirse por primera vez. Yo ahora me estoy vistiendo sin tener recuerdo, sin saber por qué esta ropa se encuentra aquí sobre la silla, y si en realidad es la mía. Uniformarse de ciudadano anónimo es algo incómodo, se hace sin ganas, algo así como desprovisto de ilusión, hecho con escasa inercia vital.

Detrás de la luz de la mesita tengo la sensación de que soy un verdadero aparecido.

Sólo tengo noción del último sueño, aunque no lo recordé, pero tengo esa sensación angustiosa de que he soñado con un féretro; logré dormirme profundamente muy tarde casi cuando regaban las calles, y los camiones aparcaban para el suministro a los supermercados, y cuando alguien cantaba de esa forma en que lo hacen los desesperados, entre ladridos de perros hambrientos o maullar estrepitoso de gatos en celo.

Ocurre que esos sonidos me devuelven momentáneamente al entorno por lo familiares.

Los seres mayores que viven solos, sin estar mal acompañados, tienen sus vicios, digamos rutinas, ceremonias o ritos, y también tienen miedo. Existe esa reciprocidad existencial entre los objetos históricos que los rodean y sus pensamientos, están avezados a eso, a la contemplación y al descubrimiento de lo que les lleva atados a la vida llena de recuerdos marchitados. Pero también lloran de esa forma solitaria, doblemente dolorosa, porque llorar sin que te vea nadie es doble soledad.

A ciencia cierta no sé lo qué haré hoy. Descubro ahora que me merezco estar aquí sentado mojando galletas sobre el café con leche (lo he ganado a pulso). Frente a mi un almanaque me dice tal día de tal mes y de tal año; no importa. Estoy condenado. Es el estigma de esta civilización (seres) innumerables seres solos reflexionando sobre lo existencial y la casualidad, contando el tiempo por venir; y seres muriéndose de hambre que no miden el tiempo porque no tienen tiempo, y en el punto intermedio seres ágiles en movimiento anárquico (browniano), llenos de angustia porque llegan tarde a todos los sitios y no son amados.

En realidad, Seres: sustancia.

Bajar las escaleras es descolgarse sobre la escala de Jacob, tienen ese olor almacenado por la noche y el pasamano frío. Giro despacio y me prolongo vuelta tras vuelta pensando con determinación que será de mi en las próximas horas, todo tan cercano e inmediato; para qué esa obstinación obsesiva de pensar más allá de la claridad del portal, invadido por una geometría blanca de luz, sin penumbras, que deja pasar la puerta entreabierta.


Si llego hacer algo inmediato lo meditaré previamente (me lo prometo): que tal si me embarco en una faena de caminar entre baldosines y voy al parque a ver los pavos reales haciendo poses de abanico; que tal si me siento en un banco donde los arcos de los rosales filtran levemente lo imprescindible del sol , y cierro los ojos, y no pienso en nada; porque no recuerdo casi nada, ya no recuerdo si fue hoy o fue ayer, o hace milenios, cuando me he vestido por primera vez.

Estar aquí es una bendición que sólo agradecemos los viejos (qué más puedo pedir): Esta conmigo el suave sol de octubre.

1 comentario:

Poma dijo...

Algunos sin ser viejos y a pesar de la voragine, tambien agradecemos el "estar".