miércoles, 28 de diciembre de 2011

LODAZAL EN EL INVIERNO.



Hoy el cielo apareció más alto que ayer.
No sé si es (así) .Si es así yo he caído más bajo.
Como siempre.
Vino Nelita con el bolso negro a eso de las nueve de la mañana y yo quise saber lo que traía. Así que le dije, Nelita, enséñame el bolso. Nelita se dobló con el bolso abierto y yo me asomé al bolso, había cosas que nunca había visto, así (así) que metí la mano para detectar su forma y su tacto. En el bolso de Nelita había como un espejo donde se reflejaba el cielo, casi hacía daño, salía un rayo fulgurante que te ponía en los ojos un resplandor eterno. Cuando le metí la nariz me vino aquel olor al perfume de Nelita.
Olía a madera de roble.
Olía a un caldero con posos de lejía, y por decir algo hermoso olía a polvo de la Luna.

Escucha, no abras las ventanas, me da miedo a que entren los espíritus impuros. Escucha, si abres la ventana puedo salir yo que estoy flotando. Pero abría las ventanas y empezaba a canturrear algo que no tenía son, a lo lejos, aquel siseo monosílabo con algo de ritmo a pasodoble, una canción flamenca muy desgarradora.

Cuando miro a ese cielo tan alto pienso a quien le dio por inventar el infinito. Si partes algo infinitas veces es la nada. Yo partido infinitas veces soy la nada. Uno dividido por la nada es el infinito.

Nelita hoy huele a champú de albaricoque.
Nelita hoy tiende a sobaco afrutado y flota sobre mi, y es tan terrenal que tiene parte del trópico capricornio entre sus manos.

Esta repartiendo las cosas por toda la casa. Las cosas estaban desubicadas, como olvidadas. No eran cosas.
Yo la espero.
Deseo que destape las sábanas y que me descubra otra vez lleno de mi mismo: algo (así) como si fuera lo más parecido a un lodazal pisoteado en el invierno.



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