martes, 30 de noviembre de 2010

NO HAY OTRA FORMA, ES LA PURA REALIDAD.


Una paradoja todo aquello. El techo era un fondo blanco y puntitos azules salpicados, y dos focos de luz amarillenta alumbrando hacía arriba, aquello no era cielo ni era nada, tampoco importaba; de algún lugar llegaba el sonido de una fotocopiadora con ese rasguito de autómata.

Y otra vez me dice qué hacía allí, y yo le dije lo que le había dicho media hora antes, veinte veces repetido, había visto la puerta abierta, y entonces me da una hostia suave y otra de repente, que ya me hartas, que te voy a dejar como una cremallera, so capullo.

Había una ventana taponada y la luz del techo, que como ya dije tenía estrellas, y detrás de aquel forzudo una mujer en la sombra.

Me levantaron las mangas de la camisa de los dos brazos y encendieron un flexo que abatieron, luego me miraron los dedos, luego la cara, luego lo dejaron sobre mis ojos, y cuando lo quitaron era como un resplandor. No fue mucho tiempo con aquella claridad brillante, así -fue así-, una mano abierta de mujer la que golpeó dos veces sobre mi oído, lo supe por un leve rastro de perfume que quedó adherido en la piel de mi cara.

Si estás atado a un respaldo eres digno de fusilamiento, si te dan golpes sólo puedes percibir las sombras, los que hablan, ahora, están detrás de ti y no sabes de qué forma ni que mano se levantará en un giro estricto y repentino llevando toda la ira igual que un mazazo sobre tú cara.

En aquel momento, ya había atado cabos: estuve en el sitio equivocado en un momento equivocado, y esto esto esto esto era un callejón sin salida.

El universo, a veces, es un simple techo de puntos azules sobre un fondo blanco.

Una puerta estaba abierta y me encontraron dentro.
Una paradoja todo aquello.
Esta historia tiene que empezar así.
No hay otra forma, es la pura realidad.

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