martes, 25 de enero de 2011

CREO QUE ESTO YA LO HABÍAN CONTADO.


Debo darme prisa, ya quedan pocas historias, casi no hay historias, podría no haber historias, entonces,
sólo debo contarte lo que me pasa, entonces,
si has venido a verme y vienes con lúgubres sensaciones, debes hacerme una sanación,
pon tus manos sobre mi entrepierna, es así,
tan duro como te lo digo;
la historia, es eso tan manido, que no hay historias:
que no hay historias,
que no hay historias,
que no hay historias,
Te lo dije imperantemente repetido.
A veces llovía de esa forma tan insidiosa que el paisaje no existe porque una cortina diáfana y gris lo cubre todo, digo todo: parques, avenidas, el fondo de las ventanas, las tapas de los libros, los libros abiertos; hay sonidos amortiguados por la lluvia, y, sobre todo, ángeles en forma de vapor bailando sobre la copa de los árboles, también en la ciudad;
Entonces.
La historia empezaba así porque yo lo quise, era mi historia, y aún no había personajes. Yo estaba imbuido, inmerso en la historia de las historias, y debía darme prisa; mi historia estaba naciendo en otro, con la misma forma y las mismas consecuencias, las mismas ocurrencias, al borde de de una cordillera de los Andes, o en el mismo golfo de Méjico, cerca de los racimos de uvas de California, por los aluviones de Nueva Orleans, en los arrabales de Ankara, por las playas del mar Rojo, y entre las putas miserias de Calcuta.
Ven a tocarme los huevos en el sentido más amplio del amor, acariciarme te digo,
sóbame, existe la soledad, me dan vahídos, sécate las manos sobre la vieja piel arrugada que tapa mi corazón.
Te quiero.
No es broma.

Esto que te digo es en el preciso instante en que estoy preparado para empezar mi historia. Podría comenzar así:
Era una vez.
La tarde estaba en calma y llovía.
Ella le miró a los ojos.
El estaba estrechándola cuando de repente…
Había una playa tan larga que no cabía en el mar, era Callo Largo, y no era playa.

Deja el inconsciente vaivén de tú mano y, mientras, mira a la ventana llena de vencejos, y las sutiles sombras que deja el atardecer paseándose, lamiendo nuestras caras, así de pesadas y robustas, hercúleas sobre la cal de la pared, llenas de vida sombría, porque son sombras caprichosas y se mueren con la luz.
Tócame y cerraré los ojos, sáname, dame sal, bocanadas de yodo, sorbe amoniaco como si fueras Satanás y disuélveme como a un azucarillo, digiéreme, mándame al mar desde la taza de tú váter.

He de contar una historia que no sepa nadie, he de borrar todo lo que vi, todo lo que oí, todo lo que leí, ni rastro de todos los poetas que han pasado por delante de mis ojos.
Dramaturgos con la piel blanca, que han venido a contarme cosas de las damas de la noche, que han horadado mentiras sobre viajes infinitos en extraordinarias naves sobre largos gusanos, estrellas fundidas entre estrellas, otras tierras diminutas, creadas, llenas de volcanes. Y la muerte, hablando sin contemplaciones sobre el sufrimiento, sobre la desidia, sobre la cobardía, sobre héroes, sobre la nada en la estricta acepción: nada de nada.

Mi historia debe ser pura, sin rastros de palabras rebuscadas, sin dejes, tiene que ser una sinfonía inexistente aún, nunca escuchada. Nada en mi cabeza debe recordar: He quemado el resto de las historias que me han contado, los cuentos que me adormecían de niño, todos los duendes de los bosques, las largas fantasías que me contaban en la noches sin luna, historias de otras historias desde los siglos de los siglos. Amen.
Todo borrado, joder, borrado borrado borrado borrado.
¿Lo recuerdas?, eras un niño cuando borrabas.

Y punto.

Y aún así, no puedo adelantarte nada de mi historia, le he puesto cositas:
papeles de caramelo y hojas marchitadas metidas entre las hojas de un libro; miradas en un bar de carretera; una navajazo en un barrio no recomendable; penas de amor, odios de amor, amores no correspondidos; enfermedades interminables, enfermedades inmediatas con el tiempo tasándote la vida; agonías desesperadas; todas las locuras, locuras repentinas en un ascensor; decisiones de suicidio, suicidios meditados; paisajes de montaña, mar, o cordilleras; paisajes de ciudad, paisajes con humo, paisajes sin humo, paisajes muertos.

La historia empieza así:
Llevaba muchas horas acostado y miraba al techo, y fue entonces cuando noté aquella mano extraña, sanadora que me empezó a tocar los mismos huevos, los mismísimos, sin compasión, con desgana, y no sentí nada, porque era la mano que siempre me tocaba en el mismo atardecer y de la misma forma. (Era una agonía).

Pero cómo contaré la parte de amor que corresponde, y aún no sabiéndolo he de definirlo.

Debo decir que ha amanecido, permanecí levantado, caminé desde mi habitación hasta mi habitación, desesperado, buscando el argumento de mi historia. Tenía que nacer, tenía que vivir, tenía que morir. Y esa era toda una larga y anónima vida.
Y no sabía cómo.
No sabía dónde.
No sabía con quién.

Las vidas así son difíciles de contar, luego:
Dónde los pondría.
Dónde amarían.
Dónde vivirían.
Dónde morirían.
Y la felicidad, algo de misterio, un poco de violencia, amor, sexo, miserias, hambre, desesperación, y mucha incertidumbre.

No sé.
Me estoy dando prisa, me han contado,
algo semejante se le ha ocurrido a un pringado, sonámbulo y arribista que vive el las afueras del Tigris y del Eufrates, donde la antigua Babilonia.
Ese si tiene argumentos e historias verdaderas.
Es carne de su carne y está esparcido por los aires.
Hazme una sanación, si quieres.
Mi historia es parte de otra historia, y viene así, con algo promulgado, es una parte de una parte de una parte de una parte de una parte.
Creo que esto ya lo habían contado.

2 comentarios:

Anita Noire dijo...

Y qué más da? No hay nada nuevo bajo el sol. La única diferencia es como nos lo cuentan.

Poma dijo...

A tu modo, Kenit cuentanos la historía de las historias, de la historia .