miércoles, 19 de enero de 2011

CÓMO ME SABES.


Te escribo desde aquí. Llevo dos horas encadenado a un poste del teléfono porque quiero verte, y doy voces como un poseído por esta injusticia. Los municipales sólo atienden crisis nerviosas, no crisis de amor, y los del cero noventa y uno pasan de largo.Me preguntaste: y si me apareciera por la noche qué me harías, y yo te dije, te empalaría, ya me entiendes, finamente te la metería por atrás, según llegas, a la izquierda, contra la pared, y sobre tú misma nuca te empezaría a decir, dime si me quieres porque yo te quiero, sí sí sí, pero no te has aparecido; y este poste alquitranado y la cadena de buey me están jodiendo la espalda.

Debo gritar más.

Pasa una señora con un coche de niño. Lleva en el cochecito un armario entero de ropa, y dos cómodas, y me mira a los ojos y sus ojos llevan un mundo escondido que sólo enseña al amanecer porque a esas horas se le sale todo el sufrimiento, de tanto preguntarse quién es a si misma, de tanto contestarse que no lo sabe. La viejecita me huele a cuero, a badana, y sus arrugas son tan grandes como las marcas que dejan los arroyos en el borde de las montañas que dan al mar, por la zona donde dicen que Dios posó una uña.

Aquella noche en que viniste a verme, estaban las gaviotas iluminadas por los alerones, dando giros. Yo estaba en la ventana reclinado y ya llevaba dos sueños y dos vueltas enteras, y un boca abajo, y una boca arriba, y antes había estado de lado. Entraste de esa forma que deseaba. (yo me imagino cuando entras, de puntillas, vas descalza, y no me dices nada).

No os aconsejo dormir tanto en la ventana, es incómodo.

He caído en tus brazos y me sujetas bajándolos, y casi me iba dar una hostia en el suelo, y tus brazos se paran allí mismo, entre un bordillo, y una cuneta que tiene forma de copón sin tapa y que es de la hidroeléctrica, faltó el canto de un duro, y cuando sabía que no me iba a morir te vi allí, me parecías la Inmaculada Concepción de tan hermosa que estabas, tenías sobre la cabeza un halo de color amarillo de los que robaste a Saturno (¿o es Venus?), y un velo de seda tan fina que te hacía unas vueltecillas como si fueras a una misa de cuaresma en la iglesia de los Capuchinos.

Todo esto me lo imagino, porque en realidad, lo único extraordinario es que soy un espantapájaros asustando a los gorriones para que no se posen sobre las líneas del Morse (¿que ya no hay Morse? A mí el Morse me gustaba: una raya un punto y una raya: te jodes).

Me jodo y me aguanto, y hace frío. Dos cabrones me tiraron la llave del candado.

Otra vez con esas dudas, qué te haría. Te daría la vuelta, así de pie, arrimadita a la pared, te pondría la mano en la cara para saber que eres tú. ¿Qué ropa traes?, ¿pantalones?, te bajaría los pantalones; ¿traes bragas?, te quitaría las bragas, te las bajaría, un saltito a la comba y te las saco por el pie derecho. Te abriría las piernas. Uff, mi amor, luego me arrodillaría delante de ti porque eres una santa, y desde esa posición quiero rezarte antes de morderte el coño con toda la boca abierta; y te diría, meate sobre mí boca, tengo mucha sed, esto es un puñetero desierto de tristeza.

La señora del carro está al otro lado y tiene nostalgia, su pelo es como el esparto de una escoba, y ahora que se ríe un poco, una de sus arrugas parece el Cañón del Colorado, y yo pienso por qué se ríe. Y cuando la miro sé que se ríe como una loca, es esa misma forma que cuando te ríes parece que lloras.

Se abre el cielo. Si no has visto abrirse el cielo es que no miras. Siempre andas mirándote los cojones y a donde escupes. El cielo cuando se abre suelta gaviotas, vienen a cientos y cuando las ves allí arriba no sabes por que extraña ley dan tantas vueltas, si hay algo o alguien que les diga que deben dar vueltas ataviadas con tanto plumaje blanco, y con las patitas encogidas.

El poema: es que tengo que hacerte un poema, por si me suicido;
(Verosímilmente con una cuerda o por velocidad o por velocidad contra mí).
El poema llevará: dos corazones; veinte kilómetros de arterias y venas; tus ojos y los míos; un paisaje de castaños, y otros árboles que no he decidido aún; agua que se despeña formando un arco iris; hambre de amor, hambre de vida, vivir con hambre; doscientos sentimientos de los más usuales; el viento en su modalidad de brisa; el mar cuando tiene olas y cuando está manso; veinte puestas de sol con colores imposibles –(no he decidido si llevará rojo); tengo que ponerle equilibro en el sentido de caminar recto; un parque con bancos para viejos , y viejos sentados al sol con caras tristes, y una UVI esperando a un anciano que se murió bailando bachata en un centro social; y un viejo con bastón y la cabeza apoyada en el bastón; ah, muy importante, unas manos, unas manos que saludan que se abren y que se cierran; un pañuelo agitándose en el viento; un tren antiguo de vapor; el humo del tren, el humo de una casa en un valle verde; el pan; tú olor, como me hueles antes de lavarte y después de lavarte; ah, sí, tres mil ochocientos noventa y ocho te quieros, por si acaso, se gastan mucho. No sé, si hay algo por ahí, que te guste, me lo dices, y lo metemos. (Luego se agita. Es por si no estoy yo).
Perdóname, se me olvidaba cuando me besas, como son tus labios, y hasta donde me llega tú lengua, ah, y las gaviotas. (Fijo que se me queda algo…, ves: la piel).

Y ayer me dijiste lo de las mariposas en el estómago.
-¿Quieres que le pongamos mariposas?

Otra cosa que he pensado que te haría.
(Lo de los sabores, muy importante)

Déjame decirte. Tú coño me huele a restos de uvas dentro de un alambique. Sí. Y si te devoro más adentro, me sabe a yerba cuando lleva mucho tiempo húmeda, y cuando te vas en mi boca, me sabe a ti, que no sé aún cómo me sabes.

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