domingo, 22 de enero de 2012

DEBO VOLVER.



-Permanecer aquí donde todo es hueco.


De nuevo estaba con  esa sensación de desconfianza e inseguridad. Había salido de casa a eso de las siete de la mañana. Eran habituales aquellas ceremonias de comprobación (redundantes) de que todo lo que pudiera ser peligroso quedaba perfectamente revisado, a saber: grifos, llave del gas, televisión apagada, ventanas cerradas totalmente -dejando siempre  una ranura para que entrase algo de luz y aire fresco-.

Luego estaba la otra ceremonia premeditada de los signos. Signos que iba rotando en nuevos gestos según pasaban las semanas: unas veces eran las dos cruces con mi mano izquierda sobre la puerta; otras el circulo con mi dedo índice sobre el saliente de la cerradura -una vez pasada la llave tres vueltas, contadas lentamente-; otras, tocar con mis rodillas sobre la parte inferior de la marcación antes de coger el ascensor como si fuera un sometimiento religioso (hubo otros signos, gesticulaciones compulsivas que me iba inventando ,y que no mencionaré por lo difícil que pude resultar su descripción para llegar a comprenderlos).


-Los signos ceremoniosos no sé de qué parte de la mente proceden. Tampoco puedo explicar su significado, surgen porque la desgracia o la suerte  inexorablemente deben cumplirse en un destino movido por hilos sobrenaturales-.


Aquel día me marche con aquella sensación extraña de que alguien había quedado en la casa cuando yo me había ido. Algo que me parecía imposible. Podría suponer que llevaba  dos años, una semana, un día…, como mínimo, viviendo completamente sólo, y sí estaba seguro de no haber llevado a nadie a casa el día anterior. Digo esto, porque mí estado mental algunas veces me jugaba malas pasadas al identificar ciertos sucesos con su nexo temporal.
Más de una vez, al levantarme con mis dos saltitos habituales de la suerte sobre la alfombra, había tenido una ligera sospecha de no encontrarme sólo. Aquel día me embargó una duda tan grande, que incluso desde que entré a trabajar sobre las ocho de la mañana no paraba de darle vueltas al asunto. Me obsesionaba aquella idea de haber percibido una mirada y un ligero murmullo de despedida antes de haber cerrado la puerta.


En la oficina tuve la impresión de que mis compañeros se habían dado cuenta de que no estaba en mi mundo. El caso es que yo tampoco tenía claro  que estuviese  en el suyo. Había observado que me ignoraban, como si no me tuvieran en cuenta en su espacio ni en sus movimientos. Era una vaga y errónea certidumbre que más de uno en el pasillo se quedase mirando hacía mí. De vuelta de la impresora presentía que me daban por inexistente. Otros contemplaban  desde la parte superior  del biombo divisorio, donde estaba mi diminuto espacio de trabajo, como si se hubieran impregnado sobre un lugar vacío algunos vagos recuerdos.


-Mi preocupación iba en aumento.


En esos instantes ya dudaba de haber cerrado la puerta. Incluso estando seguro de que había realizado la ceremonia del círculo con el dedo índice alrededor de la cerradura. Las ceremonias de un obsesivo llevan un escrupuloso orden de hechos consumados, y el círculo con mi dedo era posterior a cerrar la puerta, por lo que esta debería haber quedado completamente cerrada.

Tanta fue esa inquietud, que me dirigí al despacho de mi jefe, y se lo dije: tengo que volver a casa, creo que he dejado algo mal. Quizás asintió, ausente,  como si no notara mi presencia, no lo vi bien. Salí  precipitadamente hacía  la calle, y cogí el metro. En unos veinte minutos estuve en la calle Corpus Barga, delante del veintiocho, enfilando apresurado el tercer piso. No esperé el ascensor, subí por las escaleras como si mis piernas tuvieran un extraño resorte. Cuando estuve en el cuarto B, mi puerta estaba completamente cerrada, (esto siempre era un consuelo cuando llegaba a casa),  no se observaba nada fuera de lo normal. Me quedé  más tranquilo. Saqué la llave y giré las tres vueltas de rigor, eran las tres vueltas: ni dos, ni una; tres vueltas para que estuviese abierta -antes de entrar dibujé una cruz protocolaria  por donde la mirilla-. Con la puerta abierta percibí la claridad de la ventana de la cocina, y una ligera brisa. No olía a gas, no había agua por el suelo, tuve la corazonada de que la casa llevaba muchos meses cerrada. Sólo observé la anormalidad de luz de la habitación encendida, y  pensé que algo había fallado en aquel protocolo rutinario de comprobación a la salida. De la lámpara de la mesita salía una forma geométrica de luz y sombra difuminadas hasta el otro lado de la cama.
Quizás me estremecí por el olvido (he de decir que las ceremonias de un obsesivo son de exactitud algebraica), o me estremecí por aquella visión inmediata y aterradora, no lo sé aún. Cuando empuje la puerta levemente para poder mirar en el interior, la vi allí tendida sobre la cama con la almohada tapándole la cara, las piernas abiertas, las manos estiradas con las palmas hacía arriba, entrecerradas, en un rictus. En aquellos instantes imaginé que aquella escena no era de hoy, no sabía de cuándo era, ni cuánto tiempo había trascurrido desde entonces, ni si yo había salido algún momento de mi casa hacía la oficina, o si alguna vez había salido de aquel espacio; porque pudiera ser que el cuerpo de la alfombra con la cabeza ensangrentada por un disparo fuera el mío, y la casa llevara dos años, una semana, un día, sólo un mínimo segundo cerrada. No lo sé aún. Le estaba dando vueltas, razonándolo todo.


-Hubo un instante.


Tuve la extraña percepción de que lo material no influía en mí. En la singularidad de la inexistencia  no hay leyes. Lo leve vence lo impenetrable, nada es  mensurable. También percibí la extraña distorsión de la temporalidad referida a los sucesos, de que yo había existido siempre al no recordar ni un principio ni un final; y de que nada me impedía atravesar los tabiques, para ver este mundo lleno de los finos hilos que lo soportaban, como una sutil, teatral, y endeble estructura sujeta por la nada.
Otra vez lo he mirado todo: grifos, llave del gas, ventanas cerradas…, y un poco de luz.
Me acabo de marchar  con esa repetida extrañeza de que alguien ha quedado ahí, mirándome con sus ojos abiertos. Sabiendo que siempre que se me olvida el cerrarlos, debo volver.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Lo devoro y me pregunto: ¿qué extraño protocolo el tuyo, ese de desparramar cursivas que aún no entiendo.
Preferiría que fuera algún tipo de código privado, me resulta más económico que el descifrarte por completo.

Sigue que te sigo.

Anónimo dijo...

היהודים הם כולם משוגעים
los judios están locos, y este mucho más

Ktaná dijo...

Bueno lo que ocurre contigo no tiene nada que ver con ser judío jajaja se llama transtorno obsesivo compulsivo TOC, es más común en las mujeres , pero tampoco es grave, me encantó tu blog y la forma como escribes, yo te entiendo y el párrafo ante penúltimo adorable , tengo un amigo que escribe como tu su página se llama 3DMIK y es interesante, tiene las mismas sensaciones que tu , a mi me encató tu página