jueves, 3 de noviembre de 2011

NO SE OLVIDAN.


Fue una primera vez.
Tuve una bilocación.
Esa transportación en que parece que estás en dos sitios a la vez. A este fenómeno se le unía aquella sensación de los días anteriores, en que la escala de Scriabin se hacía perceptible en mis entornos ambientales (sonido armonioso descifrado por colores), a saber: el do era como un resplandor de acero inoxidable, el re un blanco nacarado, el mi el azul más intenso del cielo después de una noche fría; y así sucesivamente con el resto de las notas del pentagrama. Tal era mi desasosiego cuando escuchaba el concierto para trompa número uno en re mayor (kv) cuatrocientos doce de Wolfgang Amadeus Mozart, que la corteza visual de mi cerebro, de alguna forma, excitaba las células receptoras de mi retina, desplegando virtualmente delante de mí un caleidoscopio de colores en tonalidades difuminadas nunca vistas hasta entonces.

De los estados bilocados tengo noción desde temprana edad. Recuerdo que mi madre me observaba con cierto terror en sus ojos cuando me quedaba en aquel estado catatónico en el que permanecía inmóvil, por unos instantes, con total mutismo. Recuerdo vagamente el primer incidente. Me encontraba con mi madre casi ya amanecido en la cuadra, preparando el ganado para sacarlo a la pradera del ballico. Aquel día, a eso de las ocho de la mañana, le dije lo del abuelo Fabián y su volteo con el tractor. Al día siguiente, de atardecida, mientras tiraba en el Monte de los Marceros enganchando cuatro tallos de roble tuvo aquel accidente mi abuelito, dando varias vueltas de campana hasta el terraplén, que le costó la vida como yo lo había visto.

Me biloqué innumerables veces. Al principio no era algo premeditado. Mis estados eran irracionales y anárquicos produciéndose las anormales situaciones de forma espontánea, y sin previo aviso. Con el tiempo fui controlando aquellos estados al percibir cierta sensación angustiosa al inicio de los fenómenos. Y ya mucho después, con doce años, pude controlarlos a mi antojo; sólo adoptando un estado de forzada rigidez muscular, al mismo tiempo que cerraba mis ojos, y pasaba a un trance en que olvidaba mi situación como si no estuviera en este mundo.

He de decir que aproveché en mi favor ciertas situaciones. Así le pude ver el coño a la señorita Inés, la maestra. También contemplé increíbles introitos en el pueblo, en los lugares más insospechados: despejados pajares en largas siestas de agosto, o haciendo laboreos de patatas, o en haceres con criadas en galerías y ventanales de hacendado en las frías atardecidas del otoño.

Lo otro eran prever las inhumanas venganzas, los sufrimientos de amor, los pozos llenos de penas; alguna que otra belleza del alma logré ver; pero, sobre todo, comprobé lo más rastrero y degradado del instinto humano. Cosas que algunas veces me sumían en una profunda tristeza. Haciéndome dudar innumerables veces del alma de nuestra especie.

Y tuve aquella capacidad esotérica de la premonición y el presagio. Aquellos secretos que no contaba, y que como digo me hacían sufrir, aunque muchas personas previesen desenlaces habituales aplicando el mayor raciocinio de lo más humano y lo más terreno. He de decir, por si alguno lo piensa, que mi capacidad de bilocación no abarcaba los juegos de azar. Dijérase que ese don había sido puesto en mí por el sumo hacedor, sólo para adivinar las desdichas, intimidades, bajezas humanas, y muy pocas alegrías.
Pasaron los años, no sin altibajos psicológicos y fuertes problemas de conciencia, por aquel conflicto generado de no saber qué hacer con lo que sabía…
Hacía los dieciocho años empecé aficionarme a la música de los ilustres compositores, empezando por la difícil anarquía melódica de Krzysztof Penderecki (cuando escuché su tema en la película El Exorcista). Luego, pasé a los clásicos de otros siglos como: Weber, Rossini, Schubert, Berlioz, Wagner, Brahms, Bach, Beethoven; y sobre todo mi idolatrado Mozart. He de aclararos que mi primera perturbación caledoescópica no fue como consecuencia de las notas musicales de estos genios, sino escuchando el barroco antiguo de otro genio, Claudio Montiverdi. Ocurrió todo cuando un clavecín hacía fluctuar aquella energía sonora en variación de un allegro a un adagio para volver vibrando, con una envolvente de corta longitud de onda, a otro allegro. Eran notas en frecuencias maravillosas (resonare fibris, o labii reatum; que no cazaba muy bien; algo así como el do, re, mi, fa, sol…, pero en latín.).
Qué gloriosa armonía la de los sonidos inspirados por los ángeles (energía con efecto vibratorio. La portentosa capacidad de emisión de lo sólido y propagación sobre lo gaseoso).
Se juntaron estas dos capacidades. Mi vida se complicó de manera absurda. Quizás no supe aprovecharlas como bufón de circo para ganarme bien la vida. Mis días transcurrieron de la forma más anónima entre cuatro biombos de una oficina de hacienda, en la segunda planta de un edificio histórico completamente reformado.
Allí conocí a Paquita que llevaba conmigo bases de datos de “listillos”. A ella nunca le dije mis capacidades. Llegué a conocerla como no os podéis imaginar. La había percibido desnuda mucho antes de intimar con ella. Era, digamos, de jamoncitos estrechos, una nadadora en su perfil. Lo que me enamoró fueron sus estados ocultos, su insaciable automanipulación con el dedo sentada de bruces sobre el bidet; y aquellos limos incoloros que bajaban por sus estrechas piernas; sus gemidos estruendosos en la soledad del baño.
Los humanos se enamoran de una mujer por supuestas percepciones. Yo me enamoré por hechos fiables, completamente contrastados en innumerables bilocaciones.
Y me casé con ella a sabiendas de que, a pesar de su escuálido porte, era una ninfómana en el más amplio sentido de la palabra; una viciosilla. No pude llevarle el ritmo vital, y mi manía persecutoria fue una realidad; lo que me llevó (muy a mi pesar), a experimentar con ella. Estando en el ámbito de la humana sospecha, me decidí por la esotérica certeza. Y estuve allí, bilocado, en aquella esquina de otro nido de amor, mientras se la follaba Damian, el de Impagados, con aquel tocadiscos de vinilos escondido debajo de la cama, mientras Leonard Cohen me hería con aquel Songs of love and hate, y sobre mis ojos retornaba aquel calideoscopio de colores por la vibración de las sencillas notas del judío de los poemas. Los otros hirientes arpegios eran los gemidos de Ella (y los: me sientes, mi amor), fuera de si misma, víbora, más puta que las gallinas; a la que el de Impagados llamaba Francisquita.
-Debería haber una venganza, pero no os la cuento ahora.
-Sólo quiero deciros que hay bilocaciones que no se olvidan.






2 comentarios:

Bandada de palabras dijo...

A ti te dicta Mozart, no?

Anita Noire dijo...

Bilocalizándome bipolarmente. Es lo que tiene ser AN=NA