domingo, 12 de diciembre de 2010

Y SI LEVITAS ES QUE ERES SANTO.


Se nos pasan algunos detalles que no podemos ver, son sutilezas, un simple rozamiento o cuando el aire frío te da en la cara, o cuando presientes, sin motivo, que algo va a suceder. Son como estados de alarma o estados del alma.

Me llamo Remigio y hoy creo que he levitado. Eso es una sensación. Estaba en el pasillo y la niña marchó despavorida dando gritos buscando a su madre. Cuando retornaron ya estaba con mi bata, en posición erguida y simplemente apoyado en el suelo.

Aurora le dio un guantazo a la niña, y yo le reprendí.

-Si es verdad, si es que estaba raro; como si no pesase.

Al ser domingo tuve que salir por el periódico y logré ponerme los calcetines de pie; por otro lado estuve meando durante veinte minutos para quitarme una erección natatoria poco antes de salir. Bajé con normalidad hasta el portal y cuando llegué a un adorno de arbolillo de plástico que hay debajo de los buzones sucedió de nuevo el fenómeno, sentí que me faltaba el rozamiento y que me elevaba dos palmos del suelo, con ese presentimiento de vahído de que se me iba la cabeza hacía los lados.

Flotaba, no cabía duda.

En el kiosco estaba Purita la damisela del tercero con sus labios rojos y una blusita, y unos pantalones puestos a martillazos. Había dos niños y la viejecita de la Tintorería la Romana. Cuando estaba allí otra vez presentí aquella sensación de elevarme. Y vi sus ojos. Se quedaron petrificados al unísono. No era terror. Se imaginaron en un principio que jugaba a las canastas. Pero me vieron mantenerme a tres palmos del suelo, extrañamente vertical y estático.

Levité más de lo previsto, y en esa postura le tuve que pedir las tres revistas de mi mujer, un especial coleccionadle de muñecas, y los dos periódicos de los fines de semana. Fueron instantes confusos.

Para aquella ya sabía que levitaba, no cabía duda. Cada vez eran más dilatadas en el tiempo aquellas sensaciones de ingravidez, que por otro lado, no eran controlables como pudiera ser cualquier otro proceso de mi organismo, algo tan fácil como decirme a mi mismo que debía sentarme o levantarme o doblarme. No. Levitaba sin ninguna premeditación, era absolutamente anárquico aquel impulso que empezaba a elevarme lentamente con un ligero tanteo inestable para luego erguirme una fuerza sutil que no tenía ninguna procedencia instintual ni muscular.

Todo un problema, porque empecé a levitar y a avanzar al mismo tiempo.

Así que iba por la calle con mis periódicos y revistas bajo el brazo y una bolsita de plástico cogida de mi mano, medio erguido inclinado hacía adelante a medio metro del suelo ante el regocijo y pánico general, porque ya no tocaba el suelo, flotaba ingrávido cada vez más alto hacía el cuarto derecha, consiguiendo erguirme sobre los cristales de la ventana del salón, donde la niña me miró como si el mismo diablo se le hubiese presentado.

Vino mi mujer y me vio allí, vio mi cara detrás de los ventanales de dos hojas; y gritó y gritó desesperada, mientras le daba de guantadas a la niña.

-Hay domingos que uno se levanta raro.

-Este doce de diciembre.

-Ya lo dicen los teólogos: el cielo y el infierno son dos estados del alma.

Y si levitas es que eres santo.

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