lunes, 24 de enero de 2011

YO EN ESTA ESCENA NUNCA DIJE NADA.


Ayer vino mi santa a verme. Mi santa lleva cuatro años sin vivir conmigo pero de vez en cuando viene a verme. Algunas veces viene a verme aún no estando yo en casa; y lo sé porque me huele a ella nada más abrir la puerta. Y cuando ocurre eso, pues pienso, ya estuvo la santa aquí.

Ayer domingo por la mañana vino mi santa y yo estaba en casa, concretamente desayunando en la cocina. Entra la santa, y nada más entrar no me da ni los buenos días, me dice aquello: esto huele a perro muerto. Yo estaba de espaldas a ella, ella avanzaba por el pasillo. Me imaginé que para alguien que entra de la calle las casas pueden oler a cualquier cosa, pero no a perro muerto, cuando te dicen eso es que el que entra no viene con buenas intenciones, por eso me extrañó aquel insulto tan desagradable. Siempre pensaba que ella me seguía amando; sino, de qué, este control tan extraño desde hace casi cuatro años en que se fue.

Esto lo cuento metódicamente.

Ya he dicho que yo estaba de espaldas desayunando unas tostadas con margarina y mermelada de cereza. A mí lo que me olía era a café. En otro relato ya conté una de sus visitas que nunca eran iguales. De espaldas estaba, y no me di la vuelta. La vi delante de mí casi de repente, aún venía vestida de vigilante. El uniforme de vigilante lo traía debajo de una especie de abrigo de lana azul oscuro que le bajaba hasta mucho más de la cintura, así vestida tenías que adivinar que era una vigilante por el bajo de sus pantalones grises, por una pequeña marca fluorescente de color naranja que le bordeaba en forma de pliegue, o por las botas con aquellos cordones gordos de tipo militar, muy reforzadas y de caña alta.

Ella delante de mí mirándome. Esa escena en la cual ves a dos a vista de pájaro, uno sentado, la otra deambulando de adelante atrás. Mojaba mis tostadas con cierta frecuencia y me las metía en la boca. A mis espaldas daba el pasillo, en el frente una ventana por donde entraba una relativa claridad que tendía a gris o a un color así, muy disimulado. No es que la mirase a ella, aún no le había dicho nada. En el fregadero estaban los cacharros sin lavar de quince días hacía atrás (digo quince días por poner una referencia temporal). Estar sin lavar era poco decir. Algunos platos tenían grandes restos de comida, en general posos de chorizo frito y huevo, que con el frío se quedan muy pegados y pringosos.

El bidón de la basura que estaba debajo del fregadero no lo había visto. Le olía.

Metódicamente.

Me dice: mira que eres cerdo. Yo aún no le había dicho nada. Y se quita aquel abrigo de lana tirándolo sobre una silla, y la veo totalmente con aquel uniforme verde oscuro, una pequeña insignia en forma de corazón sobre el bolsillo derecho de la chaqueta. Se quita también la chaqueta y observo por fin aquella pistola enorme que tanto miedo me daba, y con la que tantas veces me había amenazado. También se había remangado. Comenzó a fregar los cacharros con aquel desparpajo que ponía cuando fregaba los platos, tenedores, espumaderas, cuchillos, vasos del café, etc. Un movimiento de fantasía en su culo con semigiros sufis, volteos deviches, saltitos sharki y todo lo pasional de esas posturas a lo cobra que tiene la danza del velo, quiero decir que su culo se movía así, con esa armonía. Y aún moviéndose así, yo pasaba del tema. Ni se me vinieron a la memoria aquellos actos sexuales socorridos en el fregadero, a cualquier hora del día, metiéndosela por el agujero del culo, con cierta violencia, hasta no se donde.

Metódicamente.

La escena era esa. Otra escena. Ella fregando los platos. Llamándome nombres despectivos de animales salvajes: serpiente, lagartija, sapo, gusano, zorro, asqueroso mandril, buitre carroñero, alimaña, sanguijuela, hiena, lobo; y animales domésticos como: gallina, conejo, asno , mula; y seres inanimados como: espantapájaros, saltimbanqui; y residuos de la naturaleza como: rastrojo, estiércol; y residuos urbanos como: basura, poso de cloaca, mierda.

Metódicamente.

Fueron veinte minutos sintiendo el grifo. Yo aún no había hablado. Recuerdo que algo olía a perfume. Yo tenía aquella sensación de que aún había perfume del día de ayer, no todo era olor a efluvios animales en mi casa. Olía a perfume. Es ese leve rastro que dejan ciertas mujeres que han estado contigo el día anterior como si quisieran permanecer en tú recuerdo para toda la vida.

Yo no sé si tú sabes lo que es morirse trágicamente. Hay veces en que lo presientes. Si miras a través de una ventana las nubes parece que se agitan a cámara rápida. Y está ese presentimiento, una sensación inmediata en que los sentidos están más despiertos que de costumbre. Te digo esto para cuando te vayas a morir de joven, con todos los sentidos en tus poros, captando lo más inusual de tú organismo, incluso el correr de la sangre impulsada por los latidos de tú corazón a todas las partes de tú cuerpo.

Metódicamente. Y es así. Sin haber dicho ni una palabra. Esta escena es tan fácil que no necesita entrenamiento previo. Se podría empezar por un plano general desde el fondo del pasillo, y luego bajamos a un plano en profundidad; o un plano medio largo; y acabamos con un primer plano de su pistola sobre mi sien.

Sientes ese frío del cañón de la pistola y tus sentidos perciben la ínfima vibración – un contacto microscópico-, el roce metálico del tambor que gira, y la detonación: bunnnn. Son mínimos segundos. No da tiempo a decir nada. Yo en esta escena nunca dije nada, sólo me morí.

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