jueves, 23 de diciembre de 2010

SÓLO TENÍA MIS MANITAS FUERA.


Pudiera decirse que estaba medio sumergido. Algunas veces me vuelve ese sueño en que la tierra me devora, y así visto me voy hundiendo hasta que una mínima parte de los brazos, y luego sólo las manos, quedan fuera indicando con sus movimientos un leve rastro de vida.

Otras veces estoy en el espejo y mi imagen se difumina entre infinitos cristales rotos; y otras perdido en un bosque de olmos, dando vueltas y vueltas angustiado buscando la salida entre los claros de luz, hasta que despierto en medio de un sobresalto vertiginoso.

Me miraba fijamente detrás de la mesa. Ella se inclinaba ligeramente hacía atrás y no me quitaba los ojos de encima. Le hablaba de mis pesadillas, de los sueños entrecortados y angustiosos, pero no me decía nada. Se levantó de la silla, y pude verla plenamente. Aunque ya aparentaba sus cincuenta años denotaba una extraña belleza.Muy morena,su pelo largo recogido sobre la espalda y de facciones agradables, con los ojos claros muy grandes y vivos.

-Y qué más sueña.

Sueño siempre angustioso, le dije. Otras veces hay una gran escalera de caracol, no tiene principio ni fin, y yo estoy en el medio, hacía arriba no hay salida, hacía abajo un precipicio inmenso, luego comienza una ligera brisa que va en aumento hasta ser un verdadero vendaval. Sé que tengo que caerme, mi equilibrio es completamente inestable, mi escalera es una escala que da vueltas y vueltas, y cuando ya no aguanto más por el agotamiento, me caigo vertiginosamente hasta el vacío, y entonces despierto totalmente desasosegado.

Ella permanecía con aquella sonrisa hierática y distante. Ahora estaba apoyada sobre la mesa;…y siempre recuerda tan nítidamente sus sueños, me dice. No siempre, le contesto. A veces cuando me despierto siento sólo la humedad del sudor pegajoso que me invade; al mismo tiempo que mi corazón está agitado resonando los latidos en mi sien. En aquellos momentos imagino que me ha sucedido otra pesadilla por la fatiga y la desazón que me envuelven, sin recordar nada, absolutamente nada. Pero en realidad, la mayoría de las veces, los sueños suelen ser totalmente nítidos después de despertar.

-Bien, bien –parecía que lo había comprendido todo-.

-No es nada personal, pero usted tiene un desajuste sexual por parto rápido.

(Vaya, pensé).

Me miraba de aquella forma inquisitiva como si hubiera dado con el santo grial del psicoanálisis; yo percibía que ella a su vez pensaba que ya estaba dentro de mi cabeza y que hurgaba en los despojos de mi inconsciente.

-Usted es un coñeador reprimido. Sus impulsos más primarios son comer coños todo el día, usted va por la calle comiendo coños, en el autobús, en el metro, en el cine come coños, en el restaurante, en las reuniones de trabajo. Usted tiene el síndrome del come y come y come y come. Su inconsciente es compulsivo y le maltrata generando esos vacíos angustiosos en sus sueños.

(Me quedé absorto con su razonamiento: ¡Había acertado!)

Prosiguió:
Tenemos que acabar con esos impulsos. Existe una relación directa entre el vacío existencial y el momento de su nacimiento. Su impulso de comer coños es como si, de alguna forma, intentara volver al útero de su madre. Usted, aunque no lo crea, no ha acabado de nacer, tiene aún medio cuerpo dentro de la vagina materna.

(Estaba perdido, y ya no enlazaba los pensamientos).

-¿Dígame, no siente un impulso irreprimible por comerme el coño ahora mismo?

Quizás abrí mucho los ojos y la miré de frente. No recuerdo bien. Aquella pregunta me dejó ligeramente aturdido, inexpresivo, tratando de reflexionar una contestación coherente. Y no contesté. Ella se sentó en la esquina de la mesa y empezó a quitarse sus medias negras, luego sus bragas, recogiendo su falda hasta la cintura al mismo tiempo que se ladeaba ligeramente hacía mí.

Pude ver la sonrisa maléfica de su coño, rosado, apetecible, y completamente rasurado.

No hubo muchos prolegómenos. Me acerqué lentamente y empecé a comérselo muy suave. Sentí un leve sabor a orín en mi boca. Cuando su humedad se hizo perceptible en mis labios mi lengua notó un extraño dulzor entre lodos de río y ocles del mar. Ella apretaba mi cabeza suavemente y yo empecé a pasarle la lengua abriendo mi boca como si ansiosamente me fuera a morir de sed.

Y hubo un momento, cuando ella se agitaba y su humedad era un rastro pegajoso entre sus piernas que levanté mis ojos y vi aquella onírica nube azulada y la hermosa cara de mi madre que me miraba acariciando mi pelo mientras me ronroneaba una extraña canción de cuna.

Y era cierto que no había nacido del todo, sólo tenía mis manitas fuera.

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