domingo, 19 de diciembre de 2010

LO SIENTO AQUÍ Y ME DA ANGUSTIA.


Era un paisaje y no estaba adivinado. Lo sé bien. De antes. De ahora. No estaba presentido, dibujado más allá de los ojos como cualquier raya infinita que nos hace dudar sobre el horizonte, interrogándonos sobre distancias, o preguntándonos detrás de allí qué existe. Eso es cierto. Sólo son reflexiones.

Pero cuando me trae Lidia, yo no le pregunto por ese paisaje. Ahora me recreo en la inercia del movimiento, y los olores, o el tacto de sus manos debajo de mi brazo, o su compasión.

Entre el edificio de Correos y el banco Pastor, el sol zumba a las once y yo grito esto es el cupón recalcando las sílabas. Estoy en el portalón del Mercado del Sur y debe sentirse mi voz, oigo otras voces y pueden ser flores lo que huelo, pescado, pan de leña y humo de tubo de escape.

Mi solapa es como un anzuelo y alguien tira y me dice: déme este.

Un vagabundo aristocrático bajaba doblegando ligeramente la espina dorsal por la calle Fundación. Debía de ir repleto de nada, también llevaba una cazadora marrón y unos pantalones a cuadros de payaso, y una peluca rubia y la boca con labios doblemente pintados. Era un pedazo de hombre muy raro. Quizás andaba como un bailarín.

En la calle Fundación, en el paso de cebra largo, por un instante empezó a subir un diábolo que daba vueltas como una hélice.

Me apoyo en Lidia, y ella me deja. Consiste en palpar.

La manilla de bronce ha resonado, y la mano me huele a metal dorado. Abro la puerta y lo primero que hago es sentarme en el bordillo de la cama. La cama gime. Mi cabeza encuentra la almohada y la perfección del techo que da la oscuridad. Luego mis ojos dan la vuelta a todo; es una costumbre. El instinto.

Toda la claridad, si hubiera, es de fuera; la ventana entreabierta y los mismos trámites al llegar.

Las moscas acaso me persiguen por el sudor, por el olor; son un orfeón y patalean en mi pecho acicalándose las alas, o haciendo pasodobles sobre el cristal.

No sé si llegará Lidia a ponerme una almohada. Mi dependencia es total.

Tía Raquel anda pegando voces. La siento desde las primeras horas de la mañana. Desgañitarse. Sigue buscando el Naprosyn. Tiene espondiloartritis, y los dedos así enroscados, en forma de pezuña pero en pequeño. Tía Raquel es una farmacia, también tiene ciática y tortícolis, es una persona hospital que no para de hablar de médicos.

Sonó detrás de mi puerta el dichoso estruendo. Quizás se haya caído de bruces.

He dormido ayer.

Mi diábolo rojo asomaba debajo de una manta.No me caía la lluvia y era todo el universo sobre mis espaldas. Derramaban agua. Y entre tanta soledad había una estrella y muchos nubarrones. En este rincón que queda debajo del Ambulatorio soy un saltimbanqui acurrucado dentro de una caja de cartón. Y así, de reojo, tengo la rara disciplina de mirar al cielo antes de dormirme.

En la Plaza Amorós hay una estatua. Si bajas por Monteado la ves a bocajarro. Está erguido el Quintanar con sombrero napoleónico sobre un caballo con huevos increibles.

Allí, a veces, los niños juegan a dar vueltas.

Nunca hubo tanto movimiento sobre el trono de San Marcelo. San Marcelo está tocado con una capa de achacoso peregrino, y lo extraño es que sobre su cuello hay adornos dorados de laurel. Le dejaron la mirada indulgente. Cuando la gente sale de la Iglesia pone gesto caritativo. Mi boca roja les da besos, y los niños se ríen. Mi diábolo gira y da vueltas y vueltas en el aire.

No puede ser Lidia.

Tan temprano. Tantas veces bajar hasta aquí. Me ha recogido a las dos de la tarde y voy medio meado. Presiento que está vestida de negro, y cuando siento su mano debajo de mi brazo adivino que por fin se ha acabado la mañana. Al empezar a caminar, antes del paso de cebra de la calle Fundación siento un zumbido extraño, elevado en el aire una hélice, y las voces del payaso. Luego es bordear recto o en quiebro, subir las escaleras, sentir la puerta de la casa y el extraño olor a medicinas y a metal dorado.

Tía Raquel debería estar sentada. Está de bruces en el suelo.

Siento las moscas que me escrutan y me huelen, patalean sobre mis ojos cerrados,

Y mi cabeza se reclina sobre la almohada.

No quiero que me acuesten sobre el corazón, lo siento aquí y me da angustia.

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