viernes, 7 de octubre de 2011

SE LA TRAE FLOJA.


Yo iba por la calle Modesto Areas de esa forma en que camino, se me ve atónico, con un despacio especial de hombre que lleva muchas historias colgando. Y a eso me refiero, cuando voy andando así, es que voy pensando en hechos especiales de mi vida... Cuando llegué a la altura de la Sidrería la Checlaina estaba allí aquella máquina expendedora de Serventa, entre una cámara frigorífica que daba a la calle y una tienda de prendas íntimas. Me fijé extensamente en unos sujetadores con aros para todos los bustos, camisones de tirantes finos, bodys faja de encajes, braguitas bordadas con flores, y por el otro lado aquellas bocas inanimadas de un sargo mediano, un besugo tristón, un lenguado vestido de negro, y una lubina enroscada mordiéndose la cola, y mucho perejil.
Puse mi maletín en el suelo, le metí dos euros a la Serventa y le calqué al A-28, una ensalada ligera con brotes de soja, abre súper fácil, esperé, y miro a la maquinita que hace aquel gesto de autómata para recoger la ensalada Isabel y tirarla al vacío, y que la hija de puta de ensalada no se cae, y que le doy al botoncito para que me devuelva los dos euros, y que la hija de puta no los suelta, y que le doy unos golpecitos en el corazón donde debe de llevar las monedas, y que la hija de puta no se inmuta, y que le doy una patadita donde la espinilla de la maquinita, y que la hija de puta como si la hubiera acariciado, y entonces que me entra aquella rabia entre el hambre que llevaba y la ira repentina por los dos euros sisados, que cojo velocidad y le empiezo a pegar unas patadas tipo kárate kid a lo akitetoko, medio cristal roto, y por el suelo bolsas de patatitas saladonas, gomillenas, nubes de frambuesas, potajes de frutos secos, japomix, kikones picantes, kikos doraditos de maíz, kitkats rellenitos de miel, huevos sorpresa kinder , combinados de almendras y maíz, pipas peladas, huesitos de chocolate, etc., etc., etc.; todo por allí tirado, y la gente parada mirando como le daba a la máquina, oyendo aquello que me decían: ¡chalao!, tasss ¡chalao!, y que sale el sidrero con un mandil verde lleno de grumos, y que me dice tú eres gilipollas o que, y yo que le digo a que me cago en tu puta madre, y que se me mete para dentro; y como yo soy legal me cogí lo que me correspondía por los dos euros, una ensalada ligera Isabel y tres de huesitos, y aún le regalé a la máquina veinte céntimos de euro. Me senté en un banco adosado a un sauce callejero y me puse a comerlo todo; y allí fue donde me cogieron los municipales por altercado y desorden público.

Salí de la comisaría a las seis de la tarde con mi maletín y mi traje negro y aquel olor de calabozo, incluso lleno de neurastenia, por el lugar cerrado y con el encefalograma casi plano y los andares de esa forma que camino, con mi maletín, los muestrarios de sortijas y sin ninguna sensación en particular. Dijérase que me habían parido allí mismo con cuarenta y ocho años cumplidos y sin ningún porvenir.

Luego, al empezar a caminar, me vino aquel hervir de la cabeza.

A un hombre lo ves sólo y está solo, no le des más vueltas. Yo no daba vueltas, circunvalaba. El caso es que me empezó a dar aquello del resentimiento. El resentimiento no es resentirse de pisar mal y que te vuelva a doler una pierna. El resentimiento es eso que crece dentro de ti y que hace maquinar y maquinar por qué te han hecho eso a ti que no te lo merecías. Y tratas de explicártelo con el mejor razonamiento posible evaluando de la mejor forma, intentando bajar el nivel del resentimiento, incluso haciendo tú mismo de abogado del diablo, culpándote de los hechos que has originado. Pero todo da igual, el resentimiento es una bola que crece y crece y debes solucionarlo o te devora (es una vorágine).

Caminando así como iba cogí la línea 12, y al subirme al autobús me dijo lo del uno diez, son uno diez, y yo rebuscaba, y al final por poco no tengo suelto, por haber dejado aquellos putos dos euros dentro de la máquina. Me bajé en el surtidor que está en la esquina de Santa Eugenia con Edelweiss y le dije a la niña, necesitaba llevarme dos litros de gasolina pero no tengo en que meterlo.

No siempre camino así, como si fuera sembrando trigo, con estos andares que me dejó el patio de la cárcel. Dos mil doscientos cincuenta días de patio adelante atrás con el chándal llegando a un lado y volviendo al otro. En la calle si has sido preso sabes perfectamente quien ha estado preso por sus andares cuando lleva cierta prisa.

Cuando llegué a Modesto Areas La Checlaina bullía, y ya estaba repuesta la máquina de Serviventa, y había aquellos efluvios lejanos de olor a serrín, caldo de marisco y sidra. Cuando llegué delante de la puerta abierta se me acabó la prisa. De repente sentí una paz especial dentro de mí, como si me hubiera visitado el mismo Luzbel y me hubiera dicho, hazlo todo con mucho cuidado, disimulado, y lentamente. El caso es que entré. Había un partido de futbol, las mesas repletas de partidas de jubilados, y la barra un desfile de hombrones con el codo de esa forma y la pierna derecha semidoblada que ponen los hombrones de sidrería. Había tanta gente que no tuve mucho problema en seguir los dictámenes de Luzbel, así que abrí suavemente el tapón de la garrafa y me di tres vueltas soltando la gasolina entre el serrín como si fuera un negro vendiendo relojes. Quizás la sidra calmó un poco el volátil aroma que empezó a elevarse y a mosquear a los parroquianos que gritaban: aquí tufa gasota que te cagas.
Para aquella yo ya estaba en la puerta de salida con el mechero encendido, y con la mano levantada, gritándole aquello al hijo puta del mandil: Oyes, socapullo, me debes veinte céntimos y te los cobro ahora, que te mueras, sarasón.

Al salir, vi aquel resplandor amarillo y mucho humo, y yo seguí caminando como un preso, pero más lentamente pensé para mi mismo, que un hombre, así, tan sólo, si le huele a asado de hombre y a sidra todo se la trae floja.

2 comentarios:

Anita Noire dijo...

MALDITA SEA, ahora comprendo muchas de las cosas que me pasan por la cabeza. Más de un día me toca comerme la maldita ensalda enlatada de Isabel y, cuandos se me atasca el papel y pierdo el tenedorcito, me dan ganas de matar.
Pa mi que le echan algo en los guisantes.
Perra vida la del tramoyista.

Fdo.: Una tramoyista en apuros

Bandada de palabras dijo...

Escuché una vez a Paco de Lucía contar en una entrevista lo mucho que le debía a su rabia. Encauzarla creativamente, ese es el genio, y tú lo tienes, Kenit.

No te pagan por escribir? (!!!)