lunes, 15 de noviembre de 2010

TE ESTOY ESPERANDO SENTADO EN EL PASILLO.


A eso de las tres de la mañana el viento silbaba porque pasaba forzado por alguna rendija que desconozco, se deslizaba por las dos caídas del tejado, se arrimaba a las ventanas y no podía entrar, o agitaba la antena de la televisión por donde están esos redonditos de aluminio como dedos abiertos, iguales que las ramas de un árbol seco. Pero no silbaba como un alma en pena (eso es mucho suponer), silbaba llevando ritmo de bolero, y algunas veces parecía que fuera la danza del fuego. El caso es que silbaba así. Interprétalo como quieras. Si alguna vez escuchas el viento, imagínatelo igual que si estuviera imitando una balada hecha con músicas extrañas.

-Decir una sinfonía era mucho, aunque algunas veces también pensaba en Carl Orff modelando con sus manos aquel silbido a lo Carmina amatoria.
- Pero yo me puse a elucubrar sobre la muerte. Pensar que te vas a morir en ese mismo instante es un paradigma filosófico. No sé si Sartre habló de ese sentimiento. O si en el existencialismo tiene cabida todo lo angustioso como parte de la vida.

-A las tres de la mañana debes morirte, esa es la hora, no existe el destino, ocurre así en los hospitales cuando tienes la boca abierta buscando el aire; a las tres de la mañana hay un dios que recoge las cosas de las almas que están dentro de cuerpos endebles. Y todo empieza con mucho frío, y todo es por una casualidad que te ha traído a esta noche que es tú noche destinada, te han traído a este turno de noche y el viento te llama. En los hospitales también ocurre así, es el viento. Lo sé. Si estás allí sintiendo el viento todo es muy triste, por los pasillos alguien deambula con una camilla blanca, y huele a cuerpos abandonados con los ojos cerrados y las manos abiertas. Es la planta de las desgracias.

-El diablo dicen que invierte el magnetismo de la tierra a las tres de la mañana; para marear la perdiz. Resulta que el polo positivo lo tienes en la cabeza, y de repente se te pone en la punta de los pies (luego viceversa), y como tú eres un inducido hecho de cobre, te resientes.
-¿Es posible que no lo puedas sentir? Es como una fuerza de giro sobre ti mismo.

Pues me levanto. No hay nadie que tenga que soportar mis devaneos, por eso me levanto con frecuencia de mi cama, a las tantas. A ciencia cierta mi sueño era un hilo diminuto que me unía a la realidad; son esas situaciones en que sospechas que no has dormido porque tienes conciencia de que has soñado con el mismo entorno familiar; quiere decir que estabas allí y aquí al mismo tiempo cuando soñabas. Nunca te has ido.

-Procuro dejar la luz de la mesita encendida, es un nexo que me confirma a mi mismo que sigo vivo.
-Tengo miedos extraños desde que vivo sólo.
- Mi techo es la cúpula de la Capilla Sixtina, todo son manos y cuerpos que me miran.

Hay ruidos repetitivos que nosotros les ponemos palabras que suenan a esos ruidos.

Lo pude entender en un momento en que el silbido era algo gutural. No sé si los sonidos del viento son así o son interpretados, moldeados por un sentido extraño que los hace perceptibles, y con lenguaje humano. Por eso intentaba interpretar sus palabras, no puedo decirlo de otra forma, eran palabras del viento de Noviembre, tan consistente, tan metódico; si fuera un vendaval no sería viento, si fuera un huracán no sería viento de Noviembre que agita los castaños.

Y voy hacía el pasillo, y entonces comprendí de repente que me estabas mirando porque estabas en todo lo que me rodeaba, eras un ojo de buey inmenso y me veías semidesnudo acercándome deformado, primero diminuto, luego con mi cara plana y ancha, mirándote, adivinándote a través de mis ojos de humano que también trataban de escrutarte.
- Tú cara hecha de viento era como tú.
- Ululabas aquellas palabras tan insistentes.
En la cocina olía a empanada de sardinas, un desastre aquello, pudiera ser que nunca se haya limpiado desde hace dos viernes, o dos lunes, o dos miércoles, no lo sé. Abrir la ventana para ventilar sería interrumpirte, y no lo hice, me estabas diciendo que me querías aún, y que no estabas del todo muerta, reinabas dentro de mí, y me hablabas con monosílabos, sé muy bien que eras tú: no se caen cuadros, ni se mueven los floreros, ni agitas llaves de la luz, ni eres una sombra, me hablas a través del viento, y cuando te callas tienes forma de brisa.

-¿Puede el viento mover las sombras?
-En el otro mundo dicen que sí.
- Es cosa del diablo.

- No voy a consultar esto, hay demasiado escéptico. Y si para mí aún existes, que le puede importar a nadie que seas una aparecida o la niebla. No me gustan las elucubraciones. Sé que eres tú, incluso, a veces, puedo oler tú ropa a frituras de cebolla quemada en la sartén, y tú pelo mojado, y las dos gotitas de perfume de tú cuello. Y más cosas.
- Muchas más cosas que no quiero contar.

- Es eso a que os huele la persona que amáis. Ella olía así como os cuento. Así de simples los olores.

Me gusta acurrucarme aquí, es un vientre. Meto mi cabeza entre las piernas por si regresa el miedo, presiento que un día tú mano me acariciará con un leve roce, presiento que vendrás a verme y saldrás desde una sombra levitando y me dirás que no estoy bien, así como si me fueran a poner una camisa de fuerza para que no me de cabezazos sobre las paredes. La vida me ha descorregido porque no estás tú, y cuando me despierta el viento al dar la vuelta en la cama no puedo alcanzarte, y me levanto por si te encuentras aún en medio del pasillo.

- Sé muy bien que no estás muerta.
-Te estoy esperando aquí sentado.

1 comentario:

Anita Noire dijo...

Impactante,como pocos. Un beso