martes, 2 de noviembre de 2010

PARA SABER QUE AÚN ESTOY VIVO.



Con una mano voy comiendo pistachos dorados y con la otra llevo a mi abuelita cogida de la cintura, mi abuelita es muy menuda, y yo no tengo otra cosa que hacer que comer pistachos y ponerla sobre una silla mirando a la ventana. A la abuelita le pasas la mano como si fuera un limpia parabrisas y no se inmuta, no se le mueven los ojos, los labios los tiene un poco abiertos y se le cae un hilillo de baba transparente, mi madre le pone un pañuelo y un rosario entre las manos, pero es un poner por poner, o por la costumbre de cuando hacía aquel bisbiseo e iba contando las perlitas hacía un lado.
No sé cuando morirá mi abuela.
-¿Y si se muere pronto?

Mi madre me dice que si se muere mi abuela las vamos a pasar canutas.

Me llamaste tú por la mañana ya lo he visto en mi móvil, pero como que hoy no puedo ir, estoy viendo las flores rojas de los geranios de la ventana, y el edificio de enfrente, y de vez en cuando palomas rasantes que vuelan como si les fuera la vida a la hora de pasar con ese zigzagueo que no sé a donde las lleva. Si por casualidad entra el sol corro un poco la silla de la abuela hacía esa marca que separa el mundo de la luz del mundo de la penumbra, y le levanto la falda por lo de la vitamina d, y le veo aquellas piernas tan delgadas como una varilla de paraguas, como si fueran de un ser recién redimido de lo más horrible de Auschwitz.

Ya te dije lo del sol, lo de las piernas y lo de los ojos, y puede que no me creas; también te dije cómo huele a niño pequeño mi abuelita. No sé si lo entenderías lo importante que es la abuelita para el equilibrio familiar. En eso de los viejos que no se te ocurra quedarte así. Y si te quedas, que la familia te necesite para vivir, te estirarán la vida con cierta dignidad, aunque no distingas las flores rojas de los geranios, ni puedas sorber la baba, y en tus ojos no se aprecie ya el alma, y te hayan puesto un rosario de perlitas negras, que ya no cuentas, por si te da por morirte de repente.

Si vienes a verme, tráeme más pistachos dorados, y si no está mi madre nos metemos en el baño y haremos guarrinadas.

Mi madre me dice que antes o después todos acabaremos así, si no nos morimos antes.

Si te vienes trae pintada tú boca del color de los geranios, me gusta lamerte los labios mirándote en el espejo para saber que aún estoy vivo.










2 comentarios:

Poma dijo...

Tierno,triste, encantador...Una delicia de texto.

LOSTTOTHERIVER dijo...

Las abuelitas, mejor no les pregunten, a buen seguro se cagarían en nuestra estampa