miércoles, 6 de julio de 2011

LEVEMENTE HACÍA LA MUERTE.


Poco después de andar a gatas con esa simplicidad que me daba la niñez por haber nacido en el campo, las palabras clásicas que me decían si tocaba, si sobaba, era cacadevaca, si husmeaba, era cacadevaca. Si era agosto había largas tardes con las contraventanas cerradas y yo me iba a escarbar en los montículos de caca de yegua, de la caca de vaca reseca para buscar escarabajos peloteros que encerraba en cajas de cerillas. Tenía también algún ciervo volador. Al final quedaban allí colgados sobre varales de fréjoles o sobre emparrados de cercas con pequeños hilos de coser, agitándose, crucificados.

El comezón de mi padre por las piernas arriba, en agosto también. Sentado sobre el jergón doblado hacía adelante con aquel movimiento de rascar y rascar antes de coger un tubo de pomada blanca y darse friegas. Al otro lado el aire venía por la carretera moviéndose en espejismos de fuego, y todas las moscas, y todas las moscas que había.

Llegaba el baboso de Lantero, un tonto, con una chaqueta grande y unos pantalones atados a fardel viéndosele el ombligo, rajadas las hombreras. El viento bordeaba las campanas de la iglesia por la siesta.

En la cama de mis padres había dos huecos en el jergón de tanto tiempo. Algunas veces las nubes eran hacía abajo y de formas raras. Grandes moscas había sobre los pomos y chocando contra las ventanas. La puerta de la habitación de mis padres daba aquellos brincos al balancearse por la brisa ardiente sin sofocar que la agitaba, con un sonido a pena. Y veía el culo de mi madre hacía atrás y la mano de mi padre todo lo grande que era, cuatro dedos allí metidos, escarbando. Luego dispuesto agarrado a aquel gran culo como si llevara manillas, de rodillas sobre el jergón, una y otra vez hacia adelante, mi madre sonando a carne contra carne estampada, y caído mi padre derrumbado como un árbol con un gruñido de res, derribado sobre las espaldas desnudas de mi madre, a eso de las cuatro de la tarde.

Corría hacía los varales de las cercas. Los hilos colgando con los bichos huecos e inermes. Y el último ciervo volador vivo agitando sus cuernos muy despacio.Tan levemente hacía la muerte.

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