sábado, 29 de enero de 2011

GOTAS DE AGUA BENDITA.

En aquella época andaba tan salido que hacía muchos poemas.
Mis poluciones nocturnas eran tan abundantes que mi madre tuvo que tirar el colchón. Lo sacamos por la noche a la calle Constantino, porque tenía vergüenza de que nos viesen los vecinos. Lo dejamos arrimado a la caseta del transformador. Tenía dibujado de color amarillento: África, Oceanía, Europa meridional, la cordillera de los Andes, el cuerno de África, Arabia (incipiente). El colchón estuvo hasta el día de San Amado, el 20 de Febrero, lo habíamos puesto un 28 de Enero el día de santo Tomás de Aquino.
Nadie sospechó nada. Lo acabaron recogiendo unos gitanos de Villacajón.

En mí habitación había mucho frío y humedad; también tenía un orinal porque no teníamos baño. Por las mañanas lo tirábamos sobre un montón de estiércol que daba a un pequeño gallinero destartalado en nuestra casa del Fumeru. También había una tienda de ultramarinos que vendían arena para limpiar el planchón de la cocina donde asábamos las castañas. Las castañas si no las rayabas con un cuchillo explotaban.
Y soñaba.
Yo estuve cuando los últimos de Filipinas. Era aquel que cantaba por soleares detrás del paredón y que luego le pegan un tiro. Poco después era Paul en Desayuno con Diamantes; el vecino Boo en Matar a un Ruiseñor; Norman Bates asomado a la ventana en Psicosis; el deseado Benjamín en el Graduado, el chapero de Cowboy de Medianoche; el que le dio la paliza a Ransom en El Hombre que mato a Liberty Valance, la silla de ruedas que llevaba a Blanche en ¿Qué fue de Baby Jane?; el único que no desapareció en El pueblo de los Malditos. Disparé detrás de los muros del Álamo, intenté poseer a la novicia en Viridiana; fui amadeo en el Verdugo; Clin Eastwood en la Muerte tenía un precio. Así eran las tardes imaginadas.Mucho antes ya había visto (de más crio): Ben-Hur, Casa Blanca, Espartaco, Lo que el viento se llevó, Los Tres Chiflados, todo lo de los Hermanos Marx, El Gordo y el Flaco, Charlot, Buster Keaton, Flash Gordon, Batman, El Hombre Cohete (el hombre coete me gustaba porque llevaba un cohete encima del culo)

Tuve una novia de Villaoril que en el cine María Cristina de Gijón me hizo las mejores pajas de mi vida, y eso no lo cambio por nada. Aún las recuerdo. Con lo que llevábamos suelto (jersey abrigo…) me tapaba. Tenía aquella clase especial para disimular, y las manos tan suaves. Escupía un poquito en la palma de la mano y te iba acariciando el nabo, era una maravilla, me corría entre fantasías. Años después me dieron por el culo, y yo también di varias veces, también descapullé con mujeres; pero, hijos míos, aquellas pajas fueron inolvidables; -hay tres recogidas mi diario con categoría diez-.

Mi novia se llamaba Herminia, pero me daba no sé qué decirle que la quería porque no sonaba tan bien como en el cine.
Una vez que iba corriendo delante de los grises, me metí en el hueco del escaparate de la librería Cervantes y como no tenía salida me machacaron a palos los hijos de la gran puta. Aquel día lo recuerdo por eso, y porque me dejó Herminita, le habían dicho que, aparte..., también era maricón.
Yo creo que no era maricón, a mi los coños me gustaban cantidad. En aquella época los coños primero te olían a alcanfor, luego a brillantina, imagínate lo que quieras, digo preferentemente; luego también olían un poquito acetona, cuando los abrías era otra cosa, te olían al régimen, a rancio, como a la Iglesiona por Semana Santa.

Herminia se casó con un cajero del banco Pastor, que está al lado del muelle, frente al espigón, según coges la Marqués de San Esteban, en un edificio que parecía que estaba hecho de chocolate. Yo la vi varias veces por el paseo de San Lorenzo cuando ennoviaron, y a mi los ojos se me iban para las manos de Herminita. Eso, así, disimulando, un ligero gesto de saludo, y es como si me llevara el capullo con ella, porque cuando seguía caminando no sentía nada entre las piernas.

Mi padre trabajó en las campanas para los cimientos de Ensidesa. Con lo que ahorró se compró una moto Lambreta y la llevó al pueblo para las fiestas. Cuando estaban bailando pasó varias veces con la Lambreta por el medio como si no se diera importancia. Mi madre se enamoró de él por lo de la Lambreta. De mi pueblo se murieron muchos, y aún están allí, entre los lodos y el frío de la ría de Avilés.

Por el culo sólo me dieron cuatro veces, luego lo dejé, eso se deja como el tabaco, porque te llega a no gustar, lo malo es que si has sido fumador y estás al lado de uno que fuma no te desagrada, por eso a mi me siguen gustando los maricones, pero ya no peto.
Mi madre iba a la Iglesia de las Quintanas y robaba agua bendita en una botella de La Casera y cuando llegaba a casa iba soltando unas gotas por aquí y por allá, era por lo de las presencias y las impregnaciones. Una botella le podía durar hasta tres meses, luego robaba más. Hacer agua bendita tiene sus dificultades.
Tenía un cobertor que me pesaba mucho y un magnetófono de novena mano encima de la mesita. Me gustaban los tarantos, no sé por qué, y un armario de caoba al que no le cerraban bien las puertas de lo viejo que era, y el suelo estaba cubierto de loseta que tenía unas filigranas en forma de círculos concéntricos de color marrón. Antes de hacerme las pajas esperaba a calentar un poco.

Mi padre se puso malo de alzheimer un domingo por la mañana, empezó a notar que el dedo meñique de la mano derecha se le empezaba a mover, y el no le decía que se moviese. Yo no sabía qué era eso, y me seguí haciendo pajas.

Con los años fui aprendiendo. Algunas veces llegaba a casa y mi padre estaba tirado en suelo porque mi madre no podía con aquel corpachón, y yo a duras penas podía. Entre los dos lo metíamos en la cama, boca arriba, y yo le miraba a los ojos, aquellos ojos inexpresivos me daban mucha pena (tuve una temporada muy grande sin hacerme pajas por culpa de los ojos de mi padre).
Al acabar de comer la cocina de mi casa olía a vinagre y arena de limpiar el planchón.
Y el gato se ponía a dormir encima de una silla de la habitación donde había muerto mi padre , y mi madre decía que donde duermen los gatos hay una presencia, pero yo creo que la única presencia que había allí eran estos recuerdos, los recuerdos tienen esas cosas y se convierten en espíritus que retornan a través del tiempo.
Luego mi madre tiraba unas gotas de agua bendita.

5 comentarios:

Anita Noire dijo...

Ni las presencias, ni los recuerdos se las lleva el agua bendita. En cuanto a las pajas, pues no lo tengo claro, posiblemente tampoco. La fila de los mancos siempre fue gloriosa.
Feliz Fin de semana.

Sergio dijo...

Después de leer este texto me preguntaba si era un relato inventado o si te ocurrió de verdad. Si es verdad, ¿debió ocurrir hace muchos años no? Porque si dices que aún existía el Fumeru y Villacajón...

Saludos!

delia díaz dijo...

ves? a esto me refería...
a tus pies, Maestro, esta que ni osa ser llamada discípula, se inclina y te los lava cual maría magdalena... con agua bendita...

y sonríe, gracias a ti y contigo

Anónimo dijo...

Hola, amigu.
Escribes magnánimo, claro y bien
Debes ser colmillo viejo de jabalí.
Esto no es más allá del 69 o principios del 70. Me hisciste recordar. Te lo agradezco.
Un abrazo, Amigu.
Supongo que eres de Gijón.
Victor- en la cuesta- Gijon.

Anónimo dijo...

Aquello era miseria, Pilin.
Lo de ahora pueden ser rosas.
Nel 69 dabante hostias y pasabas fame.
Gustome.
Xuaco.