jueves, 30 de diciembre de 2010

SÓLO HE VIVIDO HASTA AQUÍ PARA CONTÁROSLO.




De todos modos tengo que empezarlo. Me refiero a cualquier cosa. He notado que mi reloj astronómico lleva retraso. Tengo la impresión de que la panadería de Fabiano ya lleva abierta desde hace horas. Lo he detectado por el olor. Me sube ese rastro de las empanadas de bonito de los jueves. Incomparables.

Esta noche reflexioné mucho sobre lo que me dijo Tristán, de que la vida son cuatro días, y eso, que estamos ahorrando, pasándolo mal, machacándonos y luego viene una mala enfermedad y para los gusanos o el incinerador. A mi lo que me dijo Tristán me lo dicen cada poco, pero como él ponía aquella cara de San Juan de la Cruz le di más importancia: los ojos hacía arriba, cerrándolos cuando te hablaba (así), como si lo sintiera de verdad.

Ahora que ya estoy medio levantado es como si me quitaran un peso de encima, es como si fuera más ligero; también me huele el tubo de escape de esa máquina que va barriendo por la calle. Si me vieras como estoy ahora mismo se te quitarían las ganas. Sentado en la cama. Los pies desnudos sobre la alfombra y la cabeza apoyada contra mis rodillas (las manos sobre las sienes te quiero decir). Son esos instantes. No sé si las mujeres hacen lo mismo. Yo, cuando estoy así también me huelo.

Tengo que vestirme e ir al lugar de la reunión. No es que sea frívolo ahora entrar en el baño y acicalarme, ponerme como se dice a lo chorrito del oro. Siento ese tan tan torácico, y es que estos instantes iniciales se me hacen interminables. El acto requiere cierta pulcritud, aunque tengo la extraña impresión de que les importa un bledo la etiqueta, pero yo siempre fui de calzoncillos muy limpios.

Sentir extenuación al levantarse es un signo de que no se ha dormido bien.

La calle está ahí, y hago cálculos de cuantos pasos hay hasta la parada del autobús. Es una costumbre que me da buena suerte, la diferencia diaria suele ser de dos o tres. Hoy voy con febrilidad porque sé que se acabarán todos los peligros. En las calles los automóviles son hostiles, y las papeleras, y los anuncios de lencerías, y los de desodorante; la misma parada anuncia un película de anticipación. Todos están de Domingo, quiero decir pulcros. El autobús pone: Operación Jardín del Edén. Y vamos todos sentados.

El trayecto fueron como dos horas. Sales de la ciudad. Es simple. Ves por ambos lados portales, alguna plaza, varias avenidas, una rotonda, el conductor eligió la segunda salida hacía la derecha. Luego el campo. El cielo alto y gris. Y árboles de hojas perennes y tierras horadadas.

Cuando llegas el autobús frena y el cuerpo se te va hacía adelante. Fuimos saliendo en orden a pila lifo: los últimos en entrar fueron los primeros en salir. Me agrada contaros que yo iba de los primeros. A los lados barandillas de inoxidable pulcramente limpias y todo de aspecto aséptico, pintado de blanco, lleno de flechas de emergencias. Los que iban delante los veía perderse entre dos puertas abatibles que volvían a cerrarse, herméticas. No comentábamos nada entre nosotros, era el silencio del miedo. Alguien dijo que detrás de aquella puerta estaba el final.

Sólo he vivido hasta aquí para contároslo.

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