jueves, 24 de noviembre de 2011

AL ABRIGO DE LA LUNA.


Me había dado por creer en esas emisoras de radio que sólo emiten un sonido inicial de caja de música y luego números machaconamente repetidos. Creía también en lo que llamaban la impregnación del amor o el odio que queda en los lugares habitados de seres que se habían ido. En las figuras de niebla entre la penumbra de las estancias cerradas. En la levitación de objetos. En los males de las miradas. En no tocar ciertas manos, ciertos hombros. Llevaba años con esa sensación de que nunca estaba sólo, cuando en realidad sólo estaba mi cuerpo y el silencio, que no es del todo silencio.

-¿Tener que creer en lo que no existe es una consecuencia del desencanto?

Había muchas veces pequeñas estampillas como sellos de grandes de la Virgen de Regla perdidas entre las sábanas. Intentaba disimular en sus actos su obsesión por la santería. Más de una vez la había cogido en sus murmuraciones ceremoniales, a lo boca cerrada, mientras trajinaba por la casa.

Sus caderas eran como las laderas sofocadas de un volcán. Abierta de carnes era invencible. No había hombre que sofocase su ardor cuando las lunas le eran propicias. Sus pantorrillas a veces brillaban por la humedad como un lago sin brisa al amanecer. Y te deslizabas en su interior con una suavidad indescriptible, por una oquedad que te parecía eterna y sin fin, inabarcable, siempre derrotado, caído sobre sus pechos como precipitado desde el abismo.

El primer sabor a ella fue en noviembre del año pasado en el cepillo de dientes. Aún mezclado con agua y enjaguado varias veces le quedaba aquel sabor extraño a pulpa de pescado. Fueron cuatro cepillos desgastados de cerdas, renovados, tres en total, con aquel sabor que persistía. No sé cómo describirlos. Percibidos en mis papilas después de dar muchas vueltas en mi boca a todos los sabores de mi cuerpo, incluso de mi alma. Sí, tales eran mis creencias, que a veces pensaban que eran efluvios de mi alma.

-¿El alma sabe a algo? Y si tiene sabor, ¿se manifiesta por la boca?

Luego reconocí aquellos rastros a ocle putrefacto en los cepillitos interdentales. El sabor quedaba allí entre los huecos de los premolares, si sorbía entre los incisivos percibía aquel rastro familiar que no podía descifrar.

-Hay amarres imposibles.
-Hay amarres indignos y otros deseados.
-Te amarra tu espíritu porque llegan ordenes de otro espíritu que se mete en ti.

Ayer entré a casa a las nueve de la noche después de un duro día. Cerré despacio la puerta sin decir nada. Éramos mucho de silencios tras días agotadores. Ella estaba en el baño de espaldas como si estuviera cosiendo. Cuando me acerqué a ella estaba desnuda de medio cuerpo hacía abajo. Desenvolvía lentamente la seda dental sujetando la cajita con el dedo gordo del pie, mientras con las manos la iba envolviendo en una otra cajita vacía. El hilo, ascendía recto, tenso y ordenado, hacía la altura de sus brazos, gesticulantes, ceremoniosos. El fino hilo iba pasando a través de la raja de su coño, igual que si fuera una tejedora mágica flotando sobre un pantano al abrigo de la luna.

2 comentarios:

raúl fdz pacheco dijo...

tricotosa extraña. muy certera la descripción dental.

JOAQUIN DOLDAN dijo...

como odontólogo no puedo más que estar a favor