domingo, 27 de marzo de 2011

COMO MI SUEÑO.



Teníamos una parra medio muerta, desecada, llena de sarmientos mal agostados, dos manzanos donceles, tres cerezos gordales y un sauce llorón muy desparramado, al fondo de la huerta había dos mimosas que lindaban con la carretera. Cuando llegaba la primavera aquello se ponía muy lleno de flores y olía a dulce, si no fuera por la cuadra de los cerdos que estaba al lado. Cuando se abría la cuadra de los cerdos todo aquello era irreal, olía a corrala de cerdo, y a conejos, que también había conejos que estaban todo el día jodiéndose unos a los otros.

Cuando llegaba la noche en primavera aún está frío, pero tiene ese tono limpio que es púrpura y que si no hay luna sólo se ven estrellas y el borde de las montañas, lo otro es materia oscura y bombillitas como luciérnagas que parece parpadean, no es que parpadeen exactamente, es que al moverlas el viento, en la lejanía, te parece que se modifica el tenue de la luz, quiero decir que en la distancia la luz es discontinua.

Eran otros tiempos, todo escaseaba, y las bombillas sólo cambiaban de color en las fiestas del Carmen al rojo al verde al azul, y luego imagínate lo que quieras, mezclándolo todo al gusto de cada cual.

Bombillitas de colores y aire tibio. Estrellitas de color blanco entre las ramas agitadas

Yo no quiero decir que el viento cambia los colores. No, no quiero decir eso.Yo no quiero decir que los colores se puedan mezclar por si solos. No, yo quiero decir que los colores están ahí. Arréglalos tú.

Yo subía con la Torda con la Ratina con la Turca con la Campanona Con la Xata y con el Lobo, y una cabrita que llamábamos la Lola que nunca habíamos matado, íbamos todos seguidos cuando ya penaba la claridad del sol. La noche se iba cayendo con una rapidez pasmosa. Cuando subías de la Ribera ibas hacía arriba y veías al pueblo en el alto con las paredes de piedra peladas, y los tejados de pizarra como en penumbra.
Siempre se pasaba por el lado del cementerio, y nosotros éramos una procesión.
La Torda era de badajo y ubres grandes, seis tetos, y andaba cansino y pensando. La hilera de las vacas se hacía difuminada. Faltarían unos treinta metros para llegar a la tapia que daba a la iglesia, por donde sobresalen los panteones con sus cruces blancas, cuando vi aquel extraño resplandor.

Los resplandores en la lejanía siempre son blancos.
Los resplandores en la lejanía pueden ser de fuego.
Los resplandores en la lejanía significan que algo muere o algo vive.
Los resplandores en la noche son del otro mundo porque suben hacía el cielo.

La tapia del cementerio era como una proyección en todao de los de la mula de Navia los domingos por la tarde contra el encalado de la casa del Mayorazo. Un resplandor salía soplado por encima, y según llegabas ibas dando la vuelta y viendo aquello tan anormal que nunca había visto. La noche se había vuelto de repente tan cerrada que ya no había árboles ni maíz mediano, solo un camino pedregoso que hacía pendiente. Al acabarse la vuelta vi el prodigio saliendo de una angostura entre los nichos de los pobres y las cruces blancas de los ricos. Allí estaban aquellas figuras jadeando de formas humanas con difuminado azulado de aro de santo. Se les distinguía la cara. Era el cura de Prelo, y Balbina la de Los Mazos. El cura sujetaba una sotana a la altura de la cintura, Balbina tocada con velo blanco y misal en mano. El cura con mango descomunal la follaba si contemplaciones. Veía su trajinar, ella apoyada sobre la tapia, y el cura enseñando sus calzoncillos blancos.

Develoment del acto (diálogo de la leyenda urbana):
Ni si inmutaron.
El cura de Prelo le decía: toda ella, toda ella.
Y Balbina le decía, Don Paco, la puntita sólo, hasta la marca.
Pero el cura calzaba mucho, y le metía toda la fluorescencia, y yo veía como le salía aquella forma luminosa a la Balbina por el mismo culo, mucho más de una marca roja que ponía: “límite, hasta donde el polvo santificado”

Las vacas llegaron sin novedad y yo con una incipiente calentura extrema. Me fui para la cama a eso de las doce de la noche, y fue mi primer pajote a lo in capuleto, que es como si taparas una botella de tinto de Calbinas muchas veces.

Por fuera, allí, por donde aquel morado que llegaba hasta el cielo se sentían gemidos de coruxa y aleteos de las aves de la noche. Y yo me fui vencido por el sueño, con aquella manita allí, y aquella cálida humedad.
Por fuera donde las mimosas olía como a pulpa de membrillos, gruñían los cerdos, y por donde el sauce los topos preparaban minas interminables, y todo era de una espesa claridad como mi sueño.

2 comentarios:

VeroniKa dijo...

demasiados detalles para ser un sueño, pero vamos, te creo.

hasta la marca??? encima estrecha??? enga hombreeeeeeeeeeeeee...

Anita Noire dijo...

¿Qué tienen las mimosas y las combinaciones de colores? Algo especial seguro. Pero el olor a cerdo me mata, de cerdo de cualquier clase. Besos y feliz semana