martes, 20 de diciembre de 2011

CANCIÓN DE CUNA.



Era obvio que aquello iba de un lado a otro, y que la sombra que se formaba en el techo se movía respecto a mí de derecha a izquierda, y viceversa. En esta posición estuve un día tras otro durante muchos días, no sé cuantos, siempre a la misma hora y con la misma frecuencia; el movimiento era pausado a un ritmo totalmente cadencial. De vez en cuando sentía su voz, tan suave y cercana, que me hacía cerrar los ojos. También me aletargaba el calor posado sobre mi cuerpo, o la brisa fresca que soplaba pasando como una suave mano sobre mi cara. Por el balcón se agitaban las ramas, o algo frondoso que lo recorría en forma de péndulo uniforme cargado de hojas verdes sobre el tono gris del cielo. Algunas veces unos visillos blancos en la ventana, y cuando mis ojos se entornaban aquella voz pausada iba cesando de arrullarme, desapareciendo, decreciendo hasta el silencio. Es obvio que en este lugar (todo tan diluido en blanco), y ahora en este instante, otra vez el cielo con ese gris, y mi cuerpo levemente tapado, mis manos estiradas muy largas, y mi viejo esqueleto ligeramente encogido en un pliegue, sin el arrullar, sin el movimiento leve, sin la suavidad de aquel calor que nunca molestaba, con este sopor de hace segundos posado sobre mi cabeza, medio aletargado; llegando al final de la vida entre tantas malas noticias que ya no me importan; como si mis neuronas fueran a buscar los recuerdos a no sé que lugar dentro de ese raro entresijo de la memoria, y me trajeran, de nuevo, aquella machacona y hermosa canción de cuna.

2 comentarios:

Poma dijo...

Bellísimo ¡¡¡ Plas plas plas.

Mirna Goldberger dijo...

Bellísimo como siempre. Mil gracias.