lunes, 9 de mayo de 2011

LA INMENSIDAD DEL DÍA.



La inmensidad es un acontecimiento en sí mismo, si llegas a torturarte mientras la contemplas.
Le he dado tiempo para que suceda. Permanecí parado para que todo fuese sucediendo. Primero nubes de todas las formas posibles, variaban porque se movían. Luego el sol transparente que trataba de filtrarse entre las nubes. Luego el azul pleno y sólo el sol desde cualquier lado alumbrando todo el paisaje plenamente.
Sucedía todo eso y le daba tiempo a suceder.
Sentí aquella sensación de que todo era ambigua nitidez. El horizonte muy amplio se veía más que otras veces, más lejos aún. A cualquier punto que mirabas, dando lentamente la vuelta en círculo, había infinitas posiciones ojeando a cualquier punto. Demasiado amplia la raya quebrada del horizonte en todos los puntos que mirabas. Qué angustioso era todo aquello. Me empecé a dar cuenta lo lejos que estaba de mi escondrijo. No sabría decir cuánto. No sabría decir cuánto había caminado hasta aquí, ni desde dónde. Acaso varias leguas, una legua, media legua -o en kilómetros: ¿tres kilómetros?-; o acaso aquella sensación de que nunca había caminado y que siempre había permanecido aquí, allí. Por momentos no sabía con total certeza, con total certeza cómo saberlo.
Estaba sentado en un banco angustiado por la inmensidad repentina. Era un ataque de inmensidad – perdido dentro de lo inmenso- y tenía miedo. Esa era mi situación dentro de mí. Fuera de mí a cada sitio que me orientaba estaba toda la angustiosa inmensidad. Otra vez.

Pude suponer que lo mejor era cerrar los ojos, cerrar los ojos siempre cansa, taparme los ojos mejor. Pero cómo taparme los ojos. Así sentado con las manos tapándome los ojos, buscando la oscuridad, pero aún así las manos no son totalmente impermeables, se nota al trasluz la sangre en un endeble rastro rojo. Decidí por fin imaginar. Estuve imaginando durante dos minutos y opte por la opción más imaginativa: ponerme boca abajo en el banco, la cabeza entre los brazos, casi herméticamente mis brazos sobre el contorno de mi cara. Todo a lo largo, sobre el banco, como si estuviera durmiendo. Me sentía menos angustiado en esa postura por la inmensidad que estaba fuera.

Desde no sé qué hora hasta no sé que hora. Indistintamente sin ningún nexo temporal.
Nada que llevase un ritmo para comparar cuántos estados iguales habían transcurrido ¿No es absurdo estar, así, sin ningún nexo que mida tu estado dentro de la realidad? Lo es. De todas formas estaban los sonidos de gentes que pasaban, de ancianos que blasfemaban por ver su banco ocupado, de niños que me tocaban, de gentes que me aguijoneaban con palos por si estaba muerto, por si estaba dormido, lo más posible decían, durmiendo la mona, decían, durmiendo la curda, decían, durmiendo, lo decían en general, al ver que mis espaldas levemente bajaban y subían y un suave tono de respiración se desprendía por debajo de mis codos, totalmente herméticos a la luz de la inmensidad.

Digo que desde mi postura estaba todo oscuro. Incluso abriendo los ojos, todo oscuro. Me lo había propuesto no comprobar cada poco dónde estaba la inmensidad para no desesperarme. En esta situación angustiosa nada era mensurable. Ningún rasgo externo excepto lo ya descrito –ya lo he dicho-. Por lo tanto. Cómo saber que la inmensidad seguía ahí. Otra vez me puse a imaginar. Esta vez cómo saber que la inmensidad seguía ahí.

Reflexionando permaneciendo en la oscuridad, la cabeza sobre mis codos:
Imaginar es parecido a la realidad en otro momento que nunca ha existido -en el pasado o en el futuro-. Sólo estadísticamente, aleatoriamente, podría cumplirse lo imaginado en lo que solemos llamar buena o mala suerte. Eso sí, todo dentro de la inmensidad. ¿Cualquier suceso ha de suceder obligatoriamente dentro de la inmensidad?

No sé cuanto tiempo transcurrido. Le he dado mucho tiempo para que suceda. Había imaginado de nuevo que lo mejor no era hacerlo de repente. Lo mejor era progresivamente. Paulatino. Fluyendo sucesivamente.
Dediqué unos instantes a desajustar mi cabeza de mis brazos, levemente, o paulatinamente, o progresivamente, o fluyendo sucesivamente. Y habiendo hecho esto dando vuelta muy suave, muy lento a mi cabeza, pude comprobar que ya no se filtraba nada de luz esplendorosa. Nada. Nada, es nada de luz entendida la luz como lo que alumbra la inmensidad bajo nuestra percepción. Pude ver difuminados por un lado los arbustos, los árboles que me habían cobijado del sol y allí arriba el cielo plagado de escupitinas disimuladas entre la oscuridad más absoluta. Aunque el firmamento es la inmensidad, la oscuridad lo disimula. No es nada angustioso, nada desesperado ¿Es una ilusión?
Otra vez he de decir que no lo sé.

Me habían dicho que lo negro de la oscuridad era gelatinoso. Que todo flotaba a través de lo negro. Que el movimiento de todos los objetos celestiales era a través de lo negro. Que lo negro existía como tal. Con esa particularidad de que cuanto más negro más denso, más consistente como medio de desplazamiento. Las galaxias flotando por lo negro, alejándose entre sí a través del fluido negro.
Pero a mi no me angustiaba lo negro aunque también era inmenso, más inmenso aún. La oscuridad o lo negro, no sabría que decirte.

Ahora mismo.

Geodésicamente situado, localizado, en un punto. He de elegir cómo desplazarme: reptando es una posibilidad, sobre dos patas otra posibilidad, la tercera posibilidad es sobre dos patas y dos manos. A vueltas sobre mi mismo nunca, no existía el medio adecuado para poder girar; está todo mi entorno lleno de obstáculos.
Me había bajado del banco por el lado posible. Me dejé caer sobre la tierra blanda dispuesto a reflexionar sobre qué medio de locomoción adoptar, no teniendo claro aún que dirección tomar hacia mi escondrijo, aunque cualquier camino fuese bueno, siendo sólo inadecuada la elección dependiendo del recorrido, digásmolo así, inadecuado. Decidí orientarme hacía las tenues luces amarillentas de la ciudad. También decidí utilizar mis dos manos y mis dos pies traccionadas al unísono para desplazarme. Consideré que este medio de autotrasnporte era el más conveniente dadas las pendientes que observaba hacía la dirección elegida.

Me puse en marcha a cualquier hora. Mi cabeza se levantaba de vez en cuando como si fuera un simio, oteando. No me desplazaba respecto (a que) ni lento, ni rápido, simplemente me desplazaba convenientemente, tenía toda la noche para llegar. Para llegar a las primeras callejas de la ciudad me iba guiando por los pináculos de la catedral, pero una vez había llegado a los empedrados entre encaladas paredes sin apenas aceras decidí orientarme siguiendo el instinto o el recuerdo; aun recordaba como había bajado presuroso en la madrugada, a dos patas, para poder sentarme antes que nadie en el banco del parque. Así que me vinieron familiaridades, esa sensación de que había estado allí antes, no que me había ocurrido un suceso allí antes, no, que había estado allí antes, casi perceptible ya la angustiosa y matutina inmensidad.

Proseguía mi marcha a cuatro patas, digásmolo claro, con cierta espectacularidad para los escasos viandantes que había a cualquier hora. Quiero decir que no pasaba desapercibido, incluso, suponiendo que era una forma más de desplazamiento, aunque no la habitual. Que no fuera lo habitual era causa de hilaridad de las personas que paradas me veían pasar un poco por el irregular empedrado, un poco sobre los baldosines de las estrechas aceras del casco histórico.
Cada vez se me hacía más familiar el trayecto, encontraba sincronías en mi mente entre la penumbra amarillenta que daban las escasas bombillas que alumbraban sobre la calle. Fue sobremanera una gran balconada repleta de geranios rojos la que me alegró, pues fue nítido su recuerdo. Sabía ahora que mi madriguera estaba cerca.

A cualquier hora di la vuelta a una coqueta plazoleta llamada la de San Jeremías. Por fin algo que me ataba a la realidad más precisa. Precisa, no. Era la realidad. San Jeremías era la plazoleta donde vivía y le di la vuelta lentamente hasta un portal enladrillado muy estrambótico, decorado con azulejos llenos de motivos árabes. Quiere esto decir que a un poco más de a cualquier hora ya estaba delante de mi puerta toda pintada de verde oscuro, casi irreconocible dada la plena penumbra existente -vuelvo otra vez: penumbra, oscuridad...-. Con mi cabeza empujé lentamente una de las hojas de la puerta y a través de la oscuridad (digamos eso) avancé sobre las escaleras, ahora reptando, hasta otra puerta entreabierta aún desde la mañana. Avancé por el pasillo hasta mi habitación. Lentamente, no sin cierta alegría, me dejé caer sobre la cama deshecha, boca arriba. Empecé a sentir fuertes dolores sobre mis rodillas y en las palmas de mis manos, algo que hasta entonces me había pasado extrañamente desapercibido.
Disfrutaba ahora de respirar con mi boca abierta y por mi nariz a la vez, o sólo por mi boca, o sólo por mi nariz. Disfrutaba ahora con mis ojos abiertos de aquella densa oscuridad que casi podía apartarse con las manos. Disfrutaba ahora de aquella libertad plena de sentirme a salvo. Y reflexioné mientras me fui quedando dormido de que nunca más, nunca más saldría a caminar a dos patas entre la inmensidad del día.

1 comentario:

delia díaz dijo...

tenía necesidad de escribir, como siempre
me coloqué los cascos, puse esta música y, de pronto, pensé en leerte

vine hasta aquí con ella en mis oídos;en cierto párrafo -inspirada por ti- cerré los ojos y me deleité

luego continué y en "Me habían dicho que lo negro de la oscuridad era gelatinoso. Que todo flotaba a través de lo negro." me qudé prendida...
seguiré... más tarde, sí

gracias

http://www.youtube.com/watch?v=ru9rJIdyuJY