domingo, 26 de junio de 2011

ME DA POR LOCO.



Cuando un vecino me encontraba en el portal con la maleta y me preguntaba a dónde me iba, siempre le decía me voy a bajar hasta el Polo Sur, o me voy a subir hasta el Polo Norte. En realidad, cuando ya me encontraba en la calle, no sabía a ciencia cierta si para ir al Polo Sur era subir o bajar. Nunca me dio por llevar gps’s. Solamente era una realidad que para llegar a la Estación del Sur era subir bajando. Eso no hay brújula ni gps´sss que te lo pueda informar. Debes sentir tu cuerpo en el avance, si es más o menos grávido tu cuerpo, si es más llevadero tu cuerpo cuesta abajo, o debes de tirar de tu cuerpo cuesta arriba.
Estas dudas fueron una constante en mi vida.
Cuando era niño (para darme miedo), mi padre, que era un racista en ejercicio, siempre me decía que me iba a meter en una lavadora con cuatro niños negros y que iba a salir teñido, y yo me lo creía; y que un negro en una piscina es muy peligroso, porque no asimilaban el equilibrio inestable, ni las leyes de la flotación. Y yo iba y me lo creía. También me creía que un asno era capaz de atravesar el rio Navia por la zona ancha del puente de Illano si le tapaban el culo con un tapón de corcho.
Muchas dudas relacionadas con las leyes físicas de los cuerpos, y sobre todo en lo concerniente con mi sentido de la orientación.
Dudas, muchas dudas a lo largo de los tiempos de mi infancia y pubertad.
Fueron también dudas que tuve durante largo tiempo contado en años, hasta que me casé con una masae Tanzana, muy larga, que para abrazarme me estrujaba con sus largas piernas sobre mis espaldas, haciéndome una cruceta, y que nunca la pude follar del todo. Aunque estaba locamente enamorado de sus muslos, y de sus buenos sentimientos.
Son paradigmas. Siempre conocedor de que Dios estaba en el cielo. Desesperado estaba mirando para el cielo porque pensaba que Dios estaba allí, desde un horizonte apoyados sus pies, hasta otro horizonte apoyada su cabeza, desnudo de medio cuerpo, con una gran barba blanca mirándonos hacía abajo, mientras yo imploraba e imploraba con la mano sobre mi corazón, porque allí estaba el alma (estaba, en el sentido del presentimiento).
Otro paradigma lo del alma. El alma como espíritu puro, no tangible tampoco.
Mi tanzana se llamaba Abdalla y me bailaba bailes suajilis cuando le entraba el furor uterino. Era para temblar. Cuando sus manos se agitaban sobre su cabeza como las ramas de un árbol solitario en el Serengueti inclinadas hacía delante sobre sus hombros como si fuese a darse un chapuzón e inmersionarse sobre mi desnudo cuerpo.
Era para temblar su metro noventa en cuclillas sobre mis pantorrillitas, con aquellos labios que te sorbían el hígado, metido en aquella profundidad insaciable con mi diminuta puntita (cuasiunpocodealgo).
Era otro paradigma, cuando Abdalla soltaba aquel relincho desesperado, más por su ímpetu y calentura, ya que yo era totalmente ineficaz ante semejante hembra. Recuerdo el día en que llegué a casa y encontré la mesa puesta con unos trozos de lasca de kebab en un plato y una nota entre ingles y suajili que venía a decir que se iba entre sus piernas húmedas con un rabo mas largo, algo así aquella duda, aquel paradigma…, quizás queriendo decir que se iba vacía o llena de nada, para llenarse de algo en el sentido espacial o de volumen.
Nunca la he odiado, pero ahora creo cierto que un negro en una piscina (en su inflotabilidad), es un riesgo social por si le da por agarrarse a las piernecitas de los niños. No han asimilado aún lo de el equilibrio indiferente que ocasiona un empuje ascendente de abajo hacía arriba.
Mi deambular ahora, tocado sobre el corazón, es por desguaces de arribadas y pencos desasistidos, dando la rueda entre efluvios de pachulí y ese regusto en la boca de maquillajes pegajosos, sacando a bailar como en la época de Franco, incluso sin saber bailar la campanera, ni los campanilleros, ni los tres muleros. Me froto entre pantorrillas ajadas, como si aguantara bajo mis perneras la suavidad de enaguas y quisiese darme un ligero fulgor, mientras intento buscarle la boca pintada de un rojo de escándalo. Siempre pensando sin poder quitármela de mi cabeza, que Abdalla era mucha negra para un blanco tan asqueroso como yo.
Si bajo por las escaleras al portal siempre coincido con alguien que me pregunta, y yo se lo digo, lo del Polo Norte o lo del Polo Sur, aún sin saber si es subiendo o bajando. Siempre he tenido la tentación de marcharme muy lejos, aunque los vecinos me preguntan por hacerse chascarrillos.
Media comunidad me da por loco.

2 comentarios:

Pepe Cabrera dijo...

Muy bueno el relato, has logrado al contrario que parece que le sucede al protagonista, hacerme sentir rechazo hacia Abdalla y por supuesto posicionarme a favor del débil, dubitativo e incomprendido protagonista. El pobre no sabe si ha perdido el norte o el sur, quizá por que no ha sabido nunca donde se encontraba él mismo.

Poma dijo...

Frágil linea divide la cordura de la locura. El Sur del Norte...
Me ha gustado mucho como el texto "muestra", se oyen los gemidos de la Tanzana