domingo, 24 de abril de 2011

NUNCA MÁS SABRÉ DE TI.



Estaba tan salido que me corrí fuera, pero le dije:
te quiero igual, el placer fue el mismo que si hubiera meado después de una curva,
con los niños en el coche, y mi mujer mirando por la ventanilla desde atrás.
Iba muy nervioso por casualidad, en mis espaldas llevaba unos ojos;
en mis hombros dos retrovisores, en mis manos un papelito blanco.
Y subí entre dos botellas de butano que había en el portal:
flores de plástico, olor a cocido de garbanzos, y una bicicleta coja sin las rueda de
atrás.
De tan negra que eras sólo me di cuenta de sus ojos.
Miraban así de blanco hacía los lados, a izquierda y derecha el blanco de sus ojos.
En el medio de la habitación una fontana árabe de chorro ladeado, un bidet.
La penumbra escasa desde el patio que daba a lugares escondidos:
-Marujas detrás de los visillos-.
-Viejos en las ventanas-.
-Ajuares de rodillos en los tendales-.
-Sábanas blancas sin ninguna prisa-.
El mango, por decirlo así, allí puesto, y ya casi me voy al precipicio con el chorrito semifrío.
Entre sus manos manipulando con dulzura, sentado en un butacón de porcelana.
Inadecuado. Se me salía por los ojos. Me lo dijo el taxista.
Tus caderas también negras, dos valles llenos de tormentas.
Tú culo como un montón de arroz cargado de calamares en su tinta.
Tus labios como dos neumáticos de un todo terreno, deshinchados por el pico de una rama de roble en forma de puñal.
Y luego.
Tú sin lengua y yo con mi lengua en forma de azada.
Socavando entre teclas de piano todas blancas. Tu boca me sabía a goma de borrar.
Y tus brazos que casi no apretaban me llevaron sobre tus pechos.
Fue la única piel que encontré en mi camino. Fue el único suceso.
Fue aquello de atinar hacía el noroeste, un poco al centro. Fue.
Y casi lo tenía, cuando vinieron a mi cabeza las llanuras del desierto.
Ocho mil cadáveres, una prensa de veinte toneladas troquelando cabezas.
El olor a grasa consistente.
El olor a líquido de frenos.
El olor a medicina.
El olor a estiércol removido por las moscas de la muerte.
Sólo supe que eras negra cuando me marchaba. Se me había olvidado.
Tú mano abierta casi blanca, mi corta gloria.
Llevando tu boca, por unos instantes.
En mis bolsillos vacíos, una corrida a destiempo.
Y Zoraida, tú supuesto nombre.
Quizás.
Nunca más sabré de ti.