sábado, 26 de marzo de 2011

ARROZ BLANCO.



Ella cuando llegaba a casa siempre me preguntaba que había hecho con todas las horas.Siempre era lo mismo, me preguntaba eso, y lo revisaba todo. Todo eran las cosas que teníamos, no muchas cosas. También me olía, a su forma. Yo lo sabía. Cuando alguien te huele sin que te des cuenta.

Habían pasado un grupo de gaviotas sobre las ventanas del bajo cubierta y habían bombardeado tres cagaditas que se quedaron desparramadas como lágrimas. En la terraza se habían abierto tres margaritas. Las manzanas que estaban en un balcón se habían curado aún más. Cuando hice la cama quedaron tres pliegues a eso de la mitad, si le trazabas una diagonal, esa era la mitad.

Le dije que por la mañana había estado en el infierno. Le dije que había bajado unas escaleras de caracol. Le dije que el abismo que veía era inabarcable, quiero decir que no se veía el fondo según bajaba, y quiero decir que cuando llegué al fondo no había nadie, aunque sentía voces. Le dije, si no bajo al infierno por las mañanas no soy feliz. Pero ella no estaba de acuerdo y rebuscaba por los cajones.

Lo tiraba todo.

Era tan sencillo no caminar por el mismo sitio del pasillo, no dormir en la mismo sitio de la cama, nunca comer en el mismo plato, nunca meter la misma cuchara en la boca, nunca beber por el mismo lado del vaso. Era tan sencillo. En la cama uno en cada extremo. Yo viendo un fondo rosado y una ventana que daba a la terraza. El sol estaba allí algunas veces y alumbraba sobre unos azulejos marrones y unas margaritas que se cerraban por la noche.

Un día le hice arroz blanco y había granos por el suelo.
Otro día encontró dos granos de café.
En una esquina una arañita.
En el vide yo me hacía las abluciones, y quedaba un puntito de caca.

Podía estar acostado. Quince horas antes sin pastillas, quiero decir que no sabía donde estaban. Eso eran los sábados, no sé cuántas horas después del viernes. Yo, como dije, boca arriba con un pijama de tela azul, ella en bata transparente, se acercaba con una toalla húmeda bañada en agua caliente y me limpiaba por la entrepierna. Yo mirando siempre para arriba y con los ojos que tenía, abiertos. Sentía su boca. Y casi así. Sí, casi así, me iba succionando unas veces, otras veces su lengua por el borde, otras veces con su mano. Y cuando habían pasado no sé cuantos momentos. Ella sobre mí. Sentada. Y yo viéndola acaso con algún gesto de placer.

Las pastillas, me hacían estar así mucho tiempo. Mucho más tiempo que el que ella quería. Mucho más tiempo que el deseado. Todo tiene su tiempo.

Yo algunas veces me imaginaba muchos gusanos. Si no fueran a quemarte. Yo me imaginaba muchos gusanos sobre mí y era feliz. En plena oscuridad muchos gusanos, incluso, en la esquina de la cama muchos gusanos sobre mí. Tres mil gusanos sobre mí, de esa forma, minándome por un lado y por el otro, hasta no dejar nada. Un día se lo dije que no quería ser polvo. Y ella me dijo que los gusanos jamás me comerían.

Ahora ya no es como antes. Salir. Girar. Dar la vuelta. Ahora ya no es como antes.
Sobre la mesita de noche había una luz. Y no he olvidado la luz. Incluso no sé por qué me dio por volver la cabeza si estaba mirando al techo. Debe de ser que cuando sucede este hecho algo se te pone en la garganta y tienes que girar, obligatoriamente, el cuello. La luz hacía un arco perfecto sobre la pared, una elipse que llegaba hasta el techo, y por un momento me imaginé que aquella forma nunca había estado allí, aunque siempre estuvo allí cuando en la mesita de noche había una luz que alguien había encendido.Giré mi cabeza pero ya no volví a girarla para el otro lado, que hubiera sido lo habitual.Y es eso que parece que ya no tienes cuerpo. Y es eso que parece que no estas dentro de nada. Y es eso. Eso si que es el verdadero silencio. Sólo unos instantes que no puedo cuantificar.

Y ella me dijo que los gusanos jamás me comerían.
Me aburre mucho ser polvo y formar parte de las cosas.

1 comentario:

VeroniKa dijo...

qué pesada ella.

qué ganas de buscar el descontento.

qué ganas de joder.


besos