sábado, 26 de febrero de 2011

YO NO CONTESTÉ.


Me decidí por una mosca lucilia. Siempre me había fascinado su fortaleza a la hora de volar, y sus colores verdosos aterciopelados que le cubrían el tórax y el abdomen por su parte superior. Había evaluado imitar otro tipo de insectos pero, al final, todos habían sido desechados, algunos por su peculiaridad y fácil detección, y otros por los requerimientos de espacio (tan complejo) que necesitaba para la colocación de todos los sistemas de motricidad y transmisión infrarroja.

A ella la llevaba observando desde que me había venido a vivir a este callejón de un barrio de las afueras de Barcelona. Empezó a obsesionarme ocho meses antes un día de junio que la vi por primera vez asomada a un pequeño balcón forjado; poco después supe que era la habitación matrimonial. Para mis adentros la empecé a llamar Cuquita. Era increíblemente bella, de cara redonda, con unos ojos que detectaba inmensos, con una cabellera morena que le caía abundante hacía los lados. La adivinaba prieta de carnes, de caderas fuertes pero muy proporcionadas, increíblemente sensual cuando la veía asomarse con aquella camiseta blanca que resaltaba enormemente sus formas.

Para marzo ya estaba haciendo las pruebas de volabilidad a mi lucilia. Tuve aun bastantes problemas a la hora de coordinar la forma de posarse sobre los objetos por mínimos roces existentes entre las alas y su parte abdominal, en la que había dejado unos finos filamentos para que la imitación fuese lo más precisa posible. Las moscas tienen algo de mimetismo con los objetos sobre los que se posan.

Trabajaba afanosamente en una mesa que daba a una ventana resguardada por visillos blancos. Desde allí observaba todos sus movimientos sin que ella aparentemente pudiera verme. Algunos días por medio de unos prismáticos pude observar sus partes más intimas, su hermoso e increíble vellocino. Al verlo, mi boca y labios olivaban como si fueran a comer un suculento manjar.

Quería que mi lucilia quedase terminada totalmente para los primeros calores de mayo.Tuve verdaderos problemas para alojar la diminuta fuente de alimentación. No me quedó más remedio que ubicarla debajo del abdomen, resaltando una pequeña deformidad sobre el modelo disecado -unas cuatro décimas-, no obstante decidí que era la zona más disimulada por su posición inferior, completamente resguardada.

Hice la primera prueba el doce de Abril aún teniendo el mando a distancia sin su envoltura exterior y con una antena rudimentaria. Utilizando frecuencias infrarrojas extraordinariamente bajas logré que la lucilia se desplazase desde mi habitación hasta posarse sobre la lacena de la cocina de forma increíblemente exacta. Pude ver en mi ordenador portátil partes amplias, modificar partes cercanas y oír nítidamente el cadencioso goteo del grifo sobre el lavabo de la cocina.

Para aquellas fechas había observado tanto las cotidianas costumbres de mi vecina, que decir amor era poco. Había recurrido al onanismo más bestial que os podáis imaginar. Mi prepucio había adquirido una rojiza carne viva, casi afilado como la punta de un lapicero de colores. Notaba cada vez más compulsivo aquel vicio que no moderaba en absoluto y que sin duda acabaría dejándome decaídamente tísico.

El día elegido fue el veintiocho de mayo, no sé que santo se celebraba. Día caluroso, casi canicular, podría decirse que las primeras moscas empezaban a zurear por todos los rincones de las casa. Un día ideal totalmente despejado, con apenas una ligera brisa, algo muy necesario para que mi lucilia no perdiese el rumbo, y además sin ningún riesgo de lluvia, muy imprescindible también para el trasiego de mi frágil mosca guiada por control remoto.

Aquel sábado de mayo lo preparé todo. Antes de las ocho de la mañana ya había hecho dos vuelos previos uno al baño, y otro al taquillón del pasillo de mi propia casa. Lucilia se posó con una exactitud increíble, giró, se elevó ligeramente sobres sus patitas y obedeció a todos los ángulos posibles de orientación a semejanza del cuadrante de las coordenadas del control remoto que se encontraba en mis manos. Por otro lado los enfoques de la microscópica cámara, el zoom de acercamiento, la amplitud panorámica eran de nitidez perfectas, incluso en las penumbras más acusadas.

Esperé exactamente hasta las diez y media de la mañana. Fue a esa hora en que Cuquita entreabrió las dos ventanas de hoja larga y la pude ver a través de los visillos con una bata azulada puesta. Tenía mi ordenador preparado, y la pequeña botonera del mando a distancia al lado del teclado del ordenador. Toqué el botoncito de puesta en marcha y las alitas de la lucilia comenzaron a agitarse. Pude observar un diminuto resquicio entre las dos ventanas. Era suficiente paso para mi pequeñita mosca engendro.

Voló lucilia aleteando casi de forma invisible. La distancia entre las dos ventanas eran unos seis metros exactos. Como estaba previsto se introdujo sin ninguna dificultad por la pequeña rendija entreabierta. La habitación que estaba viendo era de escasa dimensión: un pequeño taquillón y un espejo oval con marco de plástico de imitación a marfil y en el otro extremo una cama de matrimonio, y en un lateral, sobre cuya parte superior se había posado lucilia, un armario simple de sólo dos puertas -también se apreciaba una pequeña butaca mullida de cojines-.

La mañana y la tarde pasaron ansiosas. Me acompañé con numerosos botes de cerveza.También llamé a telepizza, eructaba mucho, incluso me dormí y para hacer boca me masturbé suavemente antes de que me entrase aquel sopor. No sé como deciros. Por encima de la cama matrimonial pululaba de vez en cuando un perrito con la cabecita tapada por melenas blancas. Algunas veces jugueteaba sobre la butaquita como escondiéndose por entre los abundantes cojines color crema.

Esperaba que mi lucilia inmortalizase el polvo salvaje de los sábados, que alguien, aunque no fuese yo oradase aquellos muslos prietos y aquellas amplias tetas que tanto me habían obsesionado (yo no quería ni imaginarme como sería comer su coño).

Fue a eso de las once de la noche cuando los vi entrar en la habitación. Él hablaba en italiano. Hablar…, no era hablar, eran insultos que yo no entendía. Qué desagradable fue todo aquello. Mi estado de ánimo decayó de repente. Tanto tiempo, diseñando, imaginando, probando a mi lucilia para que al final sólo pudiese ver de mi amada aquel sometimiento a violentos empujones.

Nada de amor, por tanto.

Los voyeuristas si no vemos caricias, sensaciones voluptuosas, perdemos el sentido de ese instante tan esperado, tan cercanamente ceremonioso y existencial.

El terror más absoluto se apoderó de mi cuando ella cayó de un empujón sobre la cama, y él se abalanzó sobre ella apoyando sobre su cara un cojín blanco del butacón. Pude observar con estupor su violenta pelea y como sus piernas, agitadas enérgicamente en un principio, fueron perdiendo fuerza, hasta quedar inmóviles; y como el, quizás presa del pánico y del remordimiento quedó como dormido sobre su cuerpo largo tiempo.

Era el terror más absoluto.

Dejé allí a lucilia. Tuve que apagar el portátil. Aquellas imágenes me habían dejado, absorto, casi petrificado y con gran nerviosismo. Me fui a dormir presintiendo que mi cuerpo y mi alma se habían transmutado de un lugar lejano, mientras la pobre lucilia, testigo mudo, pernoctaba sobre la oscuridad del armario.

A la mañana siguiente, cuando me desperté, pude observar la ventana totalmente abierta. Al mirar con mis prismáticos aprecié numerosas personas en el interior de su habitación, algunas de ellas con uniforme. Aproveché aquel momento y activé a mi lucilia que lenta y disimuladamente se desplazó el corto espacio de la calle intermedia que le separaba de mí

Cuando llegó a mi altura, pude ver mi propia cara en mi ordenador portátil con los ojos tan cansados y ojerosos, que casi tuve miedo de mi mismo.

Sobre la parte blanca de mis brazos había dos largos arañazos que aún me dolían, y mi boca tenía una extraña y pegajosa sequedad.

Alguien me gritó en el umbral de la puerta:

-Ciao, come va la giornata

Yo no contesté.

2 comentarios:

piensaenbrooklyn dijo...

Acabo de leerte "lOS OJOS DE PERRO"
me encantó
SALUDOS

KENIT dijo...

Gracias, un saludo.