domingo, 25 de septiembre de 2011

GRUPA DE LA MUERTE.



El día era el habitual, ni muchas nubes ni pocas, sólo estaban lisas y altas. No hacía ni mucho frío ni mucho calor, digamos que todo era normal.Pero para Celestino era el tercer jueves del mes, y a su edad solo podía ya homenajearse con ciertos refinados gustos. Le había dado por las sesenta y cuatro artes de Babhravya, y todas sus doctrinas secretas que intentaban buscar la profundidad de los escondidos sentidos de su envejecido cuerpo. Pero como la eterna juventud es trasmutable, Celestino buscaba en el jardín del edén muchachas jóvenes, muchachas que le llenasen de vida.
Cuando enfiló la Calle Felipe Neri iba dispuesto, mudado y limpio. Todo era igual que siempre: la parada de taxis, el kiosco de periódicos, y frente a la cafetería Oriental estaba el número 28, sobre un portal con dos escalones, disimulado y sencillo. Tocó en el tercero, esperó unos instantes, miró en todas las direcciones de la calle por si había algún conocido sospechoso, y empujó la puerta. En un santiamén estuvo delante del piso B, otro timbrazo, y sintió como descorrian un cerrojo y abrían. Allí estaba ella ,con su quimono japonés joven y bella, mirándole.
Nunca había muchos prolegómenos, lo habitual era desnudarse, y abrazarla. Ella le preguntaba qué postura quería adoptar entre aquel figurado catálogo: la unión del águila, la posición de la alineación perfecta, la unión de los amantes, la posición de la amazona, la unión del antílope, la postura del árbol de la fruta, la postura de la balanza, la postura del columpio, la postura del bambú, la unión de la boa, (la postura de la carretilla, estaba desechada por su edad), la unión del gato…
Y él, que era precavido y exacto, le dijo su fantasía semanal, hoy deseaba la posición de Andrómaca: Aquella en que el hombre está acostado sobre la espalda y espera que la mujer se posicione encima de él, en cuclillas, el busto completamente erguido para dejarse caer con todo su peso. Siendo ella la que controla perfectamente la profundidad y el ritmo, liberando a sus anchas sus fantasías de dominación, sintiéndose él plenamente dominado. Esta era la secuencia, y así se hizo, como si de la nada hubiera surgido el paraíso, como si aquellos instantes fueran regalados después de una larga vida sacrificada por la inapetencia sexual de su Santa Mujer. La sintió sobre si. La veía sentada sobre su cuerpo deforme, tan hermosa y perfecta, casi soñando que era una diosa del mismo paraíso de Belcebú. Y así fue como ella, se dejó caer tres veces, o quizás más. Fueron unos instantes. Lo miró tremendamente extrañada, al sentir su repentina flacidez, su inanimada cara, sus brazos caídos a lo largo del cuerpo, y en su boca dibujada aquella extraña y plácida sonrisa, como si en aquellos precisos instantes ella estuviese cabalgando sobre la sublime grupa de la muerte.


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