lunes, 3 de enero de 2011

QUÉ DESPERDICIO, SI SE ENTERA LA MARCELA.


Allí estaba con los cuatro moscones lucilia, grandísimos, con aquel costado verde oscuro brillante, metidos en una caja de plástico de ferreros roché, sobre el anaquel del jabón lagarto. La Marcela piensa que les meteré aguijón de cebada tempranera por el culo atravesando su parte abdominal para volarlas, pero otras intenciones tengo, ahora aquí, en la bañera, ya me la sujeta bien tiesa el dios Priapo, que casi no la abarco por donde el tronco con mi mano cogida por el pulgar y el medio; que bien sabe ella, que lleno rajas de receba, chotos de gibosa, y reviento almejas lampiñadas, y mejillones impúberes, cuando me da la gana, cuando quiero, que no la tengo grandiosa a lo largo, lo mío es a lo ancho, da miedo; y en baqueta de vacío hasta sorberle las bolas de los ojos si hace falta a la que se me espatarre al culeo. Sí. Aquí entre esta agua calentita, y el pestillo de corredera pasado, tirado a lo largo sobre la bañera repleta de agua vaporosa, me la arreglo despacio bajándole y subiéndole el prepucio, como si la vistiera y la desvistiera con mágico desdén, hasta que se pone hermosa de lo encarnecida que está. Yo de estos placeres no he disgregado conocimiento al mundo, no son tradiciones populares, es un invento de la naturaleza y de mis entendederas.
Ya he destapado la caja de los bombones y cojo la lucilia más grande y la arremolino contra el plástico trasparente con mi pulgar y el otro dedo, da gusto verla agitando aquellas alas verdosas como si fuera a dar la siesta sobre un cristal atormentado de agosto, afanándose en buscar salida para ir a mierda de vaca; y le quito un ala, y le quito la otra, las dos grandes, y le dejo los aleruchos para que los agite con frenesí, y así inválida y desorientada la dejo en el borde de la bañera dando vueltas sobre si misma, esperando (que ya se acabó el mundo para ella). Luego me he vuelto a frotar un poco, y ya se puso otra vez a lo suela y encarnecida, estaba el prepucio que casi se revienta por la parte de abajo de lo estirado a lo flor de rosal con rocío de primavera, con esos quiebros. Da gusto ver el glande todo regado hasta lo más recóndito de sus cavernas, a mucha presión, redondeado, y el meato abierto esperando el discurrir de los encantos (que dos litros quisiera de leche en mis huevos para soltarla despacio, que el gusto está en mí).
Me dispuse a descansar en posición cómoda, con mi cabeza adaptada suavemente sobre un cojín viscoelástico, y saco el capullo aflorando equilibrado y equidistante sobre el agua calentita, como una isla perfecta rodeada de agua por todas partes menos por una que es la parte de arriba de mi polla; y cojo la mosca manca para el vuelo y la pongo encima. Allí la dejo como a un loco Rubinson Crusoe, dando vueltas y vueltas y sin salida medio angustiada, y yo sintiendo aquello tan leve, sus tarsos prensiles y sus aleruchos y balancines agitándose completamente por mi epidermis, y así así así así así así, sí, sí, así, con mis ojos cerrados, la cabrona de la mosca que me mete sus palpos maxilares por el mismo meato y se refocila como si quisiera poner huevos, y a mi que me viene aquel gusto que me follo el cielo, a dos tirones para arriba, zas zas, y que me corro, y que sale la mosca disparada envuelta entre la divina leche, precipitadamente, estrellada, en la parte de abajo del espejo.
Qué desperdicio, si se entera La Marcela.

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