jueves, 7 de julio de 2011

NO TENÍA NOMBRE.


Empezó con un zumbido en los oídos y acabó hablándole Dios.
Son esas cosas que a veces nos pasan cuando estamos desbordados.
También solía llevar el mar. Y siempre preguntaba si hacía frió o calor antes de salir a la calle. Pero sobretodo siempre preguntaba dónde estaba el mar. Se desorientaba.
Me llamo Rita. O me llamo Concepción. O Paula. O Encarna. O Amelita.
Doblando las esquinas como un cuento de niños hecho de cartones de colores. En los oídos una escalera de caracol y muchas pisadas.
Pero siempre el mar como una plancha en calma de diferentes tonos en la atardecida.
Resonando las olas. Dios y a veces todos los arcángeles allí dentro.
Rita abriendo los ojos sobre los árboles que retuerce el verano.
Globos en el verano volando sobre la terraza llena de geranios.
Amaranta cocinando calamares que saltaban como si estuvieran vivos.
O Genoveva poniendo a remojar lentejas.
O Corina dándoles vuelta a las sábanas plegadas en el armario.
No sé si sabes lo que es querer a alguien. Si quieres a alguien no quiere decir que lo conozcas. En una película escuché que solo conoces a los que odias.
María cocinando canelones. Amasando harina. No sé.
Acompasados sus hombros, sus brazos, en sus dos manos bolsas de plástico con leche desnatada, lechugas, zanahorias. Compraba por afinidad o por los olores.
Arriba cuatro formas un resquicio de luz escaleras arriba. Pausadamente en cada rellano aquel zumbido de serrucho antes de que apareciese Dios. Luego todos los santos hablándole.
A veces, por el pasillo la llamabas a la alta la lleva. Y la voz volvía desde la salita como si hubiera chocado en las laderas de Gredos: ¡no está Azucena!
Iba a buscarla a ultramarinos La Familiar, y la ponía mirando hacía la puerta con dos botes de pimientos en las manos, y las monedas sueltas en el bolso del mandil.
Caminaba delante de mí por si acaso se pasaba del portal de las aldabas doradas.
Cuántas veces dibujando sobre un papel de estraza redondeles que eran el sol y la luna, y casas que tenían varias chimeneas, y un árbol que tenía frutas redondas que eran naranjas amarillas.
Yo por las noches la apretaba contra mí con una mano debajo de sus caderas. Éramos dos allí juntos, quitábamos la almohada, respirando sobre su nuca. Le decía detrás del cuello: Rita, estás ahí, dime si te habla Dios o todo está en silencio.
A veces yo escuchaba en su cabeza. No fuera a ser verdad que Dios le hablara a mi mujer que ya no tenía nombre.

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