jueves, 19 de enero de 2012

EL ÍNDICE.


Mi entorno no es dichoso en el amplio sentido de la palabra, pero puedo considerarlo hasta cierto punto confortable. Tengo mi butacón para sentarme; y me da la claridad casi todo el día, por una ventana del patio de luces.
Quizás noto en falta un poco más de espacio vital, aunque mis estiramientos son estáticos y apenas desarrollo ejercicios que requieran desplazamientos de mi cuerpo. A saber: trabajo los grandes pectorales, los grandes dorsales, hago derechos e izquierdos posicionados para la columna, ayudado de los brazos estirados; para las oblicuas utilizo el palo de la fregona; formo los deltoides; saco músculo a los hombros utilizando kilos de azúcar envueltos en cinta aislante (dos o tres paquetes de un kilo en cada mano); el transverso espinoso forzado me lo hago como si rezara a Mahoma; bíceps, tríceps y braquial anterior lo trabajo con tres kilos de garbanzos atados a una cinta adhesiva, con unas manillas de fieltro duro para facilitar todos los movimientos; mi abdomen lo trabajo con sentadillas, atando mis pies con una cuerda a la parte inferior del radiador; la posición de la cobra la hago como si hiciera el amor con la alfombra (a tironcitos). A todo esto, para compensar la relajación final, le añado varias posiciones de yoga: la de la cigüeña, el triángulo, el pavo real, el cuervo, etc. La que más practico es la posición de la cigüeña (padahastasana); una de las más difíciles ya que permite flexionar la espalda hacia adelante hasta extremos inimaginables. Cuando perfeccione este ejercicio tengo una vana esperanza de poder acariciarme a mi mismo algún día (coloquialmente: “chupármela”), no sé cuando alcanzaré el prana, pero el onanismo con la boca es algo que me apasiona. Nada que ver con el amor contenido entre el pulgar y el índice.

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