sábado, 26 de noviembre de 2011

SOSPECHAR QUE YA ESTÁS MUERTO.


Esto fue al final del todo.
Yo estaba en el suelo porque circunstancialmente me había caído de la cama. Quiero decir que estaba equidistante de todo menos de la cama. Si estiraba mi mano aún podía asirme al colchón por el borde superior, digo asirme, no en el sentido de apoyarme para elevarme, sino en el sentido de asirme para poder intentar elevar mi cabeza. También gritaba orientando mi boca indistintamente hacía los lados, con el fin de que los posibles gritos que saliesen de mi garganta pudieran ser escuchados hacia el norte, hacia el este y hacía el oeste; el sur no era dominado aún debido al escaso margen que dejaba mi cuello para poder girar en esta dirección. En mi suave caída hasta la alfombra había arrastrado las sábanas y el cobertor quedando las mismas sobre mi, lo que impedía que la brisa que entraba por la ventana entreabierta enfriase mi piel desnuda, sintiendo sólo la frialdad por la parte de mi cuerpo apoyada en las baldosas. De encima de la cama sentía unos rugidos casi estertóreos, y el contorno ovalado de su barriga que subía y bajaba en forma de montículo.

Esto fue cómo hace unos ocho minutos.
Me dispongo a escribir esto sin mucho afecto, quiero decir que no estoy afectado.
Percibo con regularidad sensaciones inequívocas, señales extracorpóreas, que aunque difusas me llenan de dudas razonables. Desde hace seis años me vienen obsesionando las empanadas de berberechos, los berberechos en sí, su deformación vulvar. Quiero decir que los berberechos me apasionan en cualquiera de sus formas y presentaciones, incluso dentro de la almejita. Tengo una predisposición angustiosa si no capto su sabor en periodos de frecuencia quincenal, ni un día más. Me veo obligado a tener en casa una logística de unas doscientas veinte latas, ni una menos. Viajo siempre con una media de cuatro latas, ojeo la posibilidad  de encontrarlas como comida en los platos del día. Quiero decir con todo esto que es evidente mi manifiesta  compulsión por este molusco arenero. Antes era mucho de zamburrinas, me encantaban las picantotas en conserva. También las navajitas asomando por su vértice entre las dos hojitas laterales.
Fui mucho de almejitas y caracoles de mar. Lo mío quizás sea algo cliptoriano.
He de consultar.
Le dije a ella, sácame otras dos latas de la alacena, (joder), no quiero cucharilla del café, las voy a beber, ya sabes que siempre las sorbo.
Veo tantas latas vacías en el abismo del patio de luces, que me parece imposible.
(Ocho mil cuatrocientas setenta, muy aproximado).

Esto fue ayer a media tarde.
Yo soy mucho de tocarme los huevos en cualquier lado, incluso llevando traje, y cuando hablo con otro (u otra) en la misma calle. No sé por qué motivo siempre me los estoy rascando o sobando. Muchas veces cuando estamos mi mujer y yo panza arriba sobre la cama, también me los toco. Mi mujer me llama guarro, guarrón, porque en esas circunstancias, después de sobármelos bien, bien, me huelo la mano, y me huele a sudor de huevos, a rancio. Algunas veces también me paso la mano y los dedos por la raja del culo y saco bolitas de pelusillas -lo del culo es sólo es en los días santos y fiestas nacionales-.

Esto fue el viernes en el baño mientras cenaba la parienta:
Algunas veces me hago de pajas con la vecina, quiero decir pensando, imagino que la penetro, pero cuando la estoy penetrando voy y me corro. No soy mucho de aguantar en las pajas. Con mi mujer aguanto más, la veo allí, con los ojos abiertos.

Esto fue con siete años:
Plañíamos en el aspecto de cantar al santísimo. Todo creado a cuatro patas, incluso sin esfuerzo apoyados sus brazos de cualquier parte del universo, deponiendo. Una gran cagada. Nos venía a decir aquel fraile sin cara desde la esquina del pulpito, elevado sobre todos nosotros. Y entre deposición y deposición del sumo hacedor, plañíamos canciones a muchas voces que sonaban a hueco por cualquier hueco de la iglesia.

Esto lo hago siempre:
Muchas veces me quedo mirando la sombra de las cosas, según va pasando el sol, es una costumbre de antiguo. Últimamente lo hago con una línea recta del armario a eso del medio día, cuando le da el sol de lado. La sombra va pasando sobre la alfombra dejando una leve penumbra a ambos lados. Quiero decir que no es una línea exacta, es difuminada. Muchas veces antes de llegar al borde de mi cama, me pongo a dormir. Cuando miro a esa línea no pienso en nada. No sé si es posible no pensar en nada.

Esto algunas veces ocurre:
Los vecinos de abajo son muy mayores. Ella está muy impedida. Un día vi descargar en el portal un artilugio como una grúa con un vástago cromado y unas ruedas. A él lo siento pegar muchas voces a eso de las nueve de la mañana. Quiero decir que lo sentía.
Últimamente no se oye nada. Mi mujer me dice que quizás la haya matado. No sé.
No huelo nada. No huelo a nada que no sea el agua salada de los berberechos flotando dentro de la lata.

Esto cuando mi mujer tiene la regla (no le gusta por el ojete):
Cuando mi mujer me hace una paja (al unísono) también me gusta que me meta el dedo por el culo, y que lo mueva al mismo tiempo (al unísono). Si te fijas en el dedo medio de la mano izquierda –es zurda para las pajas- no tiene la uña preparada.
Ni pintada siquiera. Es una putada, pero…, me escarba.
(…Me jode mucho el olor de la acetona cuando se limpia las uñas. Eso y el zotal no lo soporto. Tampoco soporto el olor a pino que pone la gente para enmascarar el olor cuando se tira pedos en el coche). 

Esto todos los días:
Me da pena ver a la señora del tercero con ese niño cogido de la mano. Es un niño grande. Algunas veces cuando salen del ascensor y los veo, me pregunto que será del niño grande cuando la señora no esté. Se me olvida siempre. Cuando los veo lo vuelvo a recordar. Siempre hay mucho silencio cuando salen. Yo los miro, salir en silencio y en silencio.

Esto cuando ceno:
Cuando abro las latas de berberechos no suelo meterlas en la basura, le digo a mi mujer que abra la ventana de la cocina y las tiro al patio de luces. Me gusta llevar la cuenta de las que como. Hay gente que protesta por los tendales de ropa. A mi me la suda. Las de berberechos ya taparon a las de zamburrinas, y las de zamburrinas ya taparon a las de almejas a la marinera.

Esto la semana pasada:
Al niño le compré un juego de cartabones traslucidos. Estuve dos días para explicarle lo del ángulo de noventa grados, un día para el de treinta grados, y una semana para el de sesenta grados. Al final ya le dije que la suma de los tres tiene que ser ciento ochenta.
Muchas veces se mete la madre por el medio que no tiene ni puta idea.
(Un grado es una cosa muy pequeña que se curva).

Esto pensando:
Lo va a querer dos veces. Tres, no.
Si lo quieres tres, no puedo.
Arréglate, ábrete bien las piernas.
Deberías afeitarte el coño cada poco. Es un decir.

Esto un Jueves con siete años:
Aquel fraile que no se le veía la cara, me dio un beso en la boca dentro del confesionario. Yo aún era un niño, y era por Semana Santa. Los santos tapados de negro. Las campanas tocando a muerto. Olía a incienso y a mimosas secas. A muchas viejas les olía el potorro. Olía a cuarterón de picadillo. Sí. Olía a masaje Floid. A humo de roble.Había mujeres que olían a pan de centeno. Olía a placenta de vaca. Olía a tierra mezclada con estiércol de conejo. A madera húmeda de pino. A serrín de madera mojada por la lluvia. A destilado de uvas de vino fermentadas. A laurel. A orujo.

Esto ahora mismo:
Me dio un cólico, aquí.
Donde tengo la mano. Es como si te follaran por el culo con unas tijeras.Y las abriesen dentro. Y luego les dieras vuelta. Y luego cortaras. O si te zurcieran con bramante. En la misma juntura, zurcida también la juntura. Del aguijonazo di un brinco milagroso. Levité del dolor.
Creo que fue una ojeriza.
No vuelvo a comer otra puta lata de berberechos. Así me tenga que ir al psiquiatra del seguro.

¿De la cama me tiró mi mujer? Dijerase que me dio un telele repentino. No me muevo con todo el conocimiento. A ciencia cierta no sé si me tiró ella sin querer a me dio algo nefrítico, algo algo algo. Es como si no pudiera gritar. Es como si no salieran gritos de mi boca, mientras la oigo a ella roncar completamente desnuda sudando como una cerda.
Cuando doy voces aquí al lado de la cama, tengo la sensación de que no salen voces de mi boca. ¿Serán esos instantes antes de morirse?
Esto ya no es la vida.
¿Qué será entonces?
¿Estaré vivo?
No hay nada malo en sospechar que ya estás muerto.





2 comentarios:

Mikaela-z dijo...

me has dejado pensativa entre latas de berberechos y huevos con olor a rancio.

Me gusta como escribes, no he quitado ojo de la página. Casi sin respirar he leido todo. Eso sí estoy muy viva(creo)

goab dijo...

Pasar toda tu vida por delante de la memoria, como si fuera un aperitivo, del preludio de la muerte.Si existe la reencarnación, te esperaré en los postres.

Me diste hambre. Volveré a este túnel sin seres queridos y a oscuras.