miércoles, 10 de agosto de 2011

QUE SE ME QUITAN LAS GANAS.



Rózame.
El alma cubierta de piel. Pásate por aquí de arriba abajo en hora punta. O como quieras. Deslízate, repta.
Siquiera tu mano extendida.
Suele decirme versos así, cosas así que suenan tan bien, tan bien. Está claro que el alma no tiene piel, pero me apasionan sus versos. Me quedo pensando, no los entiendo, pero me quedo pensando tan extrañamente bien.
O bésame sobre el piélago de mis labios. (Qué coño es eso).
Pero me empalmo.
Pero me hace buscar:
en el diccionario.
¿Tienen algún sentido algebraico sus poemas?
Yo subo por el mismo borde de la acera y es el filo de la navaja, me miran los retrovisores de los camiones de reparto. Bajan alacenas enteras de langostinos y sucedáneo de marisco, tarritos de pimentón picante, pañales de niños, servilletas y montones de chuches de colores.
Bacalao, tarros de mermelada, helados de vainilla.
Pilas de petaca, bayetas, escobones con forma de bigote.
Y llevo tu mano aquí desde ayer en el aductor izquierdo, acariciándome un dedo tuyo por el bultito de la hernia y me encojo, literalmente, por el mismo bordillo.
Tengo miedo a tropezarme. Bajan y suben jóvenes con la cabeza tapada por chándales blancos, bailan por todos los baldosines, un paso y otro, ritmos infernales a eso de las cuatro de la tarde de los viernes. O más tarde con bolsas del súper, y ojos de caballo.
Que hermosos versos me dices, no sé de dónde los sacas.
La tristeza va dejando un rastro gris en tu cara, pero yo no la he visto; tu tristeza.
El aire que respiras lo veo entrar de color azul por tu boca como si fuera esa niebla que respira el diablo.
Poemas largos, poemas cortos, lijando el atardecer para que quede bonito. Toda la luz que te espera, todo el mar que imaginas, todas las llanuras resecas, tan rojas.
Relees poemas de un maricón muerto, y tu piel queda con un sarpullido de amor.
Espejismos de fuegos fatuos...
Tus versos me empalman, no pares , así, así, y así, muchas incongruencias.
Quedan tan bien, hacen tan lindo.
Mi bordillo es mas fino aún, el indeleble corte de una cuchilla de afeitar.
Sinceramente te digo, sólo el corazón tiene piel.
No es el alma.
Paso por aquí, y me viene ese olor a súper, y se me quitan las ganas.

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