jueves, 11 de noviembre de 2010

DOS ESTADOS.


ESTADO UNO.
Pues también recuerdo que una tarde vi una serpiente de esa forma que andan las serpientes atravesando los caminos en medio de Junio y en medio del camino, así, no sé cómo decirte, pon el brazo haciendo vaivenes y los dedos juntos y tu pulgar debajo de los dedos, me es indiferente la derecha o la izquierda, y ahora la mueves ondulando; así iba la serpiente, como tú mano, por el medio, burlando piedras, temerosa; y eso que era una serpiente.

Yo era niño e iba caminando con los libros de la escuela en una maleta de madera que tenía un tulipán dibujado en la cubierta, no intentes hacer de niño porque no lo conseguirás, el caso es que era niño e iba por el camino, y vi una serpiente como tú brazo zigzagueando, como si te hubieras acostado sobre el suelo y quisieras asustarme.

Me quedé en el medio del camino, ese era el punto, y me entró un gran susto, quizás fue esa cosa en el estómago que era el miedo.

Salté hacía atrás.

Y entonces en aquella tarde de junio el viento se arremolinó, imagínate la brisa que sopla sobre el suelo polvoriento, y luego el polvo en hileras diminutas que suben hacía el cielo.

No intentes ser brisa, es imposible.

Cogí muchas piedras porque vi tú mano allí, y te tiraba piedras, muchas piedras, mientras corría despavorido, pero de cansado que estaba me tuve que parar delante de una cancela, y fue cuando me alcanzaste, y con tú mano de serpiente me arrimaste sobre tú pecho y me manoseaste la cara, y tú mano zigzagueante de serpiente me agarró por la entrepierna y me dio mucho asco, mucho asco de tus ojos.

ESTADO DOS.
Yo he visto flores que crecían en lugares imposibles, igual que aquella flor en particular que se posaba sobre tú oreja como si hubiera crecido allí toda la vida; y que cuando me acercaba a tú mejilla olía imaginando los jardines colgantes de Babilonia.

Mi bastón me sujeta del precipicio, soy con todos los años un equilibrio indiferente, ni estable ni inestable, indiferente, como si la muerte te fuera poniendo minas sobre los senderos del parque para invitarte a ir a gatas, como si hubieras dado una vuelta completa, y te acercaras a otro niño que viene hacía ti, reptando en esa forma de caminar en que aprendemos a ver la mismísima tierra antes de elevarnos cogidos a la nada

Y la memoria que me viene era de amapolas que había en la cuesta de los Brezos, antes de llegar al cementerio, en un borde de linde fabricado con piedras blancas, o lascas desgastadas por la lluvia. Y hoy como que estoy medio loco pensando en todo eso de una forma exacta, tan nítidamente extraña que me hace estremecer en este parque, y sobre este banco en el que me han depositado.

-Y había dos bocas abiertas la tuya y la mía.
-De eso aún me acuerdo.
-De todas las amapolas que te ponía sobre tu cabeza.

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