domingo, 4 de diciembre de 2011

QUE LO HABÍA DISFRUTADO.


No hay un muerto, ni un hombre solitario, que en un día de lluvia pardilla y fina, no le pasee lentamente un caracol hasta los ojos abiertos.

Hoy como salí temprano me pasé por el Alimerka de la calle Roncal, y me compré cuatro tarros de caracoles Scargots del Campo. Esta marca les da a los caracoles un toque al ajillo muy bueno. También me llevé cuatro botellas de Lambrusco Monteberín de Módena, me gusta este claretillo italiano dulce y espumoso. Lo primero que hice al llegar a casa fue colocar el Monteberin en el congelador, para que tome cuerpo y esté bien frío. Tenía mucha hambre, así que fui directo a la cocina, bajé del estante la cazuela grande de barro alfarero, emborqué los cuatro tarros de caracoles al ajillo y medio tarro de tomate ecológico Vila Bella, dos pimientitos de piquillo de Losada, un pimiento choricero entero, dos guindillas cortaditas, un hueso cocido de jamón de Grado desparramando por encima, un chorizo picantón de Valdevimbre. Para acabar, un buen chorro de aceite de oliva negro de Andilla con un vaso de agua fría. Luego le di una vuelta al fuego para que el barro tomase cuerpo. Cuando estuvo hirviendo lo baje al mínimo, y allí se quedó rehogando despacito, mientras me fui al baño, y me desnudé , como de costumbre delante del espejo, para verme otra vez otro día con aquella amplia barriga, y el colgajo allí despierto, para empezar a darle vueltas, tocándomelo un poquito, y haciéndomelo sobre el lavabo, justamente allí agarrado, apurando el último tirón hacía arriba y hacía abajo, y apretando el chorrito final, contenido el gusto, los ojos al bies, antes de que se fuera el goterón agusanado corriendo sobre la loza abajo, con aquel rastro de soledad y vacío en forma de lágrima, que me dejaba parcialmente satisfecho,- por ese lado de mi costumbre-. Al mismo tiempo que percibía aquel olor agradable del barro alfarero, los caracoles y el tomate.
Sin pensar en nada más trascendente, mientras el agua caliente de la ducha ya se deslizaba por mi cuerpo, y el esfínter relajado dejaba salir aquel aire digerido, - sin ser desagradable por que era mío-, aliviándome de un peso imprevisto, buscando espacio en el cuerpo y en el alma para el próximo alimento, que merecidamente nos íbamos a tomar -tan románticamente-, mi cuerpo que me había dado tanto placer y Yo, ente etéreo, que lo había disfrutado.

1 comentario:

Magenta dijo...

Qué gustito da leerte, Kenit de mis entretelas. Quiérote.