jueves, 14 de abril de 2011

PARA QUE NO ME PUEDAN ESCUCHAR.



Sonaban unas sirenas desde lejos. De lejos sonaban unas palomas en el tejado, como suenan las palomas con eso gutural después de haber engullido un resto de comida de algo encontrado, de algo que estaba allí muerto o vivo sobre el tejado, dando la vuelta a la coja, una patita encogida, incluso palomas mensajeras, si es que lo eran. Luego, puede que al unísono, estaba el sonido de un reloj despertador a cada poco, no sé si a cada segundo que sonaba, toc, tic, con esa variante, tic, toc, o así, indistinto, aleatorio. Todo sobre un color blanco indiferente que también sonaba a color blanco. A todo esto me había despertado con un desequilibrio mental, demente es de mental, era una sensación extraña, adivinaba lo que sonaba, pero no sabía dónde estaba, lo miraba todo, los ojos para un lado, los ojos para el otro, sólo podía mover los ojos arriba hacía la cabecera acolchada de mi cama, abajo hacia mis pies desnudos asomando debajo de un cobertor, recordar, no recordaba, hubiera pensado que hubiera estado, que hubiera llegado de otro lado a este lugar, o que hubiera permanecido aquí no sé desde cuanto hace contado en una pila de instantes incontables.
Sí.
Sí.
Estar situados es esto: un (.), estás dentro de algo, y a su vez eso está dentro de algo,
dijéramos esto: [((.))]. Puedes seguir hasta el infinito, paréntesis, corchetes, nunca sabrás en realidad cual es el final.

¿Debes angustiarte por eso?
¿Debes inventarte ceremonias esquizofrénicas para justificar lo inexistente?

Digamos un estado mental sin ubicación en el espacio, en aquel momento todos los pensamientos, una paradoja, el mismo pensamiento era el que se preguntaba dónde estaba pensando, en qué lugar los pensamientos, podría decirse, sin armarse un lío mental. Cosas de esas, dado mi estado, reflexionaba, eran sin mucho sentido, si no estás ubicado nada tiene sentido, así dicho: no saber cómo, no saber dónde, no saber en qué.
Y les daba y les daba a los pensamientos tortuosos. Para eso imaginaba mover la cabeza, incluso la movía de forma insignificante debajo de la cincha de cuero hebillada: ¿pensaban, acaso, que mi boca podría morder a mi boca?
Desde mi corazón no importa en qué ventrículo, mi centro de gravedad en el ventrículo izquierdo, para ubicarme en ese punto, tres coordenadas para tres dimensiones, ubicado en un sitio sin moverme pero sin saber con qué referencia, quiero decir desde dónde, para saber si pertenecía a algún estado referenciado, siempre es: tú vas de aquí hasta aquí, tú te mueves desde allí, tú has llegado desde otro lugar, me entiendes, a eso me refiero, ubicados respecto a qué.
Por un momento alguien había entrado, había entrado alguien y otros más, con una cara, uno con una cara, era escrutarme con sus ojos desde arriba, todo blanco menos la cara, la cara pálida, con una lucecita mirando mis ojos, mis ojos estirados arriba, abajo, a los lados, escrutándome, luego golpecitos en el abdomen sonando a vacío dentro, dentro nada, era un tambor, pon, pon, y por la espala escuchando, ensimismado, agitando los pulmones a una orden me decía: hínchate de aire, aflójate de aire, por la boca entendido, por la boca, siniestramente respirando a sus ordenes. Mientras todo esto sucedía, otros cuatro sujetándome, uno por un brazo, otro por otro brazo, otro por un pie, el otro en el otro pie, o por la pierna, incluso sentándose sobre mis piernas para hacer más énfasis, todos ellos sujetándome por algún motivo que desconozco. En total, en la habitación blanca cinco vestidos de blanco muy junto a mí, casi al lado como bien he dicho, sujetar es estar muy al lado de alguien. Por un momento se fueron, pero seguía aún atado de aquella forma no sé de qué parte de la cama mirando al techo, ahora, en este preciso instante, mirando al techo, ya dije, escuchando desde no sé donde…, y no sé porqué motivo puedo reconocer lo inmediato, interpretar los sonidos.
Pero no sé realmente dónde estoy ubicado dentro de tanta luz.
Pensé que tenía que irme, para irse hay que moverse, yo moviéndome haciendo fuerza, apenas unos milímetros moviéndome, moverte unos milímetros es insignificante respecto a tu posición inicial, un micromovimiento, ni mis brazos ni mis piernas, dos o tres milímetros acaso, y cómo irme de aquí, cerrando los ojos, no hay otra forma ,cerrando los ojos pensando cómo flotar sostenido por tanta luz, vadeando por entre tanta luz por entre los sonidos que me siguen viniendo como un pretexto para querer huir de este lugar que no puedo ubicar, descifrar, recordar. Podría decirse que no sé quién soy, sólo, con los ojos cerrados para que no me puedan escuchar.