martes, 8 de noviembre de 2011

HASTA LA SACIEDAD.



He olvidado cuándo lo he olvidado. Intento rememorarlo. Lo intento en todo lo que antecede, en todo lo que me sucede, en lo de arriba y en lo de abajo, en los lados, los cuatro lados, y si hay una tapa sobre mi, también la miro. Rebusco dentro de mi ropa. Algunas veces me paro por si sucede. De sentado, mis manos sobre mi cabeza: cerrados los ojos, abiertos los ojos. Con ese dolor de no encontrar lo olvidado, y ni mucho menos saber cuándo ocurrió el olvido.
Siempre había una puerta entreabierta. Siempre. La profundidad de  un pasillo largo.
Con los nudillos varias veces contra la puerta. Temerosos los nudillos. Algunas veces pasando la mano sobre la puerta, sólo ese sonido de roce que casi no existe porque es un mínimo gesto.
Estaba allí sentado omnipresente. Le dije, sin saludarlo,  lo traía en la punta de la lengua y se me ha caído. Últimamente todo lo tengo en la punta de la lengua, es como si estuviera tan cerca (casi en mí), pero no está.
Detrás e sus ojos la claridad de una ventana. Debajo de sus ojos parte de su cara: nariz, pómulos, barbilla, todo desajustado. Su cabeza calva. Traje impecable, no sé de qué color. La claridad también sobre una mesa desierta, como traslúcida. Yo le miraba para recordar. De qué día era, si era de un día aquella cara. Miraba sus manos de pianista por si acaso eran las manos. Y nunca sus manos. Cerré los ojos, y escondí mi lengua apretando los labios, algunas veces me funciona. Y nunca su cara. Nunca sus manos. Nunca aquella amplia cocorota. Le dije, dígame algo por si fuera su voz. Y nunca. Nunca sus amplias espaldas de leñador. Nunca el sopor casi oloroso que ya percibía.
En realidad no me recordaba desde no sabía cuándo.
Seguí abandonado por los siglos de los siglos detrás de aquella mesa, interrogándome hasta la saciedad.

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