lunes, 23 de enero de 2012

ÁRBOL.


Ya no hay nada.
Las piedras están acostadas.
El tiempo se derramó donde se pierde la vista, y parece dormido.
Los muertos tienen los órbitas vacías hacía la oscuridad.
El agua en coletilla siempre va o viene hacía donde lo desean las fuerzas invisibles.
Es un recuerdo y como tal casi no tiene colores.
Lo árboles si los miras desde el suelo parece que están clavados sobre las nubes.

Yo cuando llegaba allí lo abrazaba. O cuando llegaba allí ponía un ojo abierto y el otro cerrado sobre su rugosa corteza, y miraba al cielo. Sus hojas aleteaban un verde intenso. Yo había sido un nudo de culebras cambiando la piel donde empezaban sus raíces en aquel ojo inmenso que se hacía oscuro, y había sido el cuco dando aladas, el búho, y los gorriones. Aquel día cuando puse mi pecho y mi cara como mirando, como escuchando, y luego me quité desconsolado, me quedó una marca roja sobre el jersey, y en unos instantes, eso, como en unos segundos de nada, entendí que tenía que apretar mucho más (sin apretarlo casi), a mi árbol, que ya estaba sentenciado a muerte.

A Quirino le conté muchas veces para dormirse la historia del Roble de la Charca, que había nacido por casualidad cerca de donde los de Franco pusieron años después el lavadero comunal. Y no era mentira que una de las raíces salía de la tierra y avanzaba metiéndose una y otra vez, como si fuera una inmensa lombriz, para llegar debajo del cementerio, casi doscientos metros más abajo.

Detrás del lavadero se cambiaban las medias y las zapatillas de esparto las mozas de la Montaña que bajaban al baile quincenal. Yo las escuchaba y las vigilaba por el agujero del aliviadero metida la vista por la llanura del agua, mirando sus pantorrillas, y como se mojaban hasta las bragas y por debajo y por detrás, y como la muda de Placencio se lo levantaba todo hasta más arriba de la cintura enseñando una piel demasiado blanca, casi como la nieve.

Y le decía al Quirino que no era bueno sentarse en el tallo arrabanado, ni contar los ciento veinte circulitos que lo envolvían en espiral señalando hacía el norte o al sur; no lo se bien. Decían las viejas del lavadero que los muertos chupaban por sus raíces, y que sentías como el agujero del culo se te encogía si estabas mucho tiempo a posaderas sobre aquella mesa reseca de roble.

Había sido mucho antes.

Ya te dije.
Cuando vinieron los madereros del Suso estuvieron cuatro días razonando, dándole vueltas al roble. Incluso pudieron haber llegado a las manos haciendo disquisiciones sobre su derrumbe, que se caería para el este o para el oeste, pero que siempre habría que acuñarlo por el norte. Ponían varas alisadas de avellano a lo largo y a lo ancho, y aquello decían que era igual de horizontal por todos los lados que lo mirases. El menor de los del Suso decía que siempre caería para el cementerio, que los muertos ayudarían tirando.
Una locura. Pasaron cuatro días. Iban y venían con los apeos, a saber: dos hachas de volteo, y cuatro arrojadizas de doble filo de las medianas, y dos de culata mocha y mango con empuñadura de garganta, y dos cintas de sierra de diente chico y diente amplio para tiro, y con las cuñas de hierro fundido de un palmo y un dedo de tajadera. Iban y venían con todo. Lo dejaban allí. Lo recogían. Volvían al día siguiente. Y otra vez las discusiones.

Al Quirino le conté que el Roblón tenía más de cien bultos acerados de resina de como un puño de grandes, en forma de tumor, a la altura de donde topa el corazón de un hombre, cerca de donde empezaban las quebradas de las raíces antes de enterrarse. Le dije al Quirino lo de los fusilamientos y las balas con sangre que se quedaron allí. Algunas veces cuando veníamos de la escuela del Fondón parábamos a escarbar con las navajas.

El Roblón no tenía corazones de amor.
Tenía piel de corazón dentro.

De copa muy alta, las ramas se ampliaban hacía la mitad, y su sombra, por alguna extraña paradoja, no seguía los designios de donde arrimaba el sol, cosa rara era ver la sombra desviada casi al revés que sus hermanos los castaños.
Cuando los del Suso decidieron de qué lado iba a caer (por los designios de la ciencia y el razonamiento), era un viernes de cuaresma, tres días habían pasado desde el martes, dando vueltas con varas escuadradas, arriba y abajo, sintiendo aires, mirando su doblez con arrimadas de poniente. Decidieron darle veintiocho tajazos de hacha hacia donde el coleteo del agua, casi ingrávida, arrojada desde un pellejo.
Estaba duro. Saltaron lascas blancas como la manteca hasta que se hizo una medía cuña de un palmo. Luego cogieron la sierra de diente largo y le metieron un tajo fino allí por donde daba el corazón de los fusilados. Fue un largo y pesado corte de dos horas, los cuatro del Suso se cambiaban y escupían en las manos hasta que llegó un poco más allá de la tierna espina que tenía los anillos más pequeños. Descansaron medio muerto el árbol. Comieron tocino enhebrado, y pan de centeno, bebieron vino en bota. Y luego empezaron el tajo quebrado hacía donde la coleta del agua se había difuminado.
Le conté a Quirino, cómo ponía los ojos allí por donde los bultos de bala llenos de miel de hormiga. Lo senté sobre el tallo cortado y le dije que escuchase.

Fue cruento y aún no se sabe por qué. Con ganchotes de anzuelo y lorzas de esparto quitaron a duras penas la cuña. Hicieron roldana sobre un tallo de castaño. Tiraron una y otra vez hasta que salio la grandiosa tajada de madera. Daba miedo ver al árbol así. El Roblón crujiendo cuando la leve brisa lo arrimaba a un lado y al otro. Parecía imposible que se mantuviese de pie de tan poco como quedaba de su alma.
Le dije a Quirino que escuchase, le dije, la raíz que iba al cementerio empezó a moverse, se removía la tierra. Los del Suso no se dieron cuenta, se iban estirando las partes corvadas que subían hasta el tallo. Era como si saliese una serpiente de la tierra.

Tiraban desde allí los muertos.
Y no calló el Roblon por brisa ni por el destemplado del desnudo. No fue hacía el lado donde la coletilla del agua bajaba desamparada. Hubo un momento en que los del Suso se miraron con los ojos extraviados, sin entender, y cuando dijeron: ¡árbol!, el Roblón empezó a inclinarse hacía todos los lados de forma majestuosa, y no dio tiempo, eran tan grande sus ramas, que abarcaron como una mano gigantesca por donde parecía imposible que llegase.
Los cuatro del Suco quedaron allí, muy muertos. Y si escuchas bien, si pones el oído en las rayitas de los años, aún los oyes discutir con sus varas de avellano, todo a lo largo o todo a lo ancho, tan horizontal.
Yo cuando llegaba allí lo abrazaba. O cuando llegaba allí ponía un ojo abierto y el otro cerrado sobre su rugosa corteza, y miraba al cielo.
Ahora las piedras están planas sobre el silencio.

1 comentario:

Anónimo dijo...

deberías comprarte un monte, sabes del tema...
Aldeano de Ponga.
Asturies.