domingo, 4 de diciembre de 2011

MUY ADENTRO.



Nunca pude saber a qué se debía  aquella contradicción.
Cada vez que se  acercaba como turbada mi cuerpo se llenaba de gozo contenido, me estremecía. Al mismo tiempo mi alma se llenaba, inexplicablemente, de horror.

Si los rayos de la luna tuvieran sabor diría que son insípidos, no recomendables para purulencias y eccemas tiernos, salvo que te hayas dado un ungüento de bruja bajo su manto plateado. No obstante, a pleno sol la romántica gonorrea es insoportable, así que me quedo a la penumbra de un olmo viejo agitadas sus amarillentas hojas por el viento.

Como buen vividor estuve toda la vida husmeando detrás de una zorra. Fui persistente tras  su rastro, su entrañable olor, y aquellas dotes de macho dominador que me hacía entrever inteligentemente con sus gemidos (cuando encima de ella escudriñaba sus gestos), o tocaba con mis dedos donde el húmedo gozo. Así fue todo. Desde la primera vez que me atravesaron sus ojos, destejió un ovillo encantado, con el que yo jugaba dándole pataditas como si estuviera dentro de un laberinto confortable, sin ninguna salida.
Este comezón que no me abandona, y estas pulsiones por la zona del cóccix como si me fueran a penetrar con un hierro candente, me recuerdan su rastro perfumado en cada estancia, valiéndome estos recuerdos de  un ficticio consuelo.

Llevo tiempo sin verla y me araño el alma. Es esa cosa que me falta, inexplicable, que el recuerdo una y otra vez repasado no asemeja. Los momentos sublimes los recuerdas ajustándolos al mínimo detalle, sin resultados aparentes. El recuerdo es imperfecto en imágenes y no descriptivo sobre la piel. La piel no quiere dejarse engatusar por vivencias que no sean reales, sólo se estremece con presencias muy cercanas.

Estar así. Esperando a que un galeno, supuestamente, me meta un tubito por la imposible  oquedad del meato. Esa desazón  te lo convierte en pellejo de moribundo, sí, sí…, lo que en otros tiempos fue verga presumida, inyectada y musculosa.

Llevo mucha fatiga y un rostro desconocido. La calle tiene esas cosas cuando te arrastras a altas horas de la noche por solares baldíos y casas repletas de paredes con papeles arrancados, llenos de impregnaciones y voces de ultratumba. Me sabe mal que la luna no fuese curativa. Me figuro que sus rayos también atravesarán este olmo. Bajados los pantalones por si se aparece una deidad piadosa. Y muchos dolores. Como si por el agujero del culo me metieran una mano de mujer y dijera adiós, o hasta nunca, muy adentro.

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