sábado, 1 de octubre de 2011

EL CUERPO DE ELLA.


Medio doblado, tenía bolas de cristal con colores dentro,
difuminadas;
una estela de arco iris sobre un contorno suave y brillante.
Hubo un primer sol, era obvio, estaba el amanecer reflejado por las fachadas con color de fresa, y no podía evitar el jugar sólo.
Tenía un borde de mi piel que me dolía, si me reía.
Pero el día y el mundo no amenazaban, aún,
si acaso, bandadas de estorninos sobre cables altos de teléfono, equilibristas, para irse en un viaje, yo no sabía a donde, era un quién sabe, y daban vueltas.
Yo no tenía pasiones, aún, pero me decían que estaba enamorado de Angélica. Que tenía un neceser con puntillas dentro, y una barra de labios, y una pulsera de aluminio, y una diadema y una barra de los ojos, y un papel blanco donde escribía cosas con un lapicero de color, casualmente, azul.
No había rótulos, aún, debajo de una galería ponía lo de se vende abonos, cal viva, azufre, piedra pómez, sulfato, bombonas de butano, guanos, y lozas dibujadas con festones verdes y paraguas abiertos y nidos para golondrinas y abrelatas y un martillo con orejas gigantes y una guadaña sin estrenar por la muerte y un abanico sin abrir por el aire y unas gafas de colores y unas botas de goma para robar truchas, y hélices de papeles venenosos para pegar moscas, caramelos, libretas de rayas infinitas que nunca se juntaban; no había rótulos, ponía: ultramarinos; y ,aún, no sé por qué, lo de aquel nombre, si el mar estaba tan ultralejos y no se sentía ni en una caracola.

Las bolas daban vueltas pero tú no llegabas, y yo era una bola y luego yo era otra bola en la misma bola que golpeaba, pero no tenía preferencias, me era indiferente que bola se metiera en el volcán. Ayer, allí, había habido una montaña gigante que echaba humo, aún, había pies pequeñitos de alpargata que se habían dormido en silencio para esperarme en esta mañana, aún, tú rastro de pelos, tirabuzones, dando giros entre tus dedos, como hacías así, sin quererlo, mientras me mirabas.

Aún aún aún aún aún aún aún aún aún……
Aún.

Te escruta el ojo de una vaca, lleva pegajosos limos sobre el hocico y me respira vapor en la cara como una locomotora: bufa bufa y bufa. Y bufa.
Luego.
Guardaba en el bolsillo todo el arco iris en forma de circunferencia, aquel volcán y el deseo de esperarte para verte las coletas, tú cara redonda y un poco de tus ojos.
Luego.
Me iba monte arriba como un niño trabajador, casi ocho años, sin escuela, a esas horas en que el sol deja fresas rojas robre las colinas, y el río tenía flotando nubes blancas, un poco de plata, algo de oro y muchas piedras de cuarzo envejecidas por la lluvia.

Amores sin deseo, o no sé que es eso, que ocurre en esos años en que me gustaba estar contigo y que no olvido. Me vienen instantes inmaculados de cuando no existían las prisas y había ajuares de encajes, jabones negros, olía a alcanfort y no existían los misterios, y el camino bordeaba robles con piel de cocodrilo y tendales decorados con sábanas almidonadas.

El mundo estaba vacío para mí, no tocaba su esfera, sólo veía su horizonte lineal, aún,
colores de fresa y amarillos, lentos días al paso de las vacas, lindes de piedra, dólmenes incrustados señalando el final de las praderas, maíz con su flor abierta, y enredaderas de pino buscando sitio entre las rocas, luego, líquenes grises con rastros verdes de reptil, aún, de tan niño, hablando solo de mis cosas.
Aún aún aún.

Muchas veces jugué con bolas de cristal y era tan romántico el esperarte agachado.
Carambolas sorprendentes, olores a sofrito de pimentón picante, olores de fritura de cebolla y ajo, olor al humo de la humedad del roble, aún,
no había ningún mundo al otro lado, te veía correr hacía mí, casi al amanecer para empezar a jugar con bolitas de cristal una partida interminable.

Alguien me ha dicho que en el 2009 el cuerpo de ella se convirtió en cenizas desparramadas al mar, aún, tengo su cara y bolas escondidas entre ramas de tomillo, en una alacena donde guardo copas de cristal.

Aún aún aún aún aún aún……..

Y además.

Casi no había problemas de aritmética, sólo flores en forma de trompeta, vuelos de pájaros, vacas sueltas oteando hacía el maíz. El río era una serpiente y tú, aún, estás allí recortada, agachada junto a mí, al trasluz, del púrpura de la mañana.

3 comentarios:

Anita Noire dijo...

Tengo un sábado de esos en los que la normalidad está tocada de un tedio imposible, de "aunes" no tan lejanos. Debe ser por eso que te leo y lloro a moco tendido.
Vete a saber.

Anónimo dijo...

es muy hermoso lo que escribes. Un saludo

KENIT dijo...

Un abrazo grande, Anita.