viernes, 27 de mayo de 2011

TU ALIENTO.



Cólmame, en el sentido de la galbana, déjame como un minino durmiendo contra el sol.
Los ojitos entreabiertos. Empieza de una puta vez a cortarme los pelos del pijo.
Vete con tus deditos buscándolos en racimos, pódalos.
Desenrosca los escondidos, no dejes los canosos, los cansados.
Te espero boca arriba, tiernamente sometido.
Cualquier cosa que me hagas es una caricia.
Con tus manos, con tu mano, o tus dedos.
El barbero me acaricia algunas veces, y me quedo con los ojitos medio abiertos,
también, retoques en las cejas, en los lóbulos de las orejas, me peina.
Tú me coges el codo y pasas tú manos,
también, y mi piel se vuelve como la de una gallina desplumada.
El autobús vibra bajo mis pies.
Las maquinas que apisonan, cualquier cosa,
antes de los adoquines.
Me deja así, agilipollado, digo,
entre aquella frecuencia traspasando la suela de mis zapatos,
un temblor de tierra,
embobado.
Una vez en la huerta me baje los calzoncillos ante los vecinos,
detrás de setos de arrayán y un sauce,
y las criaturas.
El sol estaba de lado, la sombra era de lado, el viento era de lado.
Sobre mi piel, aquel frescor me puso los ojos pequeñitos,
mientras cuatro golondrinas pululaban en zigzag,
haciéndome la hipnosis.
Me tiré varios pedos, pedos largos y cortos, repetidos,
despedidos contra las margaritas. Toda la envolvente vaporosa,
subió (qué delicia, mis propios pedos):
olor a boroña de maíz, a cocido de lentejas, a marmitaco de bonito,
ascendiendo en espiral.
Disfruto, también, de esa sensación en que una mosca se posa sobre tu brazo,
-venía de la garganta de un becerro-
y va caminando, también – no la asesino-.
Y tú misma cuando me dices: date la vuelta.
Y empiezas a pasarme el dedo por los pelos del culo, me abres.
Y luego, también,
cuando te abrazas desnuda contra mi, boca abajo,
y siento el contacto de tu coño húmedo,
como si me hubieran puesto un puñado de hierba,
mojada por el rocío, donde empieza la espalda.
Me quedo con otros instantes dichosos.
Esa sensación en la que por fin sabes que vas a dormirte.
Tras una dura noche despierto.
Tras una dura noche en el desierto.
Con tantas historias obsesivas.
Si me chupas las tetillas, ya es la hostia.
La punta de tú lengua haciendo juegos.
Mi corazón estremecido.
También.
Sencillamente, tu aliento.

2 comentarios:

delia díaz dijo...

las golondrinas, a pesar de su negrura, engañan como yo:
son rh positivo
aunque ultimamente tanto positivismo imperial e imperioso, impuesto y sometido, al que nos obligan sin escapatoria un mundo bipolar, me inquieta un tanto

cada vez me gusta más volar hasta aquí; tienes un talento especial para contar lo tierno sin ser empalagoso y una ternura especial para contar lo duro sin resultar escabroso
una mezcla muy, muy especial

abrazo de piel vuelta, druida

KENIT dijo...

Un abrazo para tí, Delia