jueves, 5 de mayo de 2011

CON FLORES MUY TEMPRANAS.



Había una abeja haciendo equilibrios sobre la flor de una mimosa.
El año había empezado, como de costumbre, hacía pocos meses.
Sí.
Acaso.
Morirse para el mundo.
Morirse desde este mundo.
Morirse desde este mundo para otro mundo.
Despreciar la vida en este mundo porque ciertamente exista otro.
Don Paco Aristomo, párroco de Gumieles. Sotanas muy desgastadas por los bolsillos, cien veces zurcidas por el ama, mil veces las manos allí metidas. Unos pantalones grises asomados al caminar. Unas botas de cuero de solapa alta con unos escarpines gruesos. Muy desgarbado y enjuto de pose, de espaldas tremendamente anchas. Allí, delante de mi, todo de negro oliéndome a picadillo de cuarterón y a copas de anís, casi dulce el olor. El entorno todo húmedo por el vapor del suelo del cementerio. Sudaban por marzo las gotas de rocío sobre las lápidas y la hierba.
Todos, unos pocos, dando una vuelta parados en corro alrededor de un agujero geométricamente perfecto. Al lado un montón de tierra negra. Sobre el cielo una capa gris que tapaba el cielo visible sobre el otro cielo que sin duda había por allí arriba.
La voz de Aristomo como si leyera sobre un pergamino desenroscado. Me parecía eso al ver sus espaldas inclinadas y la posición de sus codos, como si leyese desde un pergamino desenroscado.

El cura decía aquello, o no lo decía. Me imaginaba lo contrario que decía el cura con aquellos pocos añitos; o es hoy lo que pienso que debería decir el cura. Hoy, yo, ateo confeso, que aún me obsesiona que pueda haber resucitados entre nosotros.
Reflexiono sobre Lázaro.
-Despertó a Lázaro elevando medio cuerpo de un pesado sueño. No de entre los muertos. Y aún así, que importa, si ha de morir de nuevo finalmente de entre los vivos, para qué resucitarlo, qué se ha demostrado con eso, qué quería demostrar con eso Jesús ¿Era un juego de feria? Pero incluso para qué morir. Como buen creyente Lázaro iba a vivir eternamente, para que esforzarse resucitándolo entonces, ¡déjalo morir sin más! La muerte quizás no es peor que la vida; y para que andar muriendo, resucitando, muriendo, resucitando…, salvo que sea un espectáculo feria.
-¿No deberíamos sentir desesperación por lo temporal?
-En la eternidad la desesperación sería eterna, siempre desesperados.

Lo que asusta a un niño no suele asustar a un adulto. Por otro lado, un niño no discierne lo horrible, pero para un adulto lo horrible es angustioso. A qué tenía yo miedo. Yo no quería ser yo mismo. Tenía miedo a ser yo mismo. Y hubo un tiempo en que yo quería ser Lázaro sin saber por qué. Si tienes necesidad ya no tienes libertad, es decir, nunca tienes libertad. Si eres otro ya no tienes necesidad y tienes libertad.

Otra vez el calor de los muslos de mi madre sobre mis espaldas. Otra vez así peinado a lo liso, vestido de domingo. Otra vez las ásperas manos de mi madre sobre mis endebles hombros

Yo era el Lázaro que estaba en un retablo debajo del prendimiento, en la última tabla plegada con una bisagra medio rota. Aquel Lázaro doblado tapando su desnudez con un envoltorio de vendas blancas, todo su cuerpo, toda su cintura, su cabeza. Lázaro con el brazo derecho estirado y la mano abierta, y Jesús al fondo diciéndole: levántate y anda.
- Si me muriese yo quería ser otra vez resucitado.

Aquel día el padre Aristomo ponía en duda la resucitación y sudaba muy frío, sudaba el sudor del miedo. Leía de un pergamino. Leía de las manos. Leía en la memoria. No lo sé. Sólo estaba su gran sotana negra como un faldón de padre, de cura, de santo.

Los de la furgoneta Ford con dos faros en forma de habichuela venían todos los días. Asomaba por la curva de la Flojera dejando un rastro de polvo inmaculado que iba subiendo en forma de nube espesa. La furgoneta Ford tenía cara de pocos amigos con una visera de color añil, y unos barrotes cromados sobre el radiador en forma de dientes de hiena. La caja de la furgoneta tenía en los laterales pintado con cal áspera, espesa y desconchada UHP, y desde lejos hacía un ruido a mecánica desajustada, y cuando subía por la cuesta del Noro antes de llegar al pueblo pegaba explotadas y soltaba humo negro al acelerar más de la cuenta.

Antes de ayer no habían hecho nada. Los ocho se habían bajado de la caja de la furgoneta y de la cabina, y habían requisado vino y chorizos del bar la Galbana y se lo comieron y bebieron a la sombra de las mimosas, al lado del quiosco de la música. Yo los miraba detrás de la contraventana, mi madre los miraba detrás de mi desde la contraventana medio abierta, sentía las piernas de mi madre contra mi espalda, sentía aquel calor contra mi espalda mientras miraba los fusiles apoyados en la madera del banco y los oía hablar entre morrada y morrada a las botellas de vino tinto, los chorizos en las mano a bocados, el pan de centeno sobre un papel de periódico cortado a trozos con una navaja larga de cachas blancas.

Mi padre estaba escondido en una lacena para crías de conejo casi invisible debajo del piedrón de la cuadra detrás del pesebre donde la Morica, La Patonas y las dos Xatas echaban limos y rumiaban pacientemente alfalfa seca.

Casi no recordaba ayer. Yo ahora era Lázaro. Ayer dieron culatazos sobre la puerta de entrada a la casa que da a la cuesta del Leirón. Entraron chivados, entraron con conocimiento, venían chivados con los fusiles y las bayonetas caladas y levantaron la tapa del pasillo sin decirnos nada. Uno se quedó arriba, el Perlolo, los otros tres eran de la Rondana y bajaron hasta la cuadra y fueron al piedrón quitando los tablones del pesebre. Vimos a uno asomar, vimos la cabeza de mi padre asomar, vimos al otro asomar, vimos a los cuatro salir otra vez a través de la portilla y luego desde la ventana, otra vez las piernas de mi madre sobre mis espaldas y la cara de mi madre, casi así, quizás una lágrima sobre mi cabeza, así, y su mano sobre mi cabeza, así, una y otra vez, como peinándome, mientras el camión se alejaba con mi padre soltando chasquidos y humo negro.

Lo supimos por Paquita la de Navalón que mi padre estaba tirado entre unos matorrales de brezo en la Ahorcada de Lasa. Allí nos dijo, boca abajo, una pierna con el empeine del zapato sobre la otra, la cabeza de lado y los ojos abiertos. Yo lo vi así por casualidad porque salí corriendo detrás de mi madre lleno de pavor, con ese susto, con esa desesperación instantánea que dan las muertes anunciadas. Mi madre antes de llegar caminó despacio, y yo la vi antes de llegar agachada cerrándole los ojos, y luego, me puse delante de ella para sentir sus piernas en mi espalda y su mano apretando mucho mis hombres, muchas veces apretando y aflojando mis hombros.

Allí fue cuando empecé a querer ser Lázaro y Jesús a la vez.

Por la parte de arriba del cementerio había dos cortines de abejas hechos con troncos de castaño con el corazón podrido, se hacían así, a berbiquí, cruzándoles varas de avellano. Las abejas empezaban a salir a las mimosas confundidas por la claridad del día. Del pontigón de la iglesia que se levantaba en forma de arco sobre el ábside colgaban dos campanas que empezaron a tocar despacio, temerosas, como latiendo. Y luego el sonido de la tierra sobre las tablas del féretro y los cinco que éramos mirando cómo paleaba el enterrador. Cuando ya sólo quedaba tierra íbamos a dar la vuelta hacía la verja de entrada. Los vimos asomarse como si estuvieran esperando los fusiles colgando boca abajo. A mí me daba el miedo, quería mearme de miedo, fueron unos treinta metros a pasitos, el cura detrás, y cuando ya estábamos todos fuera y a él le quedaban dos pasos antes de la verja forjada se le pusieron delante y le dijeron: ahora te toca a ti, Cura. Yo iba delante de mi madre, y la esperé, necesitaba sentir el calor de sus muslos, y le hice pararse unos instantes. Nunca desee ser tanto como Lázaro como en aquellos instantes en que sentía el calor de las piernas de mi madre.
Aquella abeja había ido y venido doscientas ochenta y ocho veces. Y ahora quedaba allí haciendo equilibrios sobre la flor de la mimosa.
Aquel principio de marzo de 1.937 había empezado, extrañamente, con flores muy tempranas.

3 comentarios:

Poma dijo...

Sublime, se escucha el zumbido de la abeja, se siente la calidez consoladora de una madre, y ese "mal olor" .....
Felicidades Kenit, un relato maravilloso.

Tamatea dijo...

Como las moscas a la mierda. Inevitable.

María dijo...

Excelente, Kenit