martes, 8 de noviembre de 2011

EN LA NADA.


-Podrías haber sido tú.
Son las primeras horas de esta mañana de Noviembre.

Un ojo cerrado y el otro abierto y esa sensación borrosa que voy afinando hasta hacer nítida y cercana detrás de leves rastros de rocío reflejándose sobre los cristales. Abro ligeramente la ventana sintiendo un frío repentino, y cuando respiro el vaho se disuelve delante de mi cara.

El césped del pequeño jardín comunitario tiene una fina capa blanca de escarcha. Casi veo nítidas los deshilachados de hielo sobre las hojas del césped. Muevo arriba y abajo el rodillo de la mira telescópica para poder alinear el impacto bajándolo levemente dos vueltas sobre los barrotes transversales de un banco.

Cuando calibro mi rifle para irme de caza me siento detrás de los visillos y voy apuntando presas imaginarias. Voy dando vuelta lentamente a toda la manzana. Siempre está ahí. Ya me he acostumbrado a verlo, sentado delante del ordenador con un gato siamés al lado acurrucado sobre una silla.

Esta secuencia me resulta metódicamente familiar.

Ahora mismo sigue igual. La cruz está sobre su sien, y cuando la bajo ligeramente aprecio el teclado y el azulado de la pantalla. No sé cuantas temporadas de caza llevo con esta rutina, y él siempre está ahí, a esta misma hora, tecleando frenéticamente.

Voy apreciando la ralla de la sombra que se acerca a su ventana. En unos minutos el sol se reflejará en sus cristales. Ahora mismo tengo su cabeza cruzada sobre el pequeño círculo que abarca mi ojo. En esta posición considero que el error podría ser de apenas un centímetro sobre los cien metros aproximados que me separan de su realidad, y de su mundo. Bajo la mirilla hasta donde puedo abarcar su cuerpo, casi a la altura de su corazón. Despacio vuelvo a subirla y su sien se hace perfectamente nítida, casi puedo ver el número de las arrugas en el entorno de sus ojos, y entonces aprieto el gatillo. Desde mi posición siento el sonido hueco del silenciador de mi rifle, un zunnn repentino y apagado. Es inmediato el chasquido de los cristales de su ventana. 

Antes de cerrar la rendija entreabierta, y correr los visillos completamente, por la mira telescópica puedo ver su cabeza posada de bruces en el teclado, y  un gran hilo de sangre que arrolla sus pómulos, bajando a través de su boca.
Sobre su mesa se refleja una bruma azulada.
-No cabe la menor duda que eras tú.
-Ya estabas en la nada.

1 comentario:

Poma dijo...

No, no estaba en la nada, estaba en plena ficción. Injusto asesinato.