viernes, 5 de noviembre de 2010

PÚRPURA.


Había un atardecer de esos que tienen todos los colores en uno sólo, eso que es azul, luego un poco rojo y todo se acaba difuminando en blanco para pasar al negro más absoluto. Bueno, quiero decir eso, púrpura; para que te lo imagines. Yo estaba allí sentado sobre la hierba pensando que tenía que volver a la ciudad aunque nadie me esperaba.

Si vas a ver un atardecer habitualmente hay un precipicio, una atalaya y muchos más locos desesperados mirando aquello tan indescriptible y único. Te haces reflexiones. Por un lado no puedes dejar tú mente en blanco. Tú y los otros locos mirando, ah, y los enamorados como flotando en el deseo y en cosas de la carne. Pero el atardecer cambia, va presumiendo de colores, hasta morirse el horizonte sobre un manchón muy negro.

En estados existenciales, nuestra mente sólo administra sensaciones.
El estado existencial es una alucinación de la realidad.

Si giraba ligeramente mi cabeza, la ciudad estaba allí a lo lejos como un carrusel de luces de colores.

Una vez no volví a la ciudad, que era lo previsto cuando había salido. No sé lo que hice para desvanecerme, es como si te volvieras invisible (eres invisible con sólo pensar que nadie te ve). Me dejé dar vueltas como un saco de patatas, aún recuerdo cómo daba vueltas todo aquello, si abrías los ojos unas veces el cielo estaba arriba y otros el cielo estaba abajo y era un mareado arriba y abajo arriba y abajo, como si te fueran a hipnotizarme con una espiral. Creo que cogí velocidad, no era impulso, era constante, daba vueltas sobre la hierba verde como una rueda de carro. Me sabía a sementera aquel rastro de raíces; sentí el dolor de los zarzales que me arañaban; y el olor a orines de perro y a humo de fábrica. El caso es que en un momento – instantes que no preciso- estuve en el vacío, y fui como un chiste pero en serio, algo ingrávido y muy pesado que se iba a dar el gran trompazo sobre las rocas.

Hubo un mar allí abajo con dientes afilados como si la espuma no fuera una casualidad sino la ira. Y sé que me encontró el mar a las dos horas, y suavemente me elevó sobre un vergel de plantas ocres que bailaban; también supe que el mar había limpiado mi sangre como si mi madre se lo hubiera dicho desde el otro mundo; y que empecé a flotar mágicamente con mis brazos estirados.

Alguien lloraba sobre el Malecón cuando una barca de socorro me trajo a esta orilla de los vivos.

Yo pescado en un trasmallo como si llevara un traje de lentejuelas y peces en mi boca, y los ojos así abiertos, y una planta marina sobre mi pecho, medio desnudo y con un rictus de alucinación y de locura (el mar te devuelve tal como eras si los peces no te devoran la cara).

La mañana se había abierto y ni rastro de las luces mortecinas de la atardecida.

Quizás estaba todo más alegre.

Quizás debería de haber esperado.

Quizás quizás quizás quizás, ya no percibía que era muy tarde para razonar otro tipo de suicidio.

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