lunes, 22 de noviembre de 2010

NADA QUE OBJETAR.


Cuando se abraza a alguien que te da mucha pena ves a la gente rozar su mano sobre la espalda, y yo aún no sé por qué lo hacen, es como si te trataran de quitar alguna pelusilla, y tú sientes aquella mano subiendo y bajando que casi es como una caricia, pero no es una caricia, obedece a un gesto no sé si premeditado.

Si te pones en mi lugar durante unos instantes te lo agradezco, vístete como yo, ponte mi cara, camina como yo, gesticula como yo (y la voz), pon esa voz que pongo yo en las causas difíciles. Quédate aquí y recíbelos a todos, cada uno con su historia (inventada) semejante a la tuya, únicamente para consolarte.

Y si puedes llorar como yo, mejor que mejor. Suelo ser de lagrimeo constante, esas insidiosas gotitas que se deslizan por los pómulos en forma de gotas de capilaridad perfecta que ni deforma la gravedad (y tan transparentes).

Las manos vienen y van y hay alguien que huele a alcanfor cuando te da su cara, y notas su cara con aquel olor de armario, pero no sabes quién es. No hay que disculparse. Asientes. En realidad no estoy triste, sólo tengo lágrimas porque su presencia me recordaba los tiempos felices, cuando cielos como este me parecían hermosos.
-La hermosura del cielo depende de los estados de ánimo.

Murmullos detrás de ti.
Ella había sido muy guapa y buena. Ella tenía aquellos ojos tan claros y grandes que cuando te miraban se te iban todas las penas. Cuando Ella te daba la mano ya no existía el miedo -Escúchalos así, una y otra vez-.
(..mejor que se haya ido, así no se podía vivir. Vivir sin estar en el mundo no es humano)

Por un momento abrí la boca y saliste de ella, y cuando abrí los ojos viste lo que yo estaba viendo y te horrorizaste.

Hay un muro grande que tiene las piedras colocadas de forma irregular, el muro iba por una pendiente y empezaba de menor a mayor y todos subíamos hasta que los cipreses se hicieron del todo cónicos, como pináculos de verde oscuro. Alguien me llamaba asesino y otros me empujaban, pero yo, como lloraba, lo veía todo borroso, y mis oídos lo escuchaban, así, igual que un eco, no era descifrable.

Cuando le daba manivela a la cama, la cama subía y cuando subía mucho, como ella estaba de espaldas se caía hacía adelante. Para darle de comer le ataba la cabeza con el cinturón de algodón de la bata y luego me sentaba junto a ella, cogía la cuchara le daba vueltas a la papilla de manzana y se la iba dando pacientemente. Devolvía la mitad, le caía por su pecho, le abría la bata, mojaba toallas en agua caliente y la limpiaba.

Y el aceite de almendras que brillaba sobre su piel blanca.

La cama también tiene como un polipasto y una badana con argollas y una palanca. Y toda Ella, así pesada, se levanta despacio como si fuera un atillo sobre el pico de una cigüeña.

Los martes te levantas y miras por la ventana. Ese olor que desprende su habitación es indescriptible. La luz le da de lleno sobre su pelo blanco y sobre sus ojos siempre abiertos. No hay otra realidad que este cielo y el sonido de su balbuceo, el único nexo vital en su estado inanimado. La estuve mirando como un minuto y fue eterno, el minuto más eterno, la decisión más eterna. Quizás me temblaban las manos, no lo recuerdo bien. Ese día no sujeté su cabeza, até su cuello y tiré con todas mis fuerzas como si estuviera atando toda su vida en un pequeño fardo.

Cuando se está medio muerto morirse del todo no se nota. Sólo son unos instantes. Ponte en mi lugar y mira por mí. Les dije que había sido una mala maniobra, algo inusual. La marca de su cuello era casi imperceptible, un roce, fue demasiado fácil.

Estoy bajando la cuesta. Los cipreses a mi espalda van desapareciendo en forma de conos verdes. Ellos me están esperando. Me meten en el asiento de atrás y emprendemos la marcha.
Los que no queremos ser asesinos tenemos la mirada hueca.
Aún llevo tú mano sobre mi espalda, y me huele como aceite de almendras.
Nada que objetar.

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