domingo, 16 de enero de 2011

TARDE DE DOMINGO.


Recuerdo que una vez estiré un brazo y no encontré el fondo,
había gaviotas bajo la ventana, recuerdo,
y una persiana daba vueltas como un pergamino, y,
me dije a mi mismo, tú cuerpo se niega a obedecerte, prepárate,
llama a los ángeles del infierno, olvídate de flores rojas, despídete de olores, besos, y dile al sol que nunca te espere.

Empezaba a temblar.

Después llegó Febrero, ya sabes, me puse un máscara veneciana y llamé al dios Onan leyendo un título figurado que se llama muerte de las sensaciones, recuerdo, que leía con las piernas cruzadas y el libro en mi otra mano, que no vibraba.

Perdido estaba sobre puentes lúgubres, mohos malolientes, piedras gastadas.
Yo cerraba los ojos y vagaba porque nunca estuve allí, no lo recuerdo, no vi esa amanerada perfección de los edificios, las grotescas cúpulas, no oí las campanas en la noche, ni vi figuras vestidas de negro, sólo leía Muerte en Venecia.

Es difícil olvidarse que abarcaste cosas, y fuiste prensil desde que te has desencorvado, genialmente, mirando al cielo de un atardecer en que la luz no entraba entre árboles grandiosos de innumerables clases y especies. Pero eso no lo recuerdo bien, lo digo así, pero no lo recuerdo bien.
Tengo un pañuelo entre mis manos quizás fue del color de las paredes, me sabe a salmuera y aprecio los rastros de mi boca, limos de animal que balbucea, inapreciablemente has vuelto a ser niño, en los gestos, en el caminar encorvado, en esa forma inestable en que colocas los pies en tú camino, y das una vuelta a la cama, cogiéndote a su ecuador, y en el lado corto los vendavales te azotan porque has llegado al estrecho de Magallanes, allí, donde la almohada hace un surco abovedado de olas gigantes, arboladas.

Estoy muerto de miedo, me cago, mi brazo estirado no alcanza nada y sé que he llegado a ese sitio donde había un mango de madera, algo circular, usual y de manejo simple.

Felices tiempos de aburrimiento en los que contaba cosas, hacía multiplicaciones, mensuraba, me levantaba para avanzar por la calle y me azotaban el aire y las preocupaciones.
¿Me vas amar así?

En una grandiosa llanura descubría amores y tú fuiste el amor. ¿Me vas amar así?

En el almacén de ancianos hay grandes curvas, a derecha e izquierda. Transitadas por bolsos marrones y damas lúgubres, caballeros de domingo, y por un lado, aparcados un sin fin de cochecitos. Mi brazo se ha levantado y no encuentra el fondo, mi nariz otea y no huele ni la más triste sopa, y presiento que me marcho del mismo mundo de los vivos.
Por favor, ¿me vas amar así?

Si aún me amas huele por mí, descríbemelo.
Ama por mí, y dime como es un beso, he de reconóceme de nuevo.
Coge una mano y coméntame lo que es la piel, y el calor.
Y si me miras, dime que se me mueven los ojos.
Y qué te inspira oliendo los colores, en esa aventura que es vivir, sentir, amar, llorar.
Y si aún de verdad me amas, quédate conmigo, no me dejes sólo en esta tarde de domingo.

2 comentarios:

Mirna dijo...

Hermoso, aunque pueda ser cualquier tarde, no? Me hace acordar a la vejez que todavia imagino

KENIT dijo...

Un abrazo, Mirna. Gracias