martes, 19 de octubre de 2010

UNA DE SIDRA Y UNA DE BÍGAROS.


Entré con el Hombre Invisible en la sidrería los Parrales y le digo a Paco, ponnos una de sidra, y vete echando. No sé cómo deciros, la sidrería olía a queso de Cabrales, a almejas a la marinera, a congrio y a sepia a la plancha, todo junto, entiendes; era ese olor mezclado con aroma a serrín de pino. Pues le digo, échale un culín a este, y Paco me dice, ya te eché, y yo le digo, a mi sí, pero a este no, qué ya te eché , joder; y que me mira, así, de frente, con ojos de besugo, que no, coño, a este, a este, a este . Por qué voy a tener que dar explicaciones de con quién ando o dejo de andar.
Pues el cabrón no se lo echó. Y cogí la botella la levanté en el aire y dejé caer aquel chorrito salpicón sobre el mismo borde del vaso (estrellando sidra hay pocos como yo). Se la puse al compañero sobre la barra, y le dije: tómatela, sabe a champán francés, t'a de buena, y fresquina.
Yo al Hombre Invisible le hablo bajo cuando voy a tomar sidra con él, a nadie le importan nuestras intimidades. Me acuerdo que un día le dije que le cogiese el culo a una morenaza que estaba donde ponen los bígaros, para que me informase si estaba prieta, y quisieron darme de leches, desde entonces no me meto con las cosas del joder.Pero como hoy como como como como que andan mosqueados los parroquianos, no dejan de mirarnos como bichinos.
Le grito, Paco, ponnos otra, dirás que te ponga otra, tú di lo que te salga de los cojones, pero ponla, y eso del vaso lo vas a tirar o lo bebes, y yo le digo, pues lo tiras, y va, y lo tira por fuera de la barra, como con intención, sobre los pantalones del Hombre Invisible, oyes agilipollas, se lo vas a tirar a tú puta madre, y que se me pone chulo. Ponnos una de bígaros, capullo, y déjate de hostias, que me voy a cagar en tú puta madre otra vez. Al Hombre invisible se le quedaron las perneras como si se hubiese meado; y es que olía como a orinado.
Lo de los bígaros ya fue el colmo, al Hombre Invisible no se le da bien comerlos con alfileres, y entonces yo le saco uno y se lo pongo a la altura de la boca, y la parroquia de al lado que se ponen a descojonar porque tú no querías comerlo y veían que yo le daba un bígaro a un ente inexistente, y empiezan a decir aquello, que este está para encerrar, que traigan una camisa de fuerza, que está como una cabra, como un cencerro, como una chola, como como como…, qué sé yo lo qué decían, descojonándose de risa.
Pues fue en la tercera ronda, a eso de la una de la mañana -los domingos son santos del Sporting y sidreros-. Y le digo a Paco, échanos la tercera, y Paco me dice, que estás Chola, tío, que estás para la Cadellada, que no tienes que andar suelto, y le digo, otro para este y me voy a cagar en tú puta madre, y que se lo pone allí delante al Hombre Invisible, y que sin más ni mas, el vaso inmaculado, con aquel rastro amarillento de jugo de manzana, se levanta por arte de magia, solito en el aire, se inclina levemente y empieza a vaciarse, por si solo, sin caer una gota sobre el serrín, como si místicamente el Hombre Invisible se hubiera dignado a tomarse una ronda de sidra que sabía a champán francés; y que estaba fresquina, y p’a bebese...

El último parroquiano en salir despavorido se pegó un hostion con la máquina tragaperras.

Ahora estamos yo y el hombre invisible apoyados en la barra, y Paco al otro lado, como petrificado, con aquella cara de besugo, mirando como el vaso lentamente se posa sobre el mostrador, sin nadie que lo sostenga, como si mágicamente el tiempo se hubiera parado en la Sidrería los Parrales, y el Hombre Invisible ya estuviera medio moña.

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