domingo, 23 de octubre de 2011

LOS SIGLOS DE LOS SIGLOS.


El éter y el aire.
Lo que llamaban éter en aquellas circunstancias en que veían tanto azul, que en realidad no era azul, era lo que era, algo indeterminado, transparente o negro. O lo que se llamaba aire que estaba dentro del éter y permitía a las ondas llegar hasta donde se podía llegar por su resistencia. A ciencia cierta nadie lo sabía, nadie sabía nada de cómo era aquella propagación hace casi dos siglos. Considerando todo esto, el éter, y el éter mezclado con el aire, todo fue razonado como un cable infinito por donde podían circular ondas, desde ondas infinitesimales hasta una onda infinita, la onda de las ondas, quizás la voz modulada de Dios, si existiese, y que además vibraba, vibraba y vibraba desde los confines y hasta los confines, rebotando dentro de una esfera de diámetro infinito.

El niño y el piano.
Aquel niño tocaba el piano en una sala grande que daba a una campiña verde, por su ventana se veían rosales allá por mayo. Era admirable su facilidad para las polonesas, mazurcas y nocturnos de Chopin. Su madre, completamente sorda, apreciaba el movimiento de sus manos sobre las teclas, cuando pulsaba las teclas parecía que algo temblaba, si posabas la mano sobre su pulida madera de abeto, sentías cierta sensación de movimiento, algo que llevaba alto y bajo (las notas del todo y la nada, el diapasón de la vida); movimientos vibratorios armónicos que hacían oscilar lo rectilíneo en secuencias uniformes unas veces, y otras con aquella sensación trasmitida hacía las membranas de los tímpanos de forma desigual y arrítmica.
La madre, posaba, la trompetilla e inclinaba la cabeza sobre la caja de resonancia del piano; otras veces incluso se escondía en la parte inferior, agachada sobre el mismo fondo apoyando sus rodillas en el suelo, para captar mejor la amplitud de las notas, mientras veía de soslayo los pequeños pies del niño moviéndose sobre los pedales.

Las vibraciones.
Cuando todo vibra el equilibrio en nuestro entorno es inestable, originado por la amplitud de la propagación, existe la velocidad constante y la aceleración; si el medio es el aire existe la resistencia a las pulsiones de su movimiento. El niño se obsesionaba por las vibraciones que originaba la tabla armónica y las cuerdas, las sentía, y estaba triste porque su madre no podía oír las hermosas notas del piano, captar las frecuencias que hacían a los sonidos diferentes. Los labios cuando se mueven emiten vibraciones, y el sonido que emiten genera ondas, pero su madre sólo podía leer sus labios, viendo su mímica, y sentir aquel cosquilleo casi imperceptible, las sensaciones físicas del movimiento oscilatorio de la caja de resonancia del piano a través de aquella trompetilla, que la transportaba al aparente mundo de los sonidos.

La obsesión.
Como su obsesión continuaba, cuando el niño creció se rodeo de sordos, daba clase a niños sordos, y todo giraba entorno a las vibraciones. Lo que hace vibrar puede escucharse de una forma u otra. En la clase había diez niños y muchos globos, globos de colores. El niño que ya era grande hinchaba un globo y llamaba a un niño, y el niño se acercaba, ponía el globo sobre su oído, y él hablaba al globo: “las flores tienen colores”, pronunciando fuerte y pausado las sílabas con su boca sobre la superficie suave del globo; y el globo azul, rojo, amarillo… lleno de aire vibrada sobre la sien y la oreja del niño, y el niño sentía unas ligeras cosquillas sobre su cara, y se reía y reía. Porque aquel extraño silencio tenía vibraciones, como si Dios tuviera labios sobre un globo azul y hablara sobre una leve y fina capa de membrana que rodease al universo , porque el viento y el éter son como una gran cuerda infinita, y todas las palabras se quedan allí resonando y resonando por los siglos de los siglos.

1 comentario:

Anita Noire dijo...

Me ha encantado. De verdad.