lunes, 13 de junio de 2011

CASI NO SE SIENTE EL MAR.


Pues me llamo Roxana Madrona y desde el 2006 trabajo en una granja peletera llamada Neovison, que está en Pontesecas. Son siete naves alineadas en un amplio espacio de prado, pintadas de blanco, y llenas de pequeñas ventanas. Está cerca del mar. Dentro de cada nave hay cuatro pasillos, y en el intermedio de los mismos están las jaulas individuales en forma cúbica, con dimensiones raquíticas de unos trescientos milímetros por cada lado. Están hechas de tela metálica galvanizada con armazón de hierro. Algunas tienen puerta en la parte posterior, otras tienen un orificio circular de paso al nido. Estas jaulas son las de producción de pieles. Las naves no tienen heno por el suelo como en las de los extremos, que son para reproducción. El olor es muy desagradable, y a mi me da mucha pena de estos animalitos. Yo tengo que reponerles los bebederos observando que el agua fluya a través de las tuberías de plástico hasta las tetillas de goma, por donde se amamantan de agua. El agua debe bombearse con la presión adecuada, y con la dosificación de azufre para desinfectarla de forma correcta. Esto último es muy importante. A este animal se le ve que no le va bien la cautividad, creo que necesitan ser feroces, por eso sus ojitos siempre están tristes. Extrañamente angustiados y alerta por el ruido incesante de sus compañeros. Para comer les meto una pasta maloliente hecha de piensos, y restos de animales muertos, que devoran con avidez. Lo que he leído sobre este animal no es mucho, pero se dice que es una especie solitaria, habituada a la jerarquía, lo mismo que los zorros. Pudiera decirse que al verse tantos juntos están estresados. El hacinamiento intensivo imposibilita actividades naturales como nadar, escalar, cavar o recorrer largas distancias. Quién sabe lo que pasa por su cabecita. Muchos están todo el día mordiéndose la cola y los barrotes de la jaula. Qué pena me da de ellos. Los que se mueren lo denotan días antes, con su cabecita de lado, llenos de bultitos en la parte inferior del cuello. Algunos echan muchos mocos por su hociquillo. Pero lo que más pena me da es cuando los gaseamos. Esto ocurre a los siete meses de venir de las otras naves. Para matarlos usamos dióxido de carbono. El gas lo produce un motor que tenemos preparado, y al ser irritante, sufren muchísimo para morir.

Qué pena me da.

Ayer por la tarde me llamo Patricio, el administrativo. Aquí trabajamos veinte personas. También estaba la brujilla Alejandra. Me cae fatal. Me estuvieron explicando que la cosa iba para atrás, que cada vez vendían menos y que me iban a tener que mandar al paro para primeros de mes. La brujilla, hace dos meses, ya me llamó para contarme que no ponía mucho interés. Pues yo le dije que ponía de mi todo lo que podía. Y ahora me vienen con esto. Salí muy cabreada. Haber a donde voy con 48 años recién cumplidos.

Qué pena me da de los animalitos.

Pues me llamo Roxana Madrona y son las tres de la mañana, y a mi no me la da ninguna brujilla de mierda. En este instante cierro las jaulas trampa ( un invento que se utiliza por el interior del recinto para que no se fuguen los animalitos quedándose confundidos dentro de ellas). Ya he cortado la cerca de tela metálica que rodea el recinto por siete sitios. Ahora mismo estoy abriendo las jaulas de la primera nave. Hay un guirigay de la hostia. Los visones corren que se las pelan. Está todo oscuro.
Casi no se siente el mar.

1 comentario:

delia díaz dijo...

si yo fuera roxana lo habría hecho mucho antes, incluso sin excusa de brujilla
aunque luego me arrepienta por las implicaciones ambientales que supone dejarlos conquistar un terreno que no es suyo

beso