lunes, 1 de noviembre de 2010

CELOSON.

Llegó; y así según venía la besé y mi lengua recorrió todo su paladar, incidiendo mucho en los molares y premolares. Yo la beso así, por si encuentro a alguien escondido, y mientras lo hago registro palpando su ropa: algunas llevan al otro debajo.

Luego me dio la mano y le miré las uñas con las gafas de cerca por si había rastros de piel, siempre quedan restos de caricias (escamas del otro), los hay muy sucios que tienen la piel como la lija del catorce. Y la olí como un perro. Allí mismo. Es conveniente debajo del vestido, y por la zona de la bragueta (si llevan pantalones), quedan miasmas, efluvios de perfume corpuscular en la zona de las ingles. Hay hombres que se perfuman por ahí, para que se la mamen más a gusto (a pesar de todo, ella no me parece una mamona, pero no me fío).

Su bolso. Dame el bolso, anda, mujer, siempre me gusta mirar lo que llevas; y dame otro beso, esta vez méteme tú la lengua, tengo que revisar tú frenillo.

Y el paraguas. Ábrelo. Dijo Noviembre que nos ponía lluvias, y así  para prevenir ya lo llevamos abierto.
Muy importante el paraguas: quedan olores, y al abrirlo flotan un instante, y tú haces un gesto de estornudo, y lo captas.

No echamos un polvo, y eso que me parecía necesario, antes de la penetración reviso los contornos. No soy mucho de conilingus (son una guarrada), ella piensa lo contrario, muy a pesar de mi reviso con los dedos su monte de Venus en busca de algún boy scout, mientras me afano con la lengua en su fábrica de harina de pescado.

-Oyes. Y no la mires gilipollas, que te doy dos hostias.

-Ella me dice: celoson, que eres un celoson.

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