jueves, 4 de noviembre de 2010

SOBAOS DE ASTORGA.


Tengo mi casa llena de sobaos de Astorga de tanto que he pasado por la caja del Mercadona para mirarte a los ojos. Ahora que te lo he contado ya lo sabes. Y no me da vergüenza decirlo: me jarté de sobaos.

Caminas aún como si me llevaras metido dentro de ti, y yo ando alelado con esa risa beatífica a lo Murillo que me pones, como si anduviera encantado por el don del amor. En el autobús se me aprecia un aura de santidad con cierto resplandor fosforescente, y me dicen, oiga, usted es un santo, con esas pupilas tan dilatadas, porque cuando me mira usted se me quitan las penas, tóquele a mi niño en la cabeza, lleva desde hace dos semanas unas anginas de caballo; pues póngale cataplasmas en los cojones, no te jode, con la pécora, o lléveselo a Benedicto (el dieciseis).
Pero si es que sueño que te llevo la polla metida hasta el mismo anillo del condón, aquí al lado del conductor urbano, y como se mueva mucho a tirones palante y pa tras y pa los laos, creo que me voy a correr de gusto sobre la botonera de los intermitentes.

Ir erecto por la vida tiene sus incomodidades, te llegan a doler las criadillas, pero cuando pienso en lo que pienso se me sale el capullo por el agujero de los calzoncillos. (Fíjate en los asnos, se lo piensan con las asnas a botafumeiro a la intemperie y en nevada).

Yo antes tenía ojos de casado muy tristes, lo notas a la legua, los casados tienen esa pesadumbre que da la misma aventura en el salón, que si hoy me visto de Curro Romero, y tú de monjita de las Teresianas en la enfermería de las Ventas, yo con una cornada intraabdominal y una trayectoria ascendente hasta el mismo píloro, o qué sé yo, en ese sitio donde hay mucho dolor (todo figurado, vaya).
Y aún así, mi mujer vestida de Teresiana no era follable, cuando le levantaba los hábitos era siempre lo mismo, acaso, cierta novedad con el roce de la cofia, y lo pesado de los volantillos. Quiero decir: triste triste triste. Otras veces se ponía un simple mandil y hacía de ama de casa a lo finolis, todo lo otro en pelotas; pero si yo llegaba, así, tan cansado, le veía aquellos rosetones en las nalgas y no me ponía ni para una simple inyección con la puntita nada más (sin toda ella hasta el capuchón).

Me dice, tú y los sobaos, se te va a poner la diabetes sobre doscientos ochenta cuando lo normal son ciento diez, y es que el dulce, no es bueno, lo raro es que tengas doscientos ochenta y ocho paquetes de Astorganos, como que no debes estar muy bien de la chola, aunque siempre fuiste algo extraño. No me convences.

-Tendrás que llevarle más a mi madre.

-Nos vas a matar a todos con tanto azúcar.

El día que me levantaste la mirada después de aquel hola, buenos días, protocolario de super, me pareció ver las cataratas del Niágara con toda la espuma blanca y lleno de arco iris, antes de eso te miraba el mandilón amarillo oscuro, y los lacitos en forma de mariposa posados sobre tu culo. Que lo tienes tipo mini, un poco bajo a mi parecer; pero me trituras como una minipimer y me vuelvo picadillo de chorizo cuando te mueves sin estar ni siquiera enchufada a la corriente.

-¿Sólo los sobados?
-Si, si; lo otro es de esta señora.

Un día tuve que llevar Fairy porque no había sobaos, y no me lo pensé mucho.

-¿Sólo el Fairy?
-Sí, sí; el cartón del Savin, y los tres litros de cerveza son de este desdentao, del drogadito, vamos.

Y para que me compraste este lavavajillas, a mi no me gusta, deja las manos como papel de estraza. Yo te noto raro, últimamente no te abrazas mi. Y además me traes Fairy, de qué, Fairy de qué, cuando te dignaste tú a fregarme los cacharros, de qué todo esto; me mosqueas y no hace calor.

La noche anterior, a eso de las diez, había bajado cuatro bolsas de basura de las grandes llenas de sobaos mugrientos, con esa pelusilla gris que se les ponen a las cosas de tanto querer vivir como sea, en puro hongo húmedo y rastrero.

El mendigo que rebuscaba en el contenedor de inertes, me dice, que me vas a matar de tanto brazo de gitano, que son sobaos, tío, que te pierdas, gilipollas.

Y me llamaste cuando volvía hacía casa, y fue como si hubiera salido la luna, más redonda que todas las veces que salió redonda, y tan grande que se veían las salinas del Mar de la Tranquilidad a simple vista.

Y quisiste lo del Hotel. Lo habías pensado (el escondido). En los hoteles no te come la soledad si son nidos de amor; si no son nidos de amor, lo mismo te pudres. Mucho más solitario que el desierto del Sahara, es el vater de la habitación de un hotel cuando vas a cagar muy estreñido.

En el hotel del Muelle (olía a ocle) lo primero que te comí fue el coño. Tengo esa costumbre ceremoniosa, suelo determinar previamente el ph. con el dedo, así, como que no te va la cosa, mojas el dedo índice y te lo hueles, ¿todo bien? pues para el coño pitando que se enfría, no no no no, aquel día directo a refocilar como un cerdo, luego se me puso como un sacacorchos, enroscada, a lo garañón de cochino y creo que te monté cuatro veces, una sin sacarla, y es que los casados cuarenteros andamos muy salidos, y ahora que Octubre puso este cielo tan gris, como si hubiese losetas del ayuntamiento sobre poniente, voy en este autobús más enamorado que la hostia, con cara de angelillo, a lo santo, haciendo milagros con los ojos como si fuera un tonto de pueblo, a llevarles dos cajas de sobados a mi suegra y a mi suegro, de los que aún no tienen pelusilla.

A la vuelta te llamo y ya nos vemos.

3 comentarios:

belunática dijo...

Espero tu llamada, no te tardes.

KENIT dijo...

Un abrazo grande. Me gustaría llamarte. El cielo es así de grande.

belunática dijo...

Nuestro cielo está lleno de nubes con forma de sobao.