lunes, 14 de noviembre de 2011

NO SÉ CUÁNDO.


Hay acontecimientos que olvidas, pero de repente, cuando estás de camino a ningún sitio, los recuerdas sobrepasando nuestro entendimiento. Turbándonos. Esos recuerdos turbadores, esos recuerdos que nos hacen apretar las manos, apretar los ojos, para no seguir recordando.

Me bulle pero lo dejo correr. Cuando te derrites eres como una vela, vas a medio centímetro del fuego. Mi padre llegaba con el cinturón en los pantalones y yo tenía tanto miedo que me diluía entre  la penumbrosa luz del desván, una claraboya en forma de ojo de ballena, por la que bajaba un cable de cobre que era la antena de la radio. Mi padre escuchaba la Pirenaica, era rojo, y todos lo sabían, así de inofensivo, y tenía un par de cojones en la cantina a pesar de la guardia civil, amenazante, un cabo rubio al que se le enrollaban los bigotes como los pelos de una mazorca.
Y sabes, yo me quedaba quieto.
Mi madre, la sumisa, hablaba bajo, y mis hermanas bordaban debajo de una bombilla, y con una bombilla dentro de un calcetín como una cabeza calva.
Nadie nos amaba. Mi madre, sí.
Una vez que había nieve, y los lobos bajaron al corral y arañaron un portalon de roble y dejaron aquellas marcas de garduña que daban miedo, y la astutas jinetas se colaron entre dos trozos de tela metálica rotos, y se comieron media docena de huevos y tres gallinas, y menudo guirigay, daba miedo por la noche  aquel resplandor tan blanco y blanco y blanco.
Y no hubo tortilla.
No hubo caldo de gallina.
Sólo había unas untazas de cerdo llenas de sal.
Y comimos sopa de pan. Era pan viejo con una capa gris. Si le pasabas el dedo podías escribir sobre los cristales, en gris, goteando la humedad, letras que se iban difuminando.
Mi padre tomó un cuarterón de vino blanco demás, de sobra.
Y le vinieron los gritos horribles que tenía escondidos al lado del corazón, y se le cayeron los pantalones.
Yo estaba en el desván detrás de una artesa donde se guardaban hogazas de maíz y centeno, y recuerdo aquel círculo de luz que se derramaba por el suelo; las voces; las manos en mis oídos. (Un silencio de caracola con gritos, porque el mar estaba muy lejos).
Esconderme en el desván era como subir al cielo, tenía otras vidas. La imaginación está dentro de ti, todas las vidas de tu vida están dentro de ti.
Veía una elipse de luz como si se hubiera aparecido un santo, y dentro, tenía aquel zigzag de pequeñas partículas que se movían dentro de un tubo de contorno de cristal.
Una vez me agaché tanto que el miedo mágicamente  me hizo invisible.
Y recuerdo que nadie me encontró hasta la mañana siguiente.
Sabes, a través de aquella claraboya estuve viendo las estrellas por la noche. Sólo así puedes contar las estrellas, si las miras de otra forma no sabes las que llevas de tantas  como son.
Todo esto.
No se lo digas a mi padre.
Aunque está muerto, aún lo sigo queriendo.
Esto ahora tengo que olvidarlo hasta no sé cuándo.

3 comentarios:

BRUXINA dijo...

;-)

Pepe Cabrera dijo...

Eso está bien, traer recuerdos de la memoria pero sin obsesionarse. Olvidarlos para dentro de un tiempo recordarlos de nuevo. Sin rencor y sin dolor eso sí. Pues de lo contrario no sería saludable.
Buen relato.

Poma dijo...

Maravilloso , maravilloso ¡¡
Buen finde semana ; Kenit.